Existe un bosque
que no aparece en los mapas.
Porque ningún mapa
es capaz de recordar su nombre.
Quien intenta hallarlo siguiendo senderos
solo encuentra niebla.
Quien lo busca con codicia
regresa con las manos vacías.
Pero quien camina sin esperar recompensa,
escuchando el rumor de las hojas
como quien escucha una antigua plegaria,
termina llegando,
sin saber cómo,
a sus puertas invisibles.
Allí no gobiernan los reyes,
ni las leyes de los hombres.
Gobierna el silencio.
Y en ese silencio
habitan los Guardianes.
No llevan armaduras de acero,
sino mantos tejidos
con musgo, lluvia y luz de luna.
Sus coronas están hechas
de ramas de acebo,
hojas de roble
y pequeñas estrellas
que caen durante el equinoccio.
Nadie sabe si son elfos,
espíritus,
o árboles
que aprendieron a caminar.
Solo se sabe
que llevan siglos
custodiando aquello
que el mundo olvidó.
Protegen la fuente
donde nacen los sueños.
La piedra
sobre la que descansó
el primer ciervo blanco.
La espada
que nunca fue empuñada,
porque fue forjada
para defender
y no para conquistar.
Custodian también
el Nombre Verdadero del Bosque.
Porque mientras ese nombre
permanezca en silencio,
ninguna sombra
podrá adueñarse
de sus senderos.
Una vez,
un joven viajero
preguntó al más anciano
de los Guardianes:
—¿Qué defendéis con tanto empeño?
El anciano sonrió.
Su barba parecía líquenes antiguos.
Sus ojos reflejaban
todos los otoños del mundo.
Y respondió:
—No defendemos un bosque.
Defendemos el lugar
al que regresará el corazón del hombre
cuando recuerde
que también pertenece a la naturaleza.
Después el viento levantó las hojas.
Los Guardianes desaparecieron.
Y el viajero nunca supo
si había vivido un sueño
o había despertado de él.
Desde entonces,
cada vez que un niño
se pierde entre los árboles
y vuelve diciendo
que alguien le enseñó
el camino de regreso,
los ancianos sonríen.
Porque saben
que el bosque olvidado
todavía tiene
quien lo custodie.
Una fantasía poética, leyendas, y una moraleja.
ResponderEliminarEs tan hermoso.