En el extremo
más remoto
de la Biblioteca
de los Sueños Perdidos,
allí donde las lámparas
dejaban de alumbrar
y los libros
preferían callar,
existía
una puerta.
No era
la más grande.
Ni la más hermosa.
Era sencilla.
De madera antigua,
oscurecida
por siglos
de silencio.
No tenía cerrojo.
No tenía llave.
Solo un picaporte
de hierro
que jamás
había sentido
el calor
de una mano.
Los monjes
que copiaban
los códices del mundo
la conocían.
Los astrónomos
que aprendían
los nombres
de las estrellas
también.
Los reyes,
antes de ser coronados,
escuchaban
hablar de ella
en voz baja.
Pero nadie
preguntaba.
Porque existen
preguntas
que ya contienen
su propia respuesta.
Sobre el dintel,
el tiempo
había grabado
unas palabras.
Decían:
“No temas lo que hallarás tras esta puerta.
Teme abrirla
antes de haber aprendido
a cerrar los ojos.”
Muchos
intentaron cruzarla.
Algunos
movidos
por la ambición.
Otros,
por la desesperación.
Hubo sabios
que creyeron
encontrar allí
el origen
de todas las respuestas.
Y guerreros
que soñaron
con un poder
capaz de borrar
para siempre
la derrota.
Ninguno regresó
con aquello
que había ido
a buscar.
Porque la puerta
no conduce
a un lugar.
Conduce
a uno mismo.
Dicen
que el primero
en tocar el hierro
vio desfilar
todas las vidas
que habría podido vivir.
Y cayó
de rodillas,
incapaz
de soportar
el peso
de tantos caminos
abandonados.
Otro
contempló
cada palabra
que nunca
se atrevió
a pronunciar.
Y comprendió
que el silencio
también puede
convertirse
en destino.
Hubo quien vio
el rostro
del niño
que había sido.
Y lloró
porque descubrió
que el tiempo
no le había robado
la inocencia.
Había sido él
quien la dejó atrás.
Entonces llegó,
una vez más,
la Muchacha
del Brote de Encina.
La guardiana
de la Biblioteca
no intentó detenerla.
Solo inclinó
la cabeza,
como quien saluda
a una estación
que vuelve.
—¿Deseas abrirla?
preguntó.
La joven
apoyó
la palma
sobre la madera.
Sintió
latir
el universo.
Sintió
la voz
de los siete robles.
El rumor
del Bosque de la Memoria.
La canción
de la estrella
que había descendido
a la montaña.
El martillo
del herrero
forjando
la espada
con luz
de amanecer.
Y comprendió.
Retiró la mano.
Sonrió.
—No.
La guardiana
levantó
la mirada.
Por primera vez
en muchos siglos,
sus ojos
se llenaron
de alegría.
—¿Por qué?
La Muchacha
miró
la puerta,
como quien contempla
el mar
sin necesidad
de poseerlo.
Y respondió:
—Porque no todo misterio
ha sido creado
para ser resuelto.
Algunos
existen
para enseñarnos
la humildad
de seguir caminando.
Entonces ocurrió
el prodigio.
La puerta,
que jamás
había sido abierta,
se iluminó
desde dentro.
No se abrió.
No hacía falta.
La luz
atravesó
la madera
como el alba
atraviesa
la niebla.
Y por un instante,
todos los relojes,
todos los árboles,
todas las estrellas
y todos los libros
del mundo
latieron
al mismo compás.
Cuando la claridad
se apagó,
la inscripción
había cambiado.
Ahora decía:
“La última puerta
nunca se abre.
Desaparece
el día en que el viajero
comprende
que el verdadero camino
siempre continuaba
dentro de él.”
La Muchacha
abandonó
la Biblioteca.
No volvió
la vista atrás.
Sabía
que quien mira
demasiado tiempo
la puerta
olvida
el sendero.
Y el sendero,
como la vida,
solo existe
para quien
se atreve
a recorrerlo.
Y el misterio permaneció intacto, porque la sabiduría supo renunciar a la última respuesta.
Una vez más la sencillez de lo grande.
ResponderEliminarEl conocimiento desde dentro. . Creo que la puerta pueda ser la entrada al mundo.