Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

viernes, 25 de septiembre de 2026

La sombra sobre las dos tierras XI

 El río corría oscuro bajo la luz de la luna. Desde la loma, Martín apenas distinguía el cauce entre los juncos y las sombras de los árboles. Aixa caminaba unos pasos por delante, sujetando contra el pecho el pequeño paquete de documentos que habían conseguido sacar del archivo. Samuel y Yusef avanzaban detrás de ellos, hablando en voz baja.

—¿Estás segura de que este es el lugar? —preguntó Martín.

Aixa se detuvo.

—No estoy segura de nada. Mi familia conservó durante generaciones una copia del pacto, pero también conservó muchas cosas que nunca comprendimos. Entre ellas estaba esa frase: «Busca donde termina el camino del río». Mi padre pensaba que hablaba de un lugar. Yo creo que hablaba de una persona.

Martín miró hacia el cauce.

—¿Una persona?

—Alguien que desapareció.

Samuel levantó la cabeza.

—Entonces quizá ya sabemos quién.

Aixa lo miró.

—¿El padre de Martín?

Samuel no respondió inmediatamente. Observó el río y después el camino que descendía hacia la orilla.

—Tu padre conocía este lugar —dijo al fin—. Hace doce años me preguntó por un hombre que vivía aquí antes de que yo llegara a Toledo.

Martín se volvió hacia él.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Porque no sabía si aquel hombre seguía vivo. Y porque tu padre me pidió que no pronunciara su nombre.

—¿Cómo se llamaba?

Samuel bajó la voz.

—No lo sé. Solo conocía el nombre con el que se hacía llamar entonces: Elías.

Continuaron descendiendo hasta llegar a una pequeña construcción de piedra abandonada. No parecía una casa. Tenía una sola estancia, un tejado parcialmente hundido y una puerta de madera carcomida. A su alrededor crecían zarzas y hierbas altas.

Yusef se acercó a la pared.

—Aquí hay algo.

Retiró unas ramas y apareció grabado en la piedra el mismo símbolo de las tres líneas cruzadas.

Martín sintió un nudo en el estómago.

—Es el mismo.

—Y no está hecho recientemente —dijo Yusef—. La piedra ha envejecido alrededor de la marca.

Aixa pasó los dedos sobre ella.

—Entonces tu padre estuvo aquí.

—O alguien que conocía el mismo secreto —respondió Samuel.

La puerta cedió con un leve empujón. Dentro solo había una mesa rota, una silla y restos de paja. Martín recorrió la estancia con la mirada, decepcionado.

—No hay nada.

Aixa se agachó junto a la pared del fondo.

—Sí lo hay.

Había encontrado una pequeña abertura entre dos piedras. Samuel retiró una de ellas y apareció un hueco estrecho. Dentro había un trozo de tela, una moneda antigua y una tablilla de madera cubierta de polvo.

Martín tomó la tablilla.

En ella solo había una frase:

«El que perdió sus raíces sigue esperando junto al agua.»

Martín levantó la mirada.

—Mi padre.

Samuel negó lentamente con la cabeza.

—Tal vez.

—¿Qué quieres decir con tal vez?

—Que tu padre pudo haber venido buscando a ese hombre. No sabemos si lo encontró.

Un ruido en el exterior los hizo callar.

Todos quedaron inmóviles.

Alguien caminaba por el sendero.

Aixa apagó la pequeña lámpara y Samuel hizo una señal para que nadie se moviera. Los pasos se acercaron a la casa y se detuvieron al otro lado de la puerta.

Martín sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

La puerta se abrió.

Rodrigo de Lara apareció en el umbral.

Durante unos segundos ninguno habló.

Rodrigo llevaba el rostro cansado y la espada al cinto. Miró primero a Martín y después a Samuel, como si comprobara que había llegado al lugar correcto.

—No he venido a entregaros —dijo.

Samuel soltó el aire lentamente.

—Eso está empezando a convertirse en una costumbre.

Rodrigo no sonrió.

—Los hombres que os siguen ya están cerca.

Martín dio un paso hacia él.

—¿Quiénes son?

—No lo sé con certeza. Pero llevan el mismo símbolo que habéis encontrado aquí.

Aixa se acercó.

—¿Y cómo sabes dónde estamos?

Rodrigo sacó de su jubón un pequeño fragmento de pergamino.

—Porque mi padre dejó esto entre sus cosas.

Martín lo tomó.

Solo había tres palabras:

«Río. Casa. Elías.»

Martín miró a Rodrigo.

—Tu padre también lo conocía.

—Eso es lo que intento averiguar.

