Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

miércoles, 23 de septiembre de 2026

La sombra sobre las dos tierras X

 El archivo de los nombres

La noche había avanzado sobre Toledo cuando Aixa condujo a Martín, Samuel y Yusef hacia el barrio de los escribanos. Las calles estaban casi vacías y el viento que bajaba desde las partes altas de la ciudad arrastraba polvo y hojas secas por los rincones.

Martín caminaba junto a Aixa.

—¿Has estado alguna vez allí?

—Muchas veces.

—¿Y puedes entrar?

Aixa sonrió ligeramente.

—Puedo entrar por donde entran los demás.

Martín esperó una explicación.

—Pero esta noche no entraremos como los demás.

Samuel caminaba detrás de ellos con el pequeño libro escondido bajo el manto.

—El archivo pertenece a varias familias de escribanos —dijo—. No es un lugar donde cualquiera pueda consultar documentos.

—Por eso precisamente lo vigilaban —respondió Aixa.

Yusef la miró.

—¿Quién?

—Los mismos que vigilan las casas donde apareció el símbolo.

Samuel comprendió.

—Los Valcárcel.

Aixa no respondió.

Continuaron caminando hasta llegar a una pequeña plaza. Allí se levantaba un edificio estrecho de dos plantas, construido alrededor de un patio interior. No parecía importante. Una puerta de madera, dos ventanas y una inscripción casi borrada sobre el dintel.

Aixa señaló la entrada.

—Ahí están los registros.

Martín observó el edificio.

—¿Y qué buscamos?

—Algo que tu padre encontró hace doce años.

—¿Sabes qué era?

—Una referencia a un nombre que no aparecía en ninguno de los documentos del pacto.

Samuel se detuvo.

—El cuarto.

Aixa asintió.

—Tal vez.

Entraron por una puerta lateral que daba a un pequeño patio.

Aixa sacó una llave.

Martín la miró sorprendido.

—¿De dónde la has sacado?

—Mi padre me la entregó antes de morir.

La cerradura cedió.

Dentro olía a pergamino viejo, madera y polvo. Había estanterías llenas de documentos enrollados y cajas de madera cuidadosamente ordenadas.

Yusef cerró la puerta.

—Tenemos poco tiempo.

Aixa encendió una lámpara.

—Buscaremos los registros de 1054.

—¿Y si alguien los ha retirado?

—Entonces buscaremos dónde los llevaron.

Martín comenzó a recorrer las estanterías.

Había documentos comerciales, contratos de tierras, acuerdos entre familias y registros de impuestos. Muchos estaban escritos en árabe; otros utilizaban hebreo o latín.

La ciudad parecía haber dejado allí una parte de sí misma.

Después de casi media hora, Aixa llamó a Samuel.

—Ven.

Sobre una mesa había una caja pequeña.

No tenía cerradura.

Dentro encontraron varios documentos atados con una cuerda.

Samuel comenzó a examinarlos.

—Estos son copias de escrituras privadas.

Aixa señaló uno.

—Mira la fecha.

Samuel leyó:

—Año 1054.

Martín se acercó.

El documento registraba la venta de unas tierras situadas al sur de Toledo.

Pero había algo extraño.

El comprador aparecía con un nombre que Martín no había visto nunca.

Samuel lo leyó dos veces.

—No es un apellido.

—¿Qué significa? —preguntó Martín.

Aixa respondió:

—Es un nombre adoptado.

Samuel continuó leyendo.

Después levantó la mirada.

—Aquí hay una anotación.

La tinta era diferente y parecía mucho más reciente.

Solo decía:

«El nombre fue cambiado. La sangre permaneció.»

Martín sintió un escalofrío.

—¿Quién escribió esto?

Aixa examinó la caligrafía.

—Tu padre.

Durante unos segundos nadie habló.

Martín tomó el documento.

—Entonces estuvo aquí.

—Sí.

—¿Cuándo?

Aixa señaló la fecha de la anotación.

Doce años atrás.

Martín cerró los ojos.

Su padre había pasado por aquel mismo lugar mucho antes de que él supiera siquiera que existía un secreto.

Y había dejado una pista.

Debajo de la anotación apareció una segunda frase:

«Busca donde termina el camino del río.»

Yusef frunció el ceño.

—El Tajo.

Samuel negó.

—Puede significar otra cosa.

Aixa observó el documento.

—Tu padre no escribía pistas sin motivo.

Martín levantó la cabeza.

—Entonces tenemos que seguir el río.

Antes de que pudieran continuar, escucharon un ruido en el patio.

Alguien había abierto la puerta exterior.

Aixa apagó la lámpara.

Los cuatro quedaron inmóviles.

Se escucharon pasos.

