Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

domingo, 16 de agosto de 2026

El relojero de los siglos

 Vivía

en una casa

sin puertas.

Todo aquel

que necesitaba encontrarla

acababa llegando,

aunque jamás

hubiera recorrido

el mismo camino.

La casa

se alzaba

sobre un acantilado

desde el que podían verse

todos los amaneceres

del mundo.

Allí,

rodeado

de relojes

que nadie había construido,

habitaba

el viejo relojero.

Su cabello

tenía el color

de la escarcha.

Sus manos

olían

a cedro,

a pergamino

y a lluvia.

Cada mañana,

cuando el alba

aún bostezaba

sobre las montañas,

abría

las ventanas

del tiempo.

Entraban

primaveras antiguas.

Veranos

que todavía

no habían nacido.

Otoños

perdidos

en la memoria

de algún niño.

E inviernos

que esperaban,

pacientes,

su turno

para cubrir

de silencio

los caminos.

Nadie comprendía

su oficio.

Porque el viejo

no reparaba

relojes.

Reparaba

instantes.

Si un anciano

olvidaba

la voz

de su madre,

él buscaba

entre miles

de engranajes

hasta encontrar

aquel segundo

en que la había escuchado

por última vez.

Si un niño

despertaba

sin capacidad

de asombro,

el relojero

aflojaba

un diminuto resorte

en el corazón

de la mañana,

y el canto

de un petirrojo

bastaba

para devolverle

el milagro.

Una tarde,

llamó

a su ventana

la Muchacha

del Brote de Encina.

Ya no era

una niña.

Pero en sus manos

seguía llevando

una pequeña rama,

verde,

como si la guerra

jamás hubiera conseguido

marchitarla.

—Maestro…

—dijo—

¿Puede detenerse

el tiempo?

El anciano

sonrió.

Tomó

un reloj

sin agujas

y lo colocó

sobre la mesa.

—Mira.

La muchacha

obedeció.

No ocurrió nada.

Solo silencio.

Entonces

el relojero

cerró los ojos.

Y preguntó:

—¿Has amado alguna vez

un instante

hasta desear

que no terminara?

Ella inclinó

la cabeza.

—Sí.

—Entonces

ya sabes

que el tiempo

puede detenerse.

No en los relojes.

En el corazón.

Guardó el reloj

en una caja

de madera blanca.

Después

abrió la ventana.

Una hoja

de los siete robles

entró

girando lentamente

hasta posarse

sobre el banco

de trabajo.

El anciano

la contempló

como quien lee

una carta

largamente esperada.

—Ha llegado

la hora.

—¿La hora

de qué?

El relojero

miró

hacia el horizonte,

donde una estrella

acababa

de encenderse

en pleno día.

Y respondió:

—La hora

de descubrir

que hay relojes

que miden los siglos…

y otros

que solo existen

para contar

los latidos

de un alma.

Aquella noche,

todos los relojes

de la casa

dejaron de sonar

al mismo tiempo.

Porque,

durante un instante,

el universo entero

guardó silencio

para escuchar

cómo florecía

una nueva semilla

bajo la tierra.


Y el tiempo sonrió, porque nadie había intentado apresarlo, sino comprenderlo.


2 comentarios:

  1. Es un texto me atrevo a decir , para comérselo.

    Sus manos olían a cedro, a pergamino y a lluvia. Lo más potente es la frase: todos los amaneceres del mundo.

    Que tengas un buen día Gustavo.

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