Hay un río más antiguo que el tiempo,
nacido antes de que el hielo
aprendiera el color del invierno.
No desciende de ninguna montaña,
ni busca el abrazo del mar.
Nace allí
donde los recuerdos
se convierten en agua.
Sus orillas no conocen estaciones.
En ellas florecen al mismo tiempo
la primavera de los niños,
el verano de los amantes,
el otoño de los sabios
y el invierno de los héroes.
Quien bebe de sus aguas
no obtiene juventud,
ni riquezas,
ni poder.
Recupera un nombre.
Aquel
con el que fue soñado
antes de venir al mundo.
Los antiguos elfos
peregrinaban hasta su corriente
cuando la tristeza
borraba el brillo de sus ojos.
Bastaba una sola gota
sobre la frente
para recordar
quiénes eran realmente.
Pero llegaron los siglos del hierro.
Los hombres
quisieron encerrar el río
entre muros de piedra.
Quisieron medirlo,
nombrarlo,
poseerlo.
Y el río sonrió.
Porque el agua
pertenece
a quien la comprende
pero no a quien la encierra.
Aquella misma noche
desapareció.
Desde entonces
fluye invisible
bajo todos los caminos.
A veces,
cuando un anciano
olvida su propio nombre,
o un niño
pronuncia palabras
que nadie le enseñó,
el río vuelve a cantar
debajo de la tierra.
Y las estrellas,
desde lo alto,
escuchan en silencio.
Encantador. Magia y realidad.
ResponderEliminarBesos.