El cantar de los secretos del tiempo
Escuchad ahora en silencio,
pues hay historias que no deben contarse en voz alta.
Después de la guerra
llegó una paz extraña.
Los campos volvieron a florecer.
Las espadas fueron enterradas.
Los nombres de los muertos
fueron grabados en piedra.
Y los hombres creyeron
que el tiempo había curado sus heridas.
Pero el tiempo no cura.
El tiempo guarda.
Guarda las palabras que nadie pronunció,
los nombres que fueron borrados,
las promesas que quedaron sin cumplir
y los caminos que alguien recorrió
cuando todavía no había nacido.
Los antiguos lo sabían.
Por eso construyeron relojes
que no medían las horas,
sino los siglos.
Y hubo un hombre
que dedicó su vida
a escuchar el movimiento de sus engranajes.
Decían que podía saber
cuándo moriría un rey
escuchando el latido de una máquina.
Decían que había encontrado
un instante que no pertenecía
ni al pasado ni al futuro.
Y quizá por eso
los dioses temieron su nombre.
Pero mientras los hombres intentaban
medir el tiempo,
los bosques hacían algo diferente.
Recordaban.
Había un bosque
donde dormía la memoria.
Bajo sus raíces descansaban
los recuerdos de quienes habían vivido
mucho antes de que existieran los reinos.
Quien entraba en él
podía escuchar voces olvidadas.
Podía contemplar rostros desaparecidos.
Podía volver a un día
que había ocurrido mil años atrás.
Pero también podía descubrir
un recuerdo que jamás había vivido.
Y entonces surgía la pregunta
que ningún sabio quería responder:
¿Puede un recuerdo pertenecernos
si nunca fuimos nosotros
quienes lo vivimos?
Más allá de aquel bosque
hubo un hombre que miraba las estrellas.
No las contemplaba como los demás.
Les hablaba.
Y las estrellas respondían.
Le contaban secretos
que ningún libro había conservado.
Le mostraban caminos
que todavía no existían
y mundos que quizá jamás existirían.
Durante años buscó entre ellas
una respuesta.
Hasta que comprendió
que algunas preguntas
no fueron hechas para ser respondidas.
Solo para ser escuchadas.
Y en una ciudad olvidada
existió una biblioteca
donde se guardaban los sueños perdidos.
Allí descansaban los sueños
que los hombres habían olvidado al despertar.
Sueños de reyes.
Sueños de niños.
Sueños de amantes.
Sueños de quienes murieron
sin haber podido cumplirlos.
Cada sueño tenía un libro.
Y cada libro tenía un nombre.
Pero había un libro
que nadie debía abrir.
Porque contenía un sueño
que no pertenecía al pasado.
Ni al presente.
Ni al futuro.
Pertenecía a algo
que existía antes que el tiempo.
Los guardianes de la biblioteca
juraron durante generaciones
que aquella puerta permanecería cerrada.
Hasta que alguien
decidió que ningún secreto
merecía permanecer oculto para siempre.
Y entonces la puerta se abrió.
Solo una vez.
Fue suficiente.
Porque hay puertas
que no conducen a un lugar.
Conducen a una verdad.
Y hay verdades
que, una vez conocidas,
hacen imposible regresar
a la vida que dejamos atrás.
Así comenzó la cuarta edad.
La edad en que los hombres
dejaron de preguntarse
qué había ocurrido
y comenzaron a preguntarse
qué podía ocurrir todavía.
El tiempo abrió sus manos.
El pasado miró al futuro.
Los muertos volvieron a susurrar.
Las estrellas cambiaron de lugar.
Y aquello que dormía
desde antes del primer amanecer
abrió lentamente los ojos.
Por eso, caminante,
si alguna noche encuentras un reloj
que marca una hora que no existe,
no lo detengas.
Si un bosque te devuelve
un recuerdo que no es tuyo,
no lo rechaces.
Si las estrellas pronuncian tu nombre,
escucha.
Y si alguna vez encuentras
una puerta que lleva siglos cerrada,
recuerda lo que los bardos aprendieron
demasiado tarde:
no todas las puertas fueron hechas
para ser abiertas.
Porque el tiempo puede esconder secretos
durante mil años,
pero cuando decide revelarlos,
ni los reyes,
ni los dioses,
ni la muerte
pueden obligarlo a callar.
Y quizá, al final de todos los caminos,
descubramos que el tiempo
no era quien guardaba nuestros recuerdos.
Quizá éramos nosotros
quienes estábamos siendo guardados
por él.
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