Los rumores no llegaban de golpe. Se deslizaban. Pasaban de boca en boca con la forma de una advertencia mal definida, cambiando de tamaño según quién los contara. En Lavapiés, Tomás empezó a notarlos en los detalles: conversaciones que se interrumpían al entrar alguien en una tienda, vecinos que bajaban la voz al cruzarse en la escalera, periódicos leídos con una atención demasiado intensa.
Nada era concreto. Precisamente por eso inquietaba.
En la corrala, una mujer aseguró que había movimientos extraños en los cuarteles. Otro dijo que todo era exageración, que Madrid ya había pasado por cosas peores. Tomás escuchaba sin intervenir. Tomaba nota mental de los gestos más que de las palabras: manos inquietas, miradas que evitaban otras miradas, silencios que duraban un segundo de más.
Aquella tarde visitó a su padre. Vivía no muy lejos, en una casa más austera, con muebles antiguos y pocas concesiones al desorden. Hablaron de cosas pequeñas: del calor adelantado, del precio del pan, de un vecino que se había marchado sin avisar. La política apareció solo de refilón, como una sombra en la pared.
—La gente habla demasiado —dijo su padre, sin levantar la voz—. Y escucha poco.
Tomás asintió. No supo qué responder. Aún creía que escuchar era suficiente.
En Vallecas, los rumores eran más directos. Elena los oía en la cola del mercado, en el taller donde trabajaba por horas, en la parada del tranvía. Allí no se hablaba de “posibilidades”, sino de “cuando pase”. Nadie sabía exactamente qué iba a pasar, pero todos parecían darlo por hecho.
Una mujer comentó que su hermano había dejado de volver a casa por las noches. Otro dijo que había listas, aunque nadie había visto ninguna. Elena no preguntó. Aprendía rápido qué preguntas no convenía hacer.
Esa misma tarde volvió a encontrarse con Tomás. Caminaron juntos un rato, como el día anterior. La ciudad parecía la misma, pero el tono había cambiado. Había menos risas, menos discusiones abiertas, más miradas rápidas hacia los lados.
—En mi barrio dicen que exageran —comentó Tomás—. Que esto se arreglará solo.
Elena lo miró de reojo.
—En el mío dicen que no —respondió—. Y que lo peor no es lo que se oye, sino lo que aún no se dice.
Siguieron andando. Tomás pensó en su padre, en la manera en que había cerrado la conversación sin cerrarla del todo. Pensó también en lo cómodo que resultaba creer que nada iba a cambiar de verdad. Elena, en cambio, ya había empezado a ajustar pequeños hábitos: no quedarse quieta demasiado tiempo, no repetir siempre el mismo camino, no hablar de más ni siquiera con conocidos.
Al caer la noche, Madrid se recogió antes de lo habitual. Las ventanas se cerraron pronto. Las radios se bajaron de volumen. En algún lugar alguien discutía, pero el sonido llegaba amortiguado, como si la ciudad entera estuviera aprendiendo a contenerse.
Los rumores seguían circulando.
Todavía no eran miedo.
Pero ya estaban preparando el terreno.
Vaya me ha sorprendido bastante tú texto. He sentido cómo hablaron los personajes, se me antoja una escena escalofriante. Que bien escribes Gustavo. Podría ser el inicio de una novela.
ResponderEliminarBesos.
Vaya me ha sorprendido bastante tú texto. He sentido cómo hablaron los personajes, se me antoja una escena escalofriante. Que bien escribes Gustavo. Podría ser el inicio de una novela.
ResponderEliminarBesos.
Pudiera ser si. Hay unos cuantos más pensados, los iré poniendo por aquí
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