Cuando callaron
las espadas,
el mundo
no volvió
a ser el mismo.
Los cuervos
dejaron de girar
sobre el valle.
Las nubes
abrieron lentamente
sus manos de lluvia.
Y el río,
que había observado
la batalla
sin elegir bando,
arrastró consigo
el hierro,
la sangre
y los nombres
de quienes
ya pertenecían
al silencio.
Solo un guerrero
permanecía
sentado
sobre una roca.
No era
el más joven.
Ni el más fuerte.
Ni el más célebre
entre los siete reinos.
Su armadura
estaba rota.
Su espada,
clavada
en la tierra,
como si quisiera
convertirse
en árbol.
Miró
el horizonte.
El alba
comenzaba
a teñir de oro
las colinas heridas.
Entonces sonrió.
Después de la batalla,
a pesar de todo,
el sol
había decidido
volver.
Un niño
se acercó despacio.
Había sobrevivido
escondido
entre las raíces
de un viejo roble.
Llevaba
una flauta
de saúco,
rota
por la mitad.
—Señor…
¿Ha terminado
la guerra?
El anciano
guardó silencio.
Después respondió:
—Las guerras
terminan
cuando las espadas
descansan.
Pero la paz
solo comienza
cuando los corazones
aprenden
a recordar
sin odio.
El niño
miró
la espada
hundida
en la tierra.
—¿Volveréis
a levantarla?
El guerrero
negó lentamente.
—Toda espada
que no conoce
el descanso,
termina
olvidando
para qué
fue forjada.
Con esfuerzo
se incorporó.
Sus manos
tomaron
la flauta rota.
La unió
con una tira
de cuero
arrancada
de su brazal.
Sopló.
El sonido
era humilde.
Imperfecto.
Pero bastó
para que un mirlo
respondiera
desde un espino.
Después otro.
Y otro.
Hasta que el bosque
entero
comenzó
a despertar.
Los supervivientes
levantaron
la cabeza.
Algunos lloraron.
Otros
abrazaron
a quienes aún
respiraban.
Muchos
recogieron
las semillas
caídas
durante la batalla
y las guardaron
en sus bolsillos,
como quien protege
un tesoro.
El viejo guerrero
observó
aquellas manos
llenas de tierra.
Comprendió
que el mundo
ya había comenzado
a sanar.
Nadie advirtió
el instante
en que cerró
los ojos.
Pareció
quedarse dormido
escuchando
el canto
de los pájaros.
Los reyes
no levantaron
un monumento.
Los bardos
no escribieron
su nombre
sobre el mármol.
Cumplieron
su último deseo.
Plantaron
siete robles
alrededor
de la roca
donde había descansado.
Y enterraron
su espada
bajo sus raíces.
Porque hay armas
que nacieron
para la guerra.
Y hay guerras
que deben terminar
convertidas
en bosque.
Desde entonces,
cuando el viento
atraviesa
aquel lugar,
las hojas
de los siete robles
no producen
el mismo sonido
que los demás árboles.
Quienes saben escuchar
afirman
que todavía
entonan
el último canto
del guerrero.
No es un canto
de victoria.
Ni de derrota.
Es el canto
de quien comprendió
que la mayor gloria
no consiste
en sobrevivir
a la batalla,
sino en dejar
un mundo
donde los niños
vuelvan
a aprender
el nombre
de los pájaros.
Y el bosque recogió la espada para que ningún niño tuviera que hacerlo.
Me parece ceremonioso tu texto. El río se engrandece llevándose todo
ResponderEliminarLEl bosque, vivo recoge lo malo , que ninguna criatura herede lo cruel.
Me encanta..
😘
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