Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

martes, 25 de agosto de 2026

La biblioteca de los sueños perdidos

 Más allá

del Bosque de la Memoria,

donde el musgo

aprende

el nombre

de las piedras,

existe

una biblioteca

que ningún rey

ha gobernado

jamás.

No fue levantada

por arquitectos.

La construyeron

los silencios

de los poetas,

las preguntas

de los niños,

los desvelos

de los sabios

y las lágrimas

de quienes

renunciaron

a un sueño

por amor.

Sus muros

no eran de piedra.

Estaban hechos

de páginas

que el viento

se negó

a dejar morir.

Las columnas

crecían

como troncos

de abedul,

y las bóvedas

parecían

tejidas

con constelaciones.

No había lámparas.

Cada libro

emitía

su propia luz.

Algunos

brillaban

como la aurora.

Otros

apenas

conservaban

una chispa,

esperando

que alguien

volviera

a abrirlos.

Allí

no dormían

las historias.

Dormían

los sueños.

El niño

que quiso

construir

un puente

hasta la luna.

La muchacha

que imaginó

un jardín

donde ninguna flor

conociera

el invierno.

El anciano

que soñó

un mundo

donde los hombres

recordaran

los nombres

de los árboles

antes

que los de las guerras.

Nada

se perdía.

Todo aquello

que un corazón

había imaginado

con pureza,

encontraba

refugio

entre aquellos estantes

infinitos.

La guardiana

de la biblioteca

no vestía

corona.

Llevaba

un manto

cosido

con fragmentos

de pergaminos

antiquísimos.

Su cabello

caía

como una cascada

de tinta

sobre sus hombros.

Y sus ojos

tenían

el color

de las velas

que aún permanecen

encendidas

cuando todos

han abandonado

el templo.

Cada noche

recorría

los pasillos

escuchando

los libros.

Porque los libros

también sueñan.

Y cuando uno

comenzaba

a apagarse,

ella

abría lentamente

sus páginas

y leía

en voz baja

el primer verso.

Bastaba eso.

El sueño

volvía

a respirar.

Una tarde,

llegó

la Muchacha

del Brote de Encina.

La guardiana

la esperaba.

Como si conociera

su llegada

desde hacía siglos.

—¿Qué buscas?

preguntó.

La joven

miró

los interminables

anaqueles.

—Quiero saber

si los sueños

mueren.

La anciana

tomó

un libro diminuto.

Tan pequeño

que cabía

en la palma

de una mano.

Lo abrió.

Sus páginas

estaban en blanco.

—¿Qué ves?

—Nada.

La guardiana

sonrió.

—Todavía no.

Este libro

pertenece

a un niño

que aún no ha nacido.

Cuando aprenda

a soñar,

las palabras

aparecerán.

La muchacha

cerró los ojos.

Comprendió

que el futuro

no era

una tierra desconocida.

Era una biblioteca

que todavía

seguía escribiéndose.

Entonces,

la guardiana

la condujo

hasta una puerta

de madera blanca.

No tenía cerradura.

Ni bisagras.

Solo una inscripción

grabada

con letras

que parecían

brotar

de la propia madera.

Decía:

“Todo sueño que nace del amor encuentra aquí su refugio. Todo sueño nacido de la soberbia se convierte, antes de llegar, en polvo.”

La Muchacha

apoyó

la mano

sobre la puerta.

Sintió

miles

de latidos.

No eran

corazones.

Eran sueños

esperando

su hora.

Cuando abandonó

la biblioteca,

el cielo

estaba cubierto

de estrellas.

Pero ella

ya no las miró

como quien contempla

luces lejanas.

Las miró

como quien reconoce

las ventanas

de una casa

a la que,

algún día,

todos

habremos

de regresar.


Y ningún sueño verdadero volvió a sentirse solo bajo el cielo del mundo.


1 comentario:

  1. Es tan encantador tu texto. Diría que se puede sentir, oler, vivir ahí..
    La biblioteca es la memoria que se considera el centro del mundo.
    En realidad pienso que nada nos pertenece, es del mundo.

    Melancólico y precioso..

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