El progreso no llegó como una promesa, sino como una molestia constante.
En Madrid siempre había una calle levantada, una zanja abierta, un edificio cubierto por andamios que parecían permanentes. El polvo se metía en la ropa, en los pulmones, en las casas. Nadie sabía exactamente qué se estaba construyendo, solo que duraba demasiado y estorbaba a todos.
Tomás cruzaba cada mañana una obra distinta. Las aceras se estrechaban, obligando a caminar pegados a la pared. El ruido de los martillos no tapaba las conversaciones; las hacía innecesarias. El progreso funcionaba así: ocupando espacio, quitando tiempo, imponiendo un ritmo ajeno.
En el trabajo hablaban de mejora, de futuro, de estabilidad. Las palabras sonaban huecas en habitaciones mal ventiladas, bajo luces que no terminaban de iluminar. A Tomás le pidieron que asistiera a una charla sobre “los nuevos tiempos”. Escuchó sin intervenir. Tomó notas que no volvería a leer.
Elena veía el progreso de otra forma. Casas reparadas a medias, calles asfaltadas que llevaban a ninguna parte. El barrio seguía siendo el mismo, solo más cansado. La gente caminaba con prisa, no por entusiasmo, sino por costumbre.
—Esto no es avanzar —dijo Elena una tarde—. Es cubrir.
Tomás asintió. El progreso parecía diseñado para que nadie mirara debajo. Para que las grietas quedaran ocultas, no arregladas.
Madrid se movía, sí.
Pero lo hacía sin salir del sitio.
El gris seguía d bajo de ese progreso. Aún a sabiendas de eso se dejaban llevar quizás por costumbre.
ResponderEliminarLas flores de los almendros relucen en una mañana soleada en mi tierra.