Tomás no respondió de inmediato.
Dejó pasar dos días. Caminó Madrid como si buscara algo que no estaba en las calles, sino en él mismo. Pensó en su padre, en lo que había heredado sin palabras. Pensó en Elena y en el equilibrio frágil que habían construido.
Volvió al despacho al tercer día.
Aceptó parcialmente.
Dijo que podía avisar si veía algo evidente, algo que no pusiera en riesgo a otros. No nombres. No detalles. No seguimiento. El hombre asintió, como si aquello ya estuviera previsto.
—Empezar es lo importante —dijo.
Tomás salió con la sensación de haber cruzado una línea que no tenía un solo trazo, sino muchos pequeños.
No se lo contó a Elena esa noche. No mintió. Calló. Y ese silencio fue distinto a los anteriores.
La consecuencia no llegó de inmediato.
Llegó en forma de tranquilidad. Nadie lo molestó durante semanas. El trabajo fue fluido. Los papeles dejaron de aparecer. Madrid parecía, por primera vez en mucho tiempo, soportable.
Eso fue lo inquietante.
Un día, Elena volvió antes de lo habitual. Traía una noticia corta.
—Han detenido a Julián.
Julián era prudente. Demasiado. No destacaba. No había razón visible.
Tomás no preguntó cómo lo sabía. Sintió un frío preciso, localizado. Pensó en lo que había visto semanas atrás. En algo que había considerado insignificante.
No dijo nada. Elena lo miró y entendió que algo había cambiado.
—¿Tú sabías algo? —preguntó.
Tomás negó. No era mentira. Pero tampoco era verdad completa.
Esa noche, la ciudad se les hizo ajena. Madrid seguía allí, pero ya no era un espacio compartido: era una estructura que los atravesaba.
La posguerra no necesitaba pruebas.
Le bastaban las probabilidades.
Y Tomás comprendió que la integridad no se perdía de golpe. Se erosionaba.
Como las piedras de la ciudad.
Como la confianza.
Obtener cierta libertad a cambio de acabar en cierto modo co lo que había sido el honor, eso ya se había instalado, grabado. Algunos , cómo marionetas obedecen..
ResponderEliminarMe ha sabido a poco.
Besos Gustavo.
Aún no ha terminado, quedan 2 partes más
Eliminar