Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

miércoles, 26 de agosto de 2026

La puerta que nunca debió abrirse

 En el extremo

más remoto

de la Biblioteca

de los Sueños Perdidos,

allí donde las lámparas

dejaban de alumbrar

y los libros

preferían callar,

existía

una puerta.

No era

la más grande.

Ni la más hermosa.

Era sencilla.

De madera antigua,

oscurecida

por siglos

de silencio.

No tenía cerrojo.

No tenía llave.

Solo un picaporte

de hierro

que jamás

había sentido

el calor

de una mano.

Los monjes

que copiaban

los códices del mundo

la conocían.

Los astrónomos

que aprendían

los nombres

de las estrellas

también.

Los reyes,

antes de ser coronados,

escuchaban

hablar de ella

en voz baja.

Pero nadie

preguntaba.

Porque existen

preguntas

que ya contienen

su propia respuesta.

Sobre el dintel,

el tiempo

había grabado

unas palabras.

Decían:

“No temas lo que hallarás tras esta puerta.

Teme abrirla

antes de haber aprendido

a cerrar los ojos.”

Muchos

intentaron cruzarla.

Algunos

movidos

por la ambición.

Otros,

por la desesperación.

Hubo sabios

que creyeron

encontrar allí

el origen

de todas las respuestas.

Y guerreros

que soñaron

con un poder

capaz de borrar

para siempre

la derrota.

Ninguno regresó

con aquello

que había ido

a buscar.

Porque la puerta

no conduce

a un lugar.

Conduce

a uno mismo.

Dicen

que el primero

en tocar el hierro

vio desfilar

todas las vidas

que habría podido vivir.

Y cayó

de rodillas,

incapaz

de soportar

el peso

de tantos caminos

abandonados.

Otro

contempló

cada palabra

que nunca

se atrevió

a pronunciar.

Y comprendió

que el silencio

también puede

convertirse

en destino.

Hubo quien vio

el rostro

del niño

que había sido.

Y lloró

porque descubrió

que el tiempo

no le había robado

la inocencia.

Había sido él

quien la dejó atrás.

Entonces llegó,

una vez más,

la Muchacha

del Brote de Encina.

La guardiana

de la Biblioteca

no intentó detenerla.

Solo inclinó

la cabeza,

como quien saluda

a una estación

que vuelve.

—¿Deseas abrirla?

preguntó.

La joven

apoyó

la palma

sobre la madera.

Sintió

latir

el universo.

Sintió

la voz

de los siete robles.

El rumor

del Bosque de la Memoria.

La canción

de la estrella

que había descendido

a la montaña.

El martillo

del herrero

forjando

la espada

con luz

de amanecer.

Y comprendió.

Retiró la mano.

Sonrió.

—No.

La guardiana

levantó

la mirada.

Por primera vez

en muchos siglos,

sus ojos

se llenaron

de alegría.

—¿Por qué?

La Muchacha

miró

la puerta,

como quien contempla

el mar

sin necesidad

de poseerlo.

Y respondió:

—Porque no todo misterio

ha sido creado

para ser resuelto.

Algunos

existen

para enseñarnos

la humildad

de seguir caminando.

Entonces ocurrió

el prodigio.

La puerta,

que jamás

había sido abierta,

se iluminó

desde dentro.

No se abrió.

No hacía falta.

La luz

atravesó

la madera

como el alba

atraviesa

la niebla.

Y por un instante,

todos los relojes,

todos los árboles,

todas las estrellas

y todos los libros

del mundo

latieron

al mismo compás.

Cuando la claridad

se apagó,

la inscripción

había cambiado.

Ahora decía:

“La última puerta

nunca se abre.

Desaparece

el día en que el viajero

comprende

que el verdadero camino

siempre continuaba

dentro de él.”

La Muchacha

abandonó

la Biblioteca.

No volvió

la vista atrás.

Sabía

que quien mira

demasiado tiempo

la puerta

olvida

el sendero.

Y el sendero,

como la vida,

solo existe

para quien

se atreve

a recorrerlo.


Y el misterio permaneció intacto, porque la sabiduría supo renunciar a la última respuesta.


1 comentario:

  1. Una vez más la sencillez de lo grande.

    El conocimiento desde dentro. . Creo que la puerta pueda ser la entrada al mundo.

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