Uno.

Dos.

Después varios.

Samuel susurró:

—Nos han seguido.

Aixa negó.

—No.

Martín la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque quienes nos siguen no entrarían haciendo tanto ruido.

Los pasos se detuvieron.

Una voz habló desde el patio.

—Buscamos a una mujer llamada Aixa.

Ella cerró los ojos durante un instante.

—Ahora sí sabemos quiénes son.

Yusef señaló una pequeña puerta al fondo.

—¿Adónde lleva?

—Al patio trasero.

—Entonces vamos.

Aixa recogió el documento.

Martín guardó la anotación de su padre.

Cuando estaban a punto de salir, Samuel se detuvo.

Había visto algo más.

En el fondo de la caja quedaba un pequeño fragmento de pergamino.

Lo tomó.

Solo había una línea.

«Cuando el árbol no tenga raíces, buscad al hombre que las perdió.»

Samuel miró a Martín.

—Esto no estaba en el documento.

—¿Qué significa?

—Todavía no lo sé.

Yusef abrió la puerta.

—Lo averiguaremos fuera.


Al otro lado del barrio, Rodrigo de Lara había conseguido encontrar el comienzo del antiguo pasadizo.

Uno de sus hombres regresó con noticias.

—Hemos visto movimiento cerca del archivo de los escribanos.

Rodrigo levantó la mirada.

—¿Quién?

—No lo sabemos. Pero había una mujer.

Rodrigo recordó a Gabriel.

Y después la fecha que había vuelto a aparecer.

  1. 1054.

—¿La habéis visto?

—Sí.

—¿Cómo era?

El hombre la describió.

Rodrigo permaneció unos segundos en silencio.

—Aixa.

Su soldado lo miró sorprendido.

—¿La conocéis?

—He oído hablar de ella.

No quiso explicar nada más.

Se dirigió hacia el caballo.

—Nos vamos.

—¿Adónde?

Rodrigo miró hacia el río.

—A buscar al hombre que perdió sus raíces.


Martín, Aixa, Samuel y Yusef consiguieron salir por una puerta trasera y se internaron en un callejón estrecho.

Detrás de ellos comenzaron a escucharse gritos.

Corrieron durante unos minutos hasta alcanzar una pequeña casa abandonada.

Allí pudieron detenerse.

Martín sacó el documento.

—Tenemos que ir al río.

Aixa asintió.

—Sí.

Samuel examinó de nuevo la anotación.

—Hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

—Tu padre dejó esto hace doce años. Pero la frase habla de algo que ocurrió después.

Martín lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

Samuel señaló el pergamino.

—La tinta.

Yusef se acercó.

—Es más reciente.

Aixa tomó el fragmento.

—Mucho más reciente.

Martín comprendió lentamente.

—Entonces alguien añadió esta frase después.

Nadie respondió.

Aixa miró hacia la ventana.

—Y sabía que algún día nosotros encontraríamos el documento.

Samuel guardó el pergamino.

—Eso significa que alguien está siguiendo el mismo camino que tu padre.

Martín pensó en Gabriel.

En Rodrigo.

En los hombres que habían entrado en la casa.

Y finalmente en el nombre que Aixa había pronunciado.

Valcárcel.

—Entonces quizá mi padre no desapareció para esconderse.

Aixa lo miró.

—¿Qué quieres decir?

Martín sostuvo el documento entre las manos.

—Quizá desapareció porque estaba siguiendo a alguien.


Muy lejos de allí, en una estancia iluminada por una lámpara de aceite, el hombre que había recibido los informes sobre Martín escuchaba a otro mensajero.

—Han encontrado el archivo.

—¿La mujer?

—También.

El hombre permaneció pensativo.

—¿Y Rodrigo de Lara?

—Se dirige hacia el río.

Aquello pareció preocuparle.

—Entonces ha empezado a recordar.

—¿Debemos detenerlo?

El hombre negó.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Se acercó a la mesa y abrió un documento antiguo.

En la parte superior podía leerse una fecha:

1054.

Debajo había tres nombres.

Y, separado de ellos, un cuarto.

El hombre pasó el dedo sobre aquel último nombre.

—Porque Rodrigo todavía no sabe quién era su padre.

El mensajero guardó silencio.

—¿Y Martín?

El hombre cerró el documento.

—Martín tampoco sabe quién era el suyo.

Apagó la lámpara.

—Cuando ambos lo descubran, ya será demasiado tarde para volver atrás.


1 comentario:

  1. Quizás el padre de Martín es el mismo que el de Rodrigo de Lara.
    Sigue el misterio del año 1054.
    Me gustaría saberlo ya.
    Está historia promete.

    ResponderEliminar