Hay un bosque
que ningún viajero
encuentra por azar.
No aparece
en los mapas.
Ni los pájaros
marcan su camino.
Solo llegan hasta él
quienes han perdido
algo
que ninguna mano
puede devolverles.
Dicen
que comienza
allí donde termina
el último recuerdo
de la infancia.
Y que sus senderos
están hechos
con los pasos
que jamás dimos.
Los árboles
no levantan
sus ramas
hacia el cielo.
Las inclinan
sobre la tierra,
como ancianos
que escuchan
las confidencias
de los siglos.
Sus hojas
no cambian
con las estaciones.
Cambian
con la memoria
de quienes
las contemplan.
Unas veces
son verdes,
como la risa
de un niño.
Otras,
doradas,
como la tarde
en que dos amantes
se prometieron
lo imposible.
Y algunas noches,
cuando el dolor
ha visitado
el corazón del mundo,
se vuelven
transparentes,
para que las estrellas
puedan leer
todo cuanto
los hombres
han olvidado.
En el centro
del bosque
crece
un árbol distinto.
No es
el más alto.
Ni el más hermoso.
Pero nadie
ha conseguido
abrazar
su tronco.
Porque está hecho
de recuerdos.
Cada anillo
de su madera
es una vida.
Cada rama,
un destino.
Cada hoja,
un nombre
que alguna vez
fue pronunciado
con amor.
Junto a él
camina
una anciana.
No tiene edad.
Sus cabellos
parecen tejidos
con la niebla
de los amaneceres.
Sus ojos
guardan
la calma
de los lagos
que jamás
han conocido
la tormenta.
Lleva consigo
un cesto
de mimbre.
Recoge recuerdos.
Cuando un hombre
olvida
la voz
de quien lo amó,
ella busca
entre las raíces
hasta encontrar
aquella palabra
que el tiempo
escondió.
Cuando una madre
cree haber perdido
para siempre
la risa
de su hijo,
la anciana
la deposita
sobre una hoja,
y el viento
se encarga
de llevarla
hasta su ventana,
convertida
en canción.
Una tarde
llegó
el viejo relojero.
Ambos
permanecieron
largo tiempo
bajo el árbol.
Sin hablar.
Porque existen
silencios
que contienen
más verdad
que todas
las bibliotecas.
Al fin,
la anciana
rompió
el sosiego.
—¿Sabes
qué es la memoria?
El relojero
sonrió.
—No.
Solo sé
lo que no es.
No es
una cadena.
No es
un espejo.
No es
una prisión.
La memoria
es una semilla.
Si la escondes,
muere.
Si la compartes,
se convierte
en bosque.
La anciana
cerró los ojos.
Una hoja
descendió lentamente
hasta quedar
entre sus manos.
La ofreció
al relojero.
Él la tomó
con el mismo cuidado
con que un monje
recibe
un manuscrito
sagrado.
Sobre ella
no había letras.
Sin embargo,
el anciano
comenzó
a llorar.
Porque acababa
de recordar
el rostro
de su padre,
que el tiempo,
sin malicia,
había ido
borrando.
El bosque
no devolvía
el pasado.
Solo impedía
que el amor
desapareciera
del todo.
Cuando el relojero
se marchó,
la anciana
volvió
a llenar
su cesto.
Aún quedaban
millones
de recuerdos
esperando
a quien tuviera
el valor
de buscarlos.
Y el bosque,
como siempre,
guardó silencio.
Porque sabe
que la memoria
no necesita
ser defendida
a gritos.
Le basta
con seguir
floreciendo.
Y cada hoja que caía encontraba un corazón dispuesto a recordarla.
Esperanza y melancolía en su conjunto.
ResponderEliminarLos senderos con los pasos que jamás dimos, me sugiere que algo se truncó.. cuando dos amantes se prometieron lo imposible. El valor de la memoria , lo hermoso de ese bosque.
Besos.