Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

viernes, 31 de julio de 2026

El hada que quiso ser mortal

 No todas las hadas

anhelan volar.

Algunas,

cuando la luna duerme
sobre las aguas tranquilas,

miran las aldeas humanas

con una nostalgia

que ni ellas mismas
alcanzan a comprender.

Tal era el destino

de Lírien,

hija de los manantiales ocultos

y guardiana

de las flores azules

que solo florecen

una noche cada cien años.

Su risa

hacía brotar los almendros.

Sus pasos

despertaban mariposas

en mitad del invierno.

Y cuando cantaba,

los ciervos

olvidaban el miedo.

Sin embargo,

cada amanecer

la encontraba sentada

a la orilla del río,

observando a los hombres.

Veía a los niños

crecer demasiado deprisa.

A los ancianos

contar historias

junto al fuego.

A las madres

abrazar a sus hijos

como si cada instante

fuera un tesoro.

Y una pregunta,

siempre la misma,

brotaba en su corazón.

¿Por qué aquellos

que viven tan poco

aman con tanta intensidad?

Una noche,

el Búho Blanco,

el más antiguo

de los habitantes del bosque,

descendió sobre una rama.

—Conozco esa mirada.

Lírien sonrió.

—Quiero comprenderlos.

El anciano búho

cerró lentamente los ojos.

—Comprenderlos

tiene un precio.

Los inmortales

observamos el tiempo.

Los mortales

lo sienten.

Y esa diferencia

ha cambiado más mundos

que todas las guerras.

Pero el deseo

había echado raíces.

Lírien emprendió viaje

hasta el Claro de los Deseos,

donde habitaba

la Dama del Espejo,

la única capaz

de alterar

el destino de las criaturas feéricas.

La encontró

hilando rayos de luna

con un huso de cristal.

—¿Qué buscas,

hija del bosque?

—Quiero ser mortal.

La anciana

no respondió de inmediato.

Tomó una hoja de roble.

La dejó caer.

Ambas observaron

cómo el viento

la alejaba.

—¿Ves esa hoja?

Jamás volverá

a su rama.

Así será tu vida.

Conocerás el invierno.

La enfermedad.

La despedida.

El olvido.

Y un día,

la muerte.

Lírien levantó la cabeza.

—También conoceré

el primer beso,

la primera lágrima,

la alegría de un abrazo,

el valor de un instante

y la belleza

de aquello

que no puede repetirse.

La Dama del Espejo

guardó silencio.

Porque ninguna magia

es más poderosa

que una decisión nacida

del corazón.

Al amanecer,

las alas de Lírien

se volvieron

transparentes.

Después,

como dos pétalos

arrastrados por el viento,

desaparecieron.

Por primera vez

sintió el peso

de sus pasos.

El frío.

El hambre.

El cansancio.

Y sonrió.

Los años

pasaron sobre ella

como pasan

sobre todos los hombres.

Su cabello

descubrió el color de la nieve.

Sus manos

el lenguaje de las arrugas.

Pero jamás

se arrepintió.

Cuando llegó

la última tarde,

volvió al bosque

donde había nacido.

Las flores azules

abrieron sus corolas

como si la reconocieran.

El Búho Blanco

seguía esperándola.

—¿Encontraste

lo que buscabas?

Lírien contempló

el cielo del ocaso,

donde las primeras estrellas

comenzaban a despertar.

Y respondió:

—No.

Encontré algo mejor.

Descubrí

que la eternidad

no es vivir para siempre.

Es haber amado tanto

que un solo instante

basta

para iluminar

todos los siglos.

Entonces cerró los ojos.

El viento

esparció su último aliento

entre las flores.

Y desde aquel día,

cada primavera,

cuando el bosque

se cubre de pequeñas flores azules,

los viejos bardos dicen

que no son flores.

Dicen que son las alas de un hada

que eligió el tiempo

para aprender

el verdadero significado

de la vida.


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