Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

jueves, 29 de enero de 2026

Diario de Guerra -1- Antes del Ruido


Madrid amanecía con una calma que parecía aprendida. En Lavapiés, las persianas se levantaban a medias y los vecinos ocupaban la calle como quien repite un gesto conocido, sin preguntarse ya por qué. El tranvía rechinaba al girar y el olor a café se mezclaba con el del pan recién salido del horno. Todo estaba en su sitio. O al menos eso parecía.


Tomás salió de casa poco después de las ocho. Vivía en un tercer piso de una corrala antigua, donde las paredes eran finas y la vida ajena nunca quedaba del todo fuera. Conocía los pasos de cada vecino, las discusiones habituales, los silencios que anunciaban enfados. Aquella mañana, sin embargo, notó algo distinto: las voces eran más bajas, las puertas se cerraban con cuidado, como si alguien pudiera estar escuchando.


Cruzó la plaza despacio. Tenía veinticinco años y una manera de moverse discreta, casi como si pidiera permiso al espacio. Llevaba un libro bajo el brazo —una costumbre más que una necesidad— y observaba sin detenerse demasiado en nada. Siempre había sido así: atento, reflexivo, poco dado a las certezas rápidas. Creía, quizá con exceso de confianza, que el tiempo servía para aclarar las cosas.


Aún no había aprendido que también podía borrarlas.


En Vallecas, Elena cerró la puerta de casa con un gesto firme. El barrio despertaba antes y con menos ceremonias. Allí no había lugar para demasiadas dudas: la calle imponía su propio ritmo. Mientras bajaba las escaleras, oyó la radio del vecino del segundo. No escuchó las palabras, pero sí el tono tenso del locutor, esa manera de hablar que parecía contener algo que no se decía del todo.


Elena se ajustó el abrigo y salió. Caminaba rápido, con los hombros rectos y la mirada alerta. Tenía veintitrés años y una inteligencia práctica, aprendida a fuerza de observar cómo cambiaban las cosas cuando nadie las miraba directamente. No era desconfiada por naturaleza, pero tampoco ingenua. Sabía que los rumores no nacían solos.


Mientras avanzaba, pensó en Tomás. En su manera de escuchar antes de hablar, de detenerse a pensar incluso cuando todo parecía exigir una respuesta inmediata. Le tenía afecto por eso, aunque intuía que pronto esa forma de estar en el mundo iba a volverse peligrosa.


Se encontraron cerca de Embajadores, donde los barrios se rozaban sin mezclarse del todo. No se abrazaron. No era costumbre. Caminaron juntos unos metros antes de hablar, acompasando los pasos sin darse cuenta.


—En mi casa dicen que esto no va a quedar en nada —comentó Tomás, mirando al frente.


Elena soltó una breve exhalación, casi una risa sin humor.


—Eso dicen siempre antes de que empiece —respondió.


A su alrededor, Madrid insistía en su normalidad: una mujer regateaba el precio del pescado, un hombre barría la acera con desgana, unos niños corrían sin entender nada. La ciudad se movía como si hubiera aprendido a ignorar el temblor bajo sus pies.


Tomás quiso creer que todo aquello era exageración. Que las discusiones políticas no cruzarían ciertas líneas. Que Madrid, con su historia y su ruido, sabría resistir sin romperse. Apretó el libro contra el costado, como si en él hubiera algo sólido a lo que aferrarse.


Elena, en cambio, memorizó mentalmente las calles laterales, los cruces menos transitados, los portales donde uno podía detenerse sin llamar la atención. No pensaba en huir, todavía. Pensaba en estar preparada.


Cuando se separaron, no se dijeron nada más. No hacía falta. Ambos sentían que algo estaba a punto de cambiar, aunque aún no supieran ponerle nombre.


Madrid seguía en pie, con sus rutinas y su ruido cotidiano.

Pero bajo esa calma, algo empezaba a quebrarse.


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