No discutieron a gritos.
La fractura llegó despacio, como llegan las cosas irreparables.
Tomás estaba cansado. Elena también. Cansados de medir palabras, de calcular riesgos, de vivir atentos a lo que no se decía. Una noche, la conversación se torció sin que ninguno lo buscara.
—Estamos demasiado expuestos —dijo Tomás—. No podemos seguir así.
—Así es como hemos seguido siempre —respondió Elena.
No hablaban del mismo “así”. Tomás pensaba en la tentación que seguía abierta, en la posibilidad de una vida menos vigilada. Elena pensaba en lo que ya habían visto, en lo que no podía volver a guardarse.
—No se trata de valentía —añadió él—. Se trata de sobrevivir.
Elena lo miró largo rato antes de responder.
—Sobrevivir sin memoria no es sobrevivir —dijo.
El silencio que siguió no fue reconciliador. Fue lúcido. Ambos comprendieron que estaban en el mismo lado, pero mirando el peligro desde ángulos distintos.
La fractura no los separó pero dejó una línea visible.
Y en una ciudad donde todo se vigilaba, incluso las grietas podían volverse peligrosas.
De modo que seguían, quizás, intentando mantener todo lo que les quedaba: dignidad, resistencia.
ResponderEliminarLectura provechosa, e inteligente.
Cae la tarde suavemente en mi tierra.