Más allá
del Bosque de la Memoria,
donde el musgo
aprende
el nombre
de las piedras,
existe
una biblioteca
que ningún rey
ha gobernado
jamás.
No fue levantada
por arquitectos.
La construyeron
los silencios
de los poetas,
las preguntas
de los niños,
los desvelos
de los sabios
y las lágrimas
de quienes
renunciaron
a un sueño
por amor.
Sus muros
no eran de piedra.
Estaban hechos
de páginas
que el viento
se negó
a dejar morir.
Las columnas
crecían
como troncos
de abedul,
y las bóvedas
parecían
tejidas
con constelaciones.
No había lámparas.
Cada libro
emitía
su propia luz.
Algunos
brillaban
como la aurora.
Otros
apenas
conservaban
una chispa,
esperando
que alguien
volviera
a abrirlos.
Allí
no dormían
las historias.
Dormían
los sueños.
El niño
que quiso
construir
un puente
hasta la luna.
La muchacha
que imaginó
un jardín
donde ninguna flor
conociera
el invierno.
El anciano
que soñó
un mundo
donde los hombres
recordaran
los nombres
de los árboles
antes
que los de las guerras.
Nada
se perdía.
Todo aquello
que un corazón
había imaginado
con pureza,
encontraba
refugio
entre aquellos estantes
infinitos.
La guardiana
de la biblioteca
no vestía
corona.
Llevaba
un manto
cosido
con fragmentos
de pergaminos
antiquísimos.
Su cabello
caía
como una cascada
de tinta
sobre sus hombros.
Y sus ojos
tenían
el color
de las velas
que aún permanecen
encendidas
cuando todos
han abandonado
el templo.
Cada noche
recorría
los pasillos
escuchando
los libros.
Porque los libros
también sueñan.
Y cuando uno
comenzaba
a apagarse,
ella
abría lentamente
sus páginas
y leía
en voz baja
el primer verso.
Bastaba eso.
El sueño
volvía
a respirar.
Una tarde,
llegó
la Muchacha
del Brote de Encina.
La guardiana
la esperaba.
Como si conociera
su llegada
desde hacía siglos.
—¿Qué buscas?
preguntó.
La joven
miró
los interminables
anaqueles.
—Quiero saber
si los sueños
mueren.
La anciana
tomó
un libro diminuto.
Tan pequeño
que cabía
en la palma
de una mano.
Lo abrió.
Sus páginas
estaban en blanco.
—¿Qué ves?
—Nada.
La guardiana
sonrió.
—Todavía no.
Este libro
pertenece
a un niño
que aún no ha nacido.
Cuando aprenda
a soñar,
las palabras
aparecerán.
La muchacha
cerró los ojos.
Comprendió
que el futuro
no era
una tierra desconocida.
Era una biblioteca
que todavía
seguía escribiéndose.
Entonces,
la guardiana
la condujo
hasta una puerta
de madera blanca.
No tenía cerradura.
Ni bisagras.
Solo una inscripción
grabada
con letras
que parecían
brotar
de la propia madera.
Decía:
“Todo sueño que nace del amor encuentra aquí su refugio. Todo sueño nacido de la soberbia se convierte, antes de llegar, en polvo.”
La Muchacha
apoyó
la mano
sobre la puerta.
Sintió
miles
de latidos.
No eran
corazones.
Eran sueños
esperando
su hora.
Cuando abandonó
la biblioteca,
el cielo
estaba cubierto
de estrellas.
Pero ella
ya no las miró
como quien contempla
luces lejanas.
Las miró
como quien reconoce
las ventanas
de una casa
a la que,
algún día,
todos
habremos
de regresar.
Y ningún sueño verdadero volvió a sentirse solo bajo el cielo del mundo.
Es tan encantador tu texto. Diría que se puede sentir, oler, vivir ahí..
ResponderEliminarLa biblioteca es la memoria que se considera el centro del mundo.
En realidad pienso que nada nos pertenece, es del mundo.
Melancólico y precioso..