Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

jueves, 29 de enero de 2026

Diario de Guerra - 2- Rumores


Los rumores no llegaban de golpe. Se deslizaban. Pasaban de boca en boca con la forma de una advertencia mal definida, cambiando de tamaño según quién los contara. En Lavapiés, Tomás empezó a notarlos en los detalles: conversaciones que se interrumpían al entrar alguien en una tienda, vecinos que bajaban la voz al cruzarse en la escalera, periódicos leídos con una atención demasiado intensa.

Nada era concreto. Precisamente por eso inquietaba.

En la corrala, una mujer aseguró que había movimientos extraños en los cuarteles. Otro dijo que todo era exageración, que Madrid ya había pasado por cosas peores. Tomás escuchaba sin intervenir. Tomaba nota mental de los gestos más que de las palabras: manos inquietas, miradas que evitaban otras miradas, silencios que duraban un segundo de más.

Aquella tarde visitó a su padre. Vivía no muy lejos, en una casa más austera, con muebles antiguos y pocas concesiones al desorden. Hablaron de cosas pequeñas: del calor adelantado, del precio del pan, de un vecino que se había marchado sin avisar. La política apareció solo de refilón, como una sombra en la pared.

—La gente habla demasiado —dijo su padre, sin levantar la voz—. Y escucha poco.

Tomás asintió. No supo qué responder. Aún creía que escuchar era suficiente.

En Vallecas, los rumores eran más directos. Elena los oía en la cola del mercado, en el taller donde trabajaba por horas, en la parada del tranvía. Allí no se hablaba de “posibilidades”, sino de “cuando pase”. Nadie sabía exactamente qué iba a pasar, pero todos parecían darlo por hecho.

Una mujer comentó que su hermano había dejado de volver a casa por las noches. Otro dijo que había listas, aunque nadie había visto ninguna. Elena no preguntó. Aprendía rápido qué preguntas no convenía hacer.

Esa misma tarde volvió a encontrarse con Tomás. Caminaron juntos un rato, como el día anterior. La ciudad parecía la misma, pero el tono había cambiado. Había menos risas, menos discusiones abiertas, más miradas rápidas hacia los lados.

—En mi barrio dicen que exageran —comentó Tomás—. Que esto se arreglará solo.

Elena lo miró de reojo.

—En el mío dicen que no —respondió—. Y que lo peor no es lo que se oye, sino lo que aún no se dice.

Siguieron andando. Tomás pensó en su padre, en la manera en que había cerrado la conversación sin cerrarla del todo. Pensó también en lo cómodo que resultaba creer que nada iba a cambiar de verdad. Elena, en cambio, ya había empezado a ajustar pequeños hábitos: no quedarse quieta demasiado tiempo, no repetir siempre el mismo camino, no hablar de más ni siquiera con conocidos.

Al caer la noche, Madrid se recogió antes de lo habitual. Las ventanas se cerraron pronto. Las radios se bajaron de volumen. En algún lugar alguien discutía, pero el sonido llegaba amortiguado, como si la ciudad entera estuviera aprendiendo a contenerse.

Los rumores seguían circulando.

Todavía no eran miedo.

Pero ya estaban preparando el terreno.


miércoles, 28 de enero de 2026

Diario de Guerra-Prólogo

 Madrid resiste, roja madrugada,
con puños de ladrillo y voz en pie.
El miedo se derrumba en trincheras,
y el Manzanares guarda el voto.
No pasarán, murmura cada calle
bajo un cielo de balas pan duro.
La gente alza su hambre escudo
y el alba aprende a resistir.

 

PRIMERA PARTE

DONDE TODO EMPIEZA 

 

Madrid amaneció sitiada, pero no vencida. El otoño de 1936 había cerrado sus puños sobre la ciudad, y el aire olía a humo, a pan escaso y a miedo compartido. Aun así, las calles seguían vivas. Entre sacos de arena y tranvías detenidos, la gente caminaba deprisa, como si el simple acto de avanzar fuese ya una forma de resistencia.

