Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

domingo, 16 de agosto de 2026

El bosque donde duerme la memoria

 

Hay un bosque

que ningún viajero

encuentra por azar.

No aparece

en los mapas.

Ni los pájaros

marcan su camino.

Solo llegan hasta él

quienes han perdido

algo

que ninguna mano

puede devolverles.

Dicen

que comienza

allí donde termina

el último recuerdo

de la infancia.

Y que sus senderos

están hechos

con los pasos

que jamás dimos.

Los árboles

no levantan

sus ramas

hacia el cielo.

Las inclinan

sobre la tierra,

como ancianos

que escuchan

las confidencias

de los siglos.

Sus hojas

no cambian

con las estaciones.

Cambian

con la memoria

de quienes

las contemplan.

Unas veces

son verdes,

como la risa

de un niño.

Otras,

doradas,

como la tarde

en que dos amantes

se prometieron

lo imposible.

Y algunas noches,

cuando el dolor

ha visitado

el corazón del mundo,

se vuelven

transparentes,

para que las estrellas

puedan leer

todo cuanto

los hombres

han olvidado.

En el centro

del bosque

crece

un árbol distinto.

No es

el más alto.

Ni el más hermoso.

Pero nadie

ha conseguido

abrazar

su tronco.

Porque está hecho

de recuerdos.

Cada anillo

de su madera

es una vida.

Cada rama,

un destino.

Cada hoja,

un nombre

que alguna vez

fue pronunciado

con amor.

Junto a él

camina

una anciana.

No tiene edad.

Sus cabellos

parecen tejidos

con la niebla

de los amaneceres.

Sus ojos

guardan

la calma

de los lagos

que jamás

han conocido

la tormenta.

Lleva consigo

un cesto

de mimbre.

Recoge recuerdos.

Cuando un hombre

olvida

la voz

de quien lo amó,

ella busca

entre las raíces

hasta encontrar

aquella palabra

que el tiempo

escondió.

Cuando una madre

cree haber perdido

para siempre

la risa

de su hijo,

la anciana

la deposita

sobre una hoja,

y el viento

se encarga

de llevarla

hasta su ventana,

convertida

en canción.

Una tarde

llegó

el viejo relojero.

Ambos

permanecieron

largo tiempo

bajo el árbol.

Sin hablar.

Porque existen

silencios

que contienen

más verdad

que todas

las bibliotecas.

Al fin,

la anciana

rompió

el sosiego.

—¿Sabes

qué es la memoria?

El relojero

sonrió.

—No.

Solo sé

lo que no es.

No es

una cadena.

No es

un espejo.

No es

una prisión.

La memoria

es una semilla.

Si la escondes,

muere.

Si la compartes,

se convierte

en bosque.

La anciana

cerró los ojos.

Una hoja

descendió lentamente

hasta quedar

entre sus manos.

La ofreció

al relojero.

Él la tomó

con el mismo cuidado

con que un monje

recibe

un manuscrito

sagrado.

Sobre ella

no había letras.

Sin embargo,

el anciano

comenzó

a llorar.

Porque acababa

de recordar

el rostro

de su padre,

que el tiempo,

sin malicia,

había ido

borrando.

El bosque

no devolvía

el pasado.

Solo impedía

que el amor

desapareciera

del todo.

Cuando el relojero

se marchó,

la anciana

volvió

a llenar

su cesto.

Aún quedaban

millones

de recuerdos

esperando

a quien tuviera

el valor

de buscarlos.

Y el bosque,

como siempre,

guardó silencio.

Porque sabe

que la memoria

no necesita

ser defendida

a gritos.

Le basta

con seguir

floreciendo.


Y cada hoja que caía encontraba un corazón dispuesto a recordarla.


1 comentario:

  1. Esperanza y melancolía en su conjunto.

    Los senderos con los pasos que jamás dimos, me sugiere que algo se truncó.. cuando dos amantes se prometieron lo imposible. El valor de la memoria , lo hermoso de ese bosque.

    Besos.

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