El edificio no tenía nada de especial.
Una fachada gris, una puerta pesada, un pasillo que olía a papel viejo y humedad. Elena entró con la sensación de estar cruzando un umbral que no se marcaba en los mapas. Allí no se guardaban recuerdos: se administraban.
El hombre que la acompañó no hizo preguntas. Caminaba delante, sin mirar atrás, como si supiera que el silencio era parte del protocolo. Le abrió una sala estrecha, iluminada por una bombilla desnuda.
—No se lleve nada —dijo—. Y no vuelva sola.
Las cajas estaban numeradas. Sin nombres. Sin fechas visibles. Elena abrió una al azar. Dentro había informes breves, secos, escritos con una precisión que no admitía matices. Personas reducidas a párrafos. Vidas resumidas en conductas.
Reconoció lugares. Calles. A veces apellidos. No encontró el de su padre ni el de Tomás. Eso no la tranquilizó.
Copió fragmentos a mano. No los más evidentes, sino los que parecían inocuos: fechas, referencias cruzadas, notas al margen. Aprendió rápido que lo peligroso no siempre era lo explícito, sino lo que permitía reconstruir.
Cuando salió, la luz de la calle le pareció excesiva. Como si hubiera pasado horas bajo tierra.
Madrid seguía ahí, indiferente.
Pero Elena sabía que la ciudad guardaba su verdadera historia en habitaciones sin ventanas.
En la oscuridad permanecía lo evidente. (es periodista Elena?).
ResponderEliminarAtraída y mucho por tu obra.