Cuando los primeros cañonazos retumbaron en la Casa de Campo, Madrid entendió que la guerra no era un rumor lejano, sino una presencia que llamaba a la puerta. Milicianos mal armados, soldados del ejército republicano y vecinos sin uniforme se mezclaron en las barricadas. Nadie preguntaba de dónde venías; solo importaba si estabas dispuesto a quedarte.

En la Ciudad Universitaria, los edificios recién levantados se convirtieron en fortalezas improvisadas. Las aulas cambiaron los libros por fusiles, y las bibliotecas aprendieron el lenguaje seco de las explosiones. Allí, estudiantes que la víspera discutían sobre filosofía defendían pasillos palmo a palmo, convencidos de que cada metro ganado era tiempo robado al enemigo.

Madrid resistía también en lo pequeño. En los sótanos, las mujeres organizaban comedores, cosían vendas, calmaban a los niños mientras el suelo temblaba. En las azoteas, vigías improvisados avisaban de los bombardeos con gritos que recorrían los barrios como relámpagos. Nadie estaba a salvo, pero nadie estaba solo.

El lema “No pasarán” no era solo una consigna: era una forma de respirar. Se pintaba en muros, se murmuraba en voz baja, se gritaba cuando el miedo amenazaba con ganar terreno. No significaba que no hubiera dolor ni pérdidas; significaba que, pese a todo, la ciudad no se rendía.

Las noches eran las peores. Los aviones surcaban el cielo y dejaban caer su carga sobre hospitales, mercados, casas humildes. Al amanecer, Madrid se levantaba herida, contaba a sus muertos y volvía a empezar. Las campanas ya no marcaban las horas: lo hacía el ritmo irregular de la artillería.

Pasaron los días, luego las semanas. La ciudad aguantó. No por milagro, sino por la obstinación de quienes defendían algo más que edificios: defendían la idea de que Madrid era su casa, su memoria y su futuro. Cuando el frente se estabilizó y el asalto directo fracasó, quedó claro que la capital había ganado una batalla que no se medía solo en términos militares.

Madrid no salió intacta de aquella defensa, pero salió de pie. Y en sus calles quedó grabada una lección dura y luminosa: que incluso bajo el asedio más brutal, una ciudad puede convertirse en un acto colectivo de valentía.


lunes, 26 de enero de 2026

Tirano

 Nadie le había visto nunca el rostro.

No hacía falta.


Sus órdenes llegaban en sobres sin remitente, escritas con una tinta que se desvanecía al amanecer. Nadie podía probar que existieran, pero todos las obedecían. El mercado cambiaba precios antes de que alguien hablara, las puertas se cerraban segundos antes de ser tocadas, y los castigos llegaban siempre por errores que nadie recordaba haber cometido.


El no gritaba ni castigaba en público. Gobernaba con silencios, con rumores cuidadosamente incompletos, con la duda. Cada ciudadano se vigilaba a sí mismo, temiendo haber entendido mal una orden que quizá nunca llegó.


El día que el último disidente desapareció ya no tuvo que mandar nada.

La tiranía, por fin, se volvió invisible.


El alcalde

 El alcalde mandó a pavimentar la calle principal tres veces el mismo año.

La primera, para inaugurarla.

La segunda, para corregir “errores técnicos”.

La tercera, porque el asfalto anterior se había derretido bajo el sol… o bajo el peso de los sobres.


Mientras tanto, el hospital seguía sin techo y el agua llegaba marrón a las casas.

El alcalde dormía tranquilo: había comprado colchones nuevos para su conciencia.

Eran caros, pero muy blandos.


viernes, 23 de enero de 2026

A Robe

Bajo el peso de las cuerdas, en la furia del viento,

se alza la voz de un hombre que desafía el tiempo.

Roberto Iniesta, arquitecto del caos y la belleza,

canta desde las entrañas, desde el abismo,

donde la rabia y el amor se funden

en una melodía de versos rotos y sueños crudos.


Con la guitarra entre sus dedos,

y el alma desnuda ante el micrófono,

ha pintado paisajes de desamor, de libertad,

donde la vida y la muerte se entrelazan

en cada acorde, en cada palabra.

El dolor se convierte en arte,

y el grito de la calle, en himno.


