El muchacho no tenía recuerdos propios de la guerra.
Había nacido después, en una ciudad ya ordenada, donde los relatos venían dados y las preguntas no se formulaban en voz alta. Aun así, algo en él no encajaba del todo. Escuchaba más de lo que hablaba. Observaba con una atención que no era curiosidad, sino inquietud.
Vivía en el mismo edificio que Tomás. Coincidían a veces en la escalera. Al principio intercambiaron frases cortas, neutras. Un día, el muchacho se atrevió a preguntar.
—¿Antes esto era distinto, verdad?
Tomás no respondió de inmediato. La pregunta no tenía trampa, pero sí consecuencias.
—Sí —dijo al final—. Pero no mejor ni peor. Distinto.
El muchacho asintió. No parecía satisfecho, pero aceptó el límite. Elena lo vio después, hablando con otros jóvenes. Notó el mismo gesto: una mezcla de vacío y ansiedad. No querían rebelarse; querían entender.
—No tienen de dónde tirar —dijo Elena—. Solo lo que les han contado.
Y lo que les habían contado estaba incompleto.
Madrid estaba criando una generación sin raíces claras. Ni memoria propia ni futuro definido. Hijos de nadie, sostenidos por una normalidad que no les pertenecía del todo.
Elena supo entonces que no era solo el olvido, sino el relevo mal hecho.
Las nuevas generaciones querían saber, el ímpetu joven.
ResponderEliminarPero el silencio siempre, las voces calladas. Aún en el nuevo Madri
d olía a un presente pasado.
Esperando por volver a leerte.