Por primera vez, Rodrigo pareció abandonar la seguridad que acostumbraba mostrar.

—Durante años pensé que mi padre había servido al rey por lealtad. Ahora empiezo a comprender que algunas de sus órdenes procedían de mucho antes. Antes incluso de que yo naciera.

Samuel observó el pergamino.

—Entonces nuestros padres siguieron el mismo camino.

—O huyeron del mismo hombre —respondió Rodrigo.

Un sonido llegó desde el exterior.

Esta vez fueron varios pasos.

Rodrigo se acercó a la ventana rota.

—Ya están aquí.

Yusef señaló una pequeña abertura en el suelo.

—Hay otro camino.

Entre las piedras apareció una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad. Martín miró a Aixa.

—¿Cuántos secretos puede esconder una sola casa?

—Los suficientes para que alguien esté dispuesto a matar por ellos —respondió ella.

Bajaron.

El pasadizo era antiguo y húmedo. En algunos puntos las paredes mostraban restos de ladrillo y piedra de distintas épocas. Después de unos minutos llegaron a una cámara pequeña. Allí encontraron una lámpara apagada, varios recipientes vacíos y, sobre una mesa, una hoja de pergamino.

Martín la reconoció inmediatamente.

Era la letra de su padre.

La tomó con manos temblorosas.

«Martín: si alguna vez lees esto, significa que ya no puedo volver a buscarte. No confíes en quien te diga que el pacto terminó con la muerte de los tres hombres. El pacto sobrevivió porque alguien decidió cargar con la culpa de los demás. Busca al hombre que perdió su nombre. Él te dirá quién fue realmente tu padre.»

Martín terminó de leer y permaneció inmóvil.

Rodrigo se acercó.

—¿Qué dice?

Martín levantó los ojos.

—Que mi padre sabía que algún día llegaría hasta aquí.

Aixa miró el pergamino.

—Y también dice que busques a un hombre que perdió su nombre.

Samuel cerró los ojos.

—Entonces Elías no era su verdadero nombre.

Desde el fondo de la cámara llegó un sonido.

Un golpe.

Todos se volvieron.

Otro golpe.

Después, una voz apagada.

—No sigáis buscando.

Martín dio un paso hacia la oscuridad.

—¿Quién eres?

La respuesta tardó unos segundos.

—Alguien que conoció a vuestro padre.

Rodrigo desenvainó la espada.

La voz volvió a escucharse:

—Y alguien que conoció a los tres hombres de 1054.

Samuel palideció.

—Eso es imposible.

Una figura apareció lentamente al otro lado de la cámara.

Era un anciano apoyado en un bastón. Su rostro estaba surcado de arrugas y llevaba una capa sencilla, húmeda por la noche. Miró primero a Samuel, después a Rodrigo y finalmente a Martín.

Cuando sus ojos se encontraron con los de este último, el anciano dejó escapar un suspiro.

—Has tardado mucho en llegar.

Martín dio un paso atrás.

—¿Conociste a mi padre?

El anciano asintió.

—Conocí al hombre que era antes de que descubriera la verdad.

—¿Qué verdad?

El anciano miró el pergamino que Martín sostenía.

—Que su familia estaba relacionada con el pacto desde el principio.

Rodrigo apretó la empuñadura de la espada.

—¿Y la mía?

El anciano lo observó largamente.

—La tuya también.

Fuera, sobre la casa abandonada, comenzaron a escucharse voces.

El anciano levantó la cabeza.

—Ya han encontrado la entrada.

Aixa se acercó a Martín.

—Tenemos que irnos.

Pero el anciano negó con la cabeza.

—Ahora ya no.

Miró hacia el pasadizo por el que habían llegado.

—Porque los hombres que vienen detrás de vosotros no buscan el manuscrito.

Hizo una pausa.

—Buscan a quien lo escribió.

Martín sintió que el frío le recorría la espalda.

—¿Quién lo escribió?

El anciano apretó el bastón entre sus manos.

—Eso es precisamente lo que vuestro padre intentaba descubrir cuando desapareció.

El silencio volvió a llenar la cámara.

Martín bajó lentamente el pergamino.

Por primera vez comprendió que la desaparición de su padre quizá no había sido el principio de aquella historia.

Había sido el último movimiento de una historia que llevaba treinta años esperando para volver a comenzar.


1 comentario:

  1. Vaya, la incertidumbre siempre. Ya se conocen todos.
    Pero no puedo descubrir lo de los treinta años atrás, 1054.
    Secretos, pactos, promesas.

    ResponderEliminar