Extremoduro no es solo música,

es el eco de generaciones que se rebelan,

el canto de los que buscan su lugar

en un mundo que a veces no entiende su lucha.

Robe, en su voz rasgada,

se convierte en el espejo de una sociedad rota,

de un corazón que late fuerte,

sin miedo a sangrar, a caerse, a volver a levantarse.


Desde los barrios hasta los escenarios,

su música ha recorrido el país

como un río de poesía cruda,

de gritos callados, de amores perdidos.

Es el grito de los que no se conforman,

de los que saben que vivir es ir más allá,

romper las cadenas,

y encontrar algo más allá del vacío.


Y aunque el ruido se apagó en diciembre ,

y las luces dejaron de brillar sobre el escenario,

su legado será eterno,

pues la voz de Robe

sigue viva en cada nota,

en cada alma que se siente libre

al escuchar sus versos,

al cantar con él,

al vivir con él.


jueves, 22 de enero de 2026

Sonetos basados en Don Quijote

La aventura de los molinos


(Don Quijote)

Gigantes son, y al mundo desafían

con brazos largos y soberbia fiera;

no hay fuerza humana que a mi brazo hiera

cuando justicia y honra me porfían.


El cielo es testigo fiel de lo que ansían

mis obras, y el temor no me gobierna;

que nace el miedo en alma vil y eterna

y no en quien altos hechos desafían.


(Narrador)

Eran molinos, y el buen viento hacía

lo que hace siempre: girar sin intención;

mas quiso el loco darles alma y día.


Y el palo, ajeno a épica y razón,

le dio tal golpe que la fantasía

cayó primero que el cuerpo al terrón.



La aventura de los dos ejércitos 


Don Quijote)

Dos huestes veo ya, de fiero intento,

que el llano ocupan con marcial ruido;

retumba el aire en bélico bramido

y pide lanza el justo atrevimiento.


Hoy se decide, Sancho, en duro encuentro,

quién gana fama y quién será vencido;

no es hora ya de juicio comedido,

que manda el brazo y no el entendimiento.


(Sancho)

Señor, que son carneros, voto a tal,

polvo y balidos, cuernos y pellejos;

no hay moro aquí, ni espada, ni señal.


(Narrador)

Tenía razón: y aun así, ¡qué lejos

le estuvo el premio de tenerla al final!,

que al sabio azotan igual que a los necios.


La aventura de los odres de vino


Don Quijote)

La noche espesa encubre al enemigo,

que hinchado duerme en traición silenciosa;

parece fiera múltiple y rabiosa

que aguarda el tajo de mi acero amigo.


No hay sueño vil que excuse al que castigo,

ni sombra que a la honra haga dudosa;

que al mal se le acomete, aunque reposa,

si es justa causa y alto el fiel testigo.


(Sancho)

Señor, que es venta pobre y vino añejo,

odres colgados son, por vida mía,

y huele más a mosto que a pellejo.


(Narrador)

Y fue verdad: que el vino no razona,

ni el refrán libra al cuerdo de la trilla;

razón tenía Sancho… y nadie la abona.



Glosa final


Y así se acaba esta cuenta de lances mal entendidos, donde molinos fueron gigantes por cortesía del deseo, carneros ejércitos por exceso de fe, y odres enemigos por culpa de la noche y del vino. Don Quijote, que nunca erró en la intención, aunque sí en el objeto, salió de todas estas aventuras magullado en el cuerpo, mas entero en el ánimo; porque jamás consintió que la realidad, tan tosca y poco dada a nobleza, le desmintiese el deber de soñar.


Sancho, más sabio por el suelo que por los libros, vio siempre lo que había, y lo dijo; mas aprendió también que tener razón no libra de golpes, ni la verdad paga cuentas en las ventas. Y así, entre el uno que veía de más y el otro que veía lo justo, caminaron ambos por un mundo que rara vez se deja entender sin tropiezos.


Y si alguno se riese de tales desatinos, mire primero si no ha llamado alguna vez gigante a su molino, ejército a su rebaño, u honra a su odre vacío; que en esto de errar con fe, pocos se libran, y menos aún los cuerdos.