Mucho antes
de que los hombres
aprendieran
a medir el cielo,
hubo uno
que aprendió
a escucharlo.
Cada noche
subía
hasta la cumbre
de una montaña
donde el viento
había olvidado
su nombre,
y aguardaba.
No esperaba
respuestas.
Sabía
que las respuestas
son aves esquivas
que solo descienden
sobre las manos
que han dejado
de perseguirlas.
Los pastores
decían
que estaba loco.
Los mercaderes,
que perdía
el tiempo.
Los reyes
lo invitaron
a sus palacios,
convencidos
de que podría
predecir victorias,
descubrir tesoros
o anunciar
el nacimiento
de nuevos imperios.
Él sonreía.
Y regresaba
a la montaña.
Porque las estrellas
jamás hablan
de poder.
Solo hablan
de eternidad.
Una noche,
cuando el verano
se deshacía lentamente
entre los brazos
del otoño,
una estrella
abandonó su lugar.
Descendió,
como desciende
una hoja
cuando el árbol
confía
en el viento.
Se detuvo
frente al anciano.
No tenía forma.
Era luz.
Una luz serena,
sin orgullo,
sin violencia,
como la que permanece
en una casa
cuando todos
duermen.
Entonces,
la estrella
le preguntó:
—¿Por qué vuelves
cada noche?
El anciano
bajó la mirada.
—Porque los hombres
hablamos demasiado.
Y el cielo
solo revela
sus secretos
a quienes
aprenden
a callar.
La estrella
guardó silencio.
Después
se acercó
hasta tocar
su frente.
En ese instante,
el anciano
vio
cómo nacían
los océanos.
Cómo los bosques
aprendían
el lenguaje
de la lluvia.
Cómo los dragones
alzaban
su primer vuelo.
Cómo el Árbol
de la Memoria
hundía
sus raíces
en el corazón
del mundo.
Y vio también
algo
que jamás
había sido contado.
Al final
de los siglos,
cuando la última
estrella
estuviera a punto
de apagarse,
no sería
la oscuridad
quien heredaría
el universo.
Sería
una palabra.
Una sola.
Pronunciada
por alguien
capaz de recordar
todos los nombres
que el tiempo
había amado.
Cuando la visión
terminó,
la estrella
regresó
a su lugar.
El anciano
descendió
de la montaña.
No escribió
ningún libro.
No fundó
ninguna escuela.
Continuó
su vida
como un hombre
más.
Pero quienes
lo miraban
a los ojos
descubrían
en ellos
un reflejo
que no pertenecía
a este mundo.
Muchos años
después,
la Muchacha
del Brote de Encina
encontró
al anciano
sentado
junto a un camino.
Ya casi
no podía caminar.
Ella se arrodilló
a su lado.
—¿Qué os enseñaron
las estrellas?
Él sonrió
con la dulzura
de quien ha comprendido
que toda respuesta
es apenas
el comienzo
de otra pregunta.
Y respondió:
—Me enseñaron
que ellas
no brillan
para ser admiradas.
Brillan
para que los viajeros
no olviden
el camino
cuando la noche
parece interminable.
Dicho esto,
cerró los ojos.
En aquel mismo instante,
una estrella
cruzó lentamente
el firmamento.
Simplemente
cambió
de lugar.
Los pastores
levantaron la vista.
Los niños
pidieron un deseo.
Los sabios
anotaron
el prodigio.
Solo el bosque
comprendió
lo sucedido.
Porque sabía
que algunas almas,
cuando concluyen
su viaje,
no desaparecen.
Aprenden
a iluminar
desde otra altura.
Y desde aquella noche, hubo una estrella más para quienes caminaban sin miedo hacia el amanecer.
Aves esquivas, el viento ha ia olvidado su nombre. Quizás sean metáforas.Un texto poético. Un fábula preciosa..
ResponderEliminarMaría Gladys.
Ahora siiiii
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