Así lo aprendieron los siete reyes
cuando sus coronas fueron polvo
y sus estandartes quedaron bajo la tierra:
que ningún reino es grande
si necesita olvidar a los demás para existir.
Así lo supieron las raíces profundas,
que despertaron bajo la tierra
cuando los hombres ya no podían defenderla.
Así lo comprendió aquel
que recibió una espada nacida de una estrella,
pues la luz no fue hecha
para destruir la oscuridad,
sino para no convertirse en ella.
Y en el valle sin nombre
quedó escrito con sangre
lo que ningún cronista se atrevió a escribir:
que una victoria puede costar tanto
que durante siglos nadie sabe
si realmente venció.
El último guerrero lo supo.
Por eso cantó por los muertos
antes que por los vencedores.
Porque los muertos no necesitan gloria.
Necesitan memoria.
Recordad, pues, a quienes caminaron hacia la Niebla.
Recordad sus nombres
si aún los conocéis.
Y si los nombres se han perdido,
recordad al menos
que una vez estuvieron allí.
Porque mientras alguien recuerde
por qué cayó un hombre,
su muerte no habrá sido en vano.
Pero guardad también esta advertencia:
la Niebla no siempre llega desde fuera.
A veces nace en el corazón
de quienes olvidan.
A veces crece
cuando la memoria se rompe.
Y a veces permanece escondida
en aquello que creemos haber vencido.
Por eso los bardos dejaron escrito:
No basta con derrotar a la oscuridad.
Hay que recordar de dónde vino.
Pues llegará un tiempo
en que los campos volverán a cubrirse de hierba,
los árboles ocultarán las cicatrices
y los hijos de los supervivientes
creerán que la guerra
pertenece a un pasado lejano.
Entonces el tiempo comenzará a guardar sus secretos.
Y aquello que la espada no pudo encontrar,
tal vez solo pueda descubrirlo
quien se atreva a escuchar
lo que aún susurra la memoria.
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