No todas las hadas
anhelan volar.
Algunas,
cuando la luna duerme
sobre las aguas tranquilas,
miran las aldeas humanas
con una nostalgia
que ni ellas mismas
alcanzan a comprender.
Tal era el destino
de Lírien,
hija de los manantiales ocultos
y guardiana
de las flores azules
que solo florecen
una noche cada cien años.
Su risa
hacía brotar los almendros.
Sus pasos
despertaban mariposas
en mitad del invierno.
Y cuando cantaba,
los ciervos
olvidaban el miedo.
Sin embargo,
cada amanecer
la encontraba sentada
a la orilla del río,
observando a los hombres.
Veía a los niños
crecer demasiado deprisa.
A los ancianos
contar historias
junto al fuego.
A las madres
abrazar a sus hijos
como si cada instante
fuera un tesoro.
Y una pregunta,
siempre la misma,
brotaba en su corazón.
¿Por qué aquellos
que viven tan poco
aman con tanta intensidad?
Una noche,
el Búho Blanco,
el más antiguo
de los habitantes del bosque,
descendió sobre una rama.
—Conozco esa mirada.
Lírien sonrió.
—Quiero comprenderlos.
El anciano búho
cerró lentamente los ojos.
—Comprenderlos
tiene un precio.
Los inmortales
observamos el tiempo.
Los mortales
lo sienten.
Y esa diferencia
ha cambiado más mundos
que todas las guerras.
Pero el deseo
había echado raíces.
Lírien emprendió viaje
hasta el Claro de los Deseos,
donde habitaba
la Dama del Espejo,
la única capaz
de alterar
el destino de las criaturas feéricas.
La encontró
hilando rayos de luna
con un huso de cristal.
—¿Qué buscas,
hija del bosque?
—Quiero ser mortal.
La anciana
no respondió de inmediato.
Tomó una hoja de roble.
La dejó caer.
Ambas observaron
cómo el viento
la alejaba.
—¿Ves esa hoja?
Jamás volverá
a su rama.
Así será tu vida.
Conocerás el invierno.
La enfermedad.
La despedida.
El olvido.
Y un día,
la muerte.
Lírien levantó la cabeza.
—También conoceré
el primer beso,
la primera lágrima,
la alegría de un abrazo,
el valor de un instante
y la belleza
de aquello
que no puede repetirse.
La Dama del Espejo
guardó silencio.
Porque ninguna magia
es más poderosa
que una decisión nacida
del corazón.
Al amanecer,
las alas de Lírien
se volvieron
transparentes.
Después,
como dos pétalos
arrastrados por el viento,
desaparecieron.
Por primera vez
sintió el peso
de sus pasos.
El frío.
El hambre.
El cansancio.
Y sonrió.
Los años
pasaron sobre ella
como pasan
sobre todos los hombres.
Su cabello
descubrió el color de la nieve.
Sus manos
el lenguaje de las arrugas.
Pero jamás
se arrepintió.
Cuando llegó
la última tarde,
volvió al bosque
donde había nacido.
Las flores azules
abrieron sus corolas
como si la reconocieran.
El Búho Blanco
seguía esperándola.
—¿Encontraste
lo que buscabas?
Lírien contempló
el cielo del ocaso,
donde las primeras estrellas
comenzaban a despertar.
Y respondió:
—No.
Encontré algo mejor.
Descubrí
que la eternidad
no es vivir para siempre.
Es haber amado tanto
que un solo instante
basta
para iluminar
todos los siglos.
Entonces cerró los ojos.
El viento
esparció su último aliento
entre las flores.
Y desde aquel día,
cada primavera,
cuando el bosque
se cubre de pequeñas flores azules,
los viejos bardos dicen
que no son flores.
Dicen que son las alas de un hada
que eligió el tiempo
para aprender
el verdadero significado
de la vida.
Conmovedor, razonable. Palabras tan hermosas que sólo tú sabes como dejarlas en cada estrofa.
ResponderEliminarGracias María.
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