La ciudad despertaba lentamente cuando llegaron a las primeras casas de Toledo. Los vendedores comenzaban a abrir sus puestos y por las calles estrechas se mezclaban las voces de quienes regresaban del trabajo con las de aquellos que apenas habían terminado su jornada nocturna. Nadie parecía prestar atención a los cinco viajeros que avanzaban con el cansancio de quienes habían pasado la noche huyendo.
Para Martín, sin embargo, la ciudad había cambiado.
Las mismas calles que había recorrido tantas veces parecían guardar ahora una segunda historia bajo las piedras. Una historia que había existido antes que él y que continuaba desarrollándose sin que la mayoría de sus habitantes sospechara nada.
Aixa caminaba a su lado.
—¿Qué piensas?
—Que conozco Toledo desde niño y, sin embargo, no conozco nada.
—Eso le ocurre a casi todo el mundo.
Samuel, que caminaba detrás de ellos, intervino:
—Una ciudad puede esconder mejor un secreto que cualquier hombre.
Elías avanzaba con dificultad. Rodrigo le había ofrecido apoyo, pero el anciano lo había rechazado.
—Tenemos que llegar al barrio de los escribas —dijo.
Yusef lo miró sorprendido.
—¿Al archivo?
—No. A una casa.
—¿De quién?
Elías se detuvo.
—De un hombre que murió hace nueve años.
Samuel frunció el ceño.
—¿Cómo puede ayudarnos alguien que lleva nueve años muerto?
—Porque dejó algo que los vivos todavía no han encontrado.
Continuaron hasta llegar a una calle estrecha, alejada del mercado. Yusef reconoció la fachada de una pequeña casa de piedra.
—Aquí vivía Ibrahim al-Katib.
—¿Lo conocías? —preguntó Martín.
—De oídas. Era copista y traductor. Trabajaba para varias familias importantes.
Elías se acercó a la puerta.
—Y también trabajó para tu padre.
Martín sintió que la sangre le subía al rostro.
—¿Cuántas personas conocían a mi padre?
—Más de las que imaginas.
La puerta estaba cerrada.
Yusef examinó el marco.
—Hay una marca.
En la madera aparecía el símbolo de las tres líneas cruzadas.
Rodrigo desenvainó la daga y levantó una pequeña pieza del marco.
Debajo apareció un hueco.
Dentro había una llave.
Martín la tomó.
Era pequeña y antigua.
Elías la observó.
—Esa llave abre la casa.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque fui yo quien la escondió.
Samuel lo miró fijamente.
—¿Cuándo?
—Hace treinta años.
Nadie dijo nada.
La llave giró con dificultad.
Dentro encontraron una estancia cubierta de polvo. Había estanterías vacías, una mesa y numerosos documentos esparcidos por el suelo.
Yusef se arrodilló.
—Alguien ha estado aquí.
Rodrigo señaló las huellas.
—Y no hace mucho.
Aixa se acercó a una pared.
—Hay una inscripción.
Había varias palabras escritas en árabe.
Yusef las tradujo:
—«Lo que se borra de un libro puede permanecer en una piedra».
Martín miró alrededor.
—¿Qué buscamos?
Elías señaló una pequeña hornacina.
—Un libro.
Samuel soltó una breve risa.
—Eso reduce bastante nuestra búsqueda.
—No es un libro cualquiera.
Elías avanzó hasta la hornacina y retiró una piedra.
Detrás había un volumen encuadernado en cuero oscuro.
Martín lo tomó.
La cubierta no llevaba título.
Solo el símbolo de las tres líneas.
Samuel abrió la primera página.
Había tres columnas.
Una en latín.
Otra en árabe.
Otra en hebreo.
Y debajo de cada una aparecía una lista de nombres.
Martín recorrió las líneas.
—Son las familias.
Aixa se inclinó sobre el libro.
—Sí.
Samuel pasó varias páginas.
—Aquí están las que fueron protegidas.
—¿Y las otras? —preguntó Rodrigo.
Samuel continuó.
—Aquí están los nombres que desaparecieron.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Desaparecieron?
—Familias que fueron expulsadas, asesinadas o simplemente dejaron de aparecer en los registros.
Elías cerró los ojos.
—La lista completa nunca llegó a conservarse.
Martín señaló una página.
—Esta sí.
Había una anotación escrita con tinta diferente.
«El cuarto eligió a los que debían sobrevivir.»
Aixa levantó la cabeza.
—Entonces el cuarto hombre no solo guardó el secreto.
—No —dijo Elías—. Tomó decisiones.
Rodrigo miró al anciano.
—¿Quién era?
Elías no respondió.
Martín pasó otra página.
En el margen aparecía una inicial.
E.
Debajo, una frase:
«El nombre que buscáis no pertenece a un hombre, sino a una casa.»
Samuel frunció el ceño.
—¿Una casa?
Yusef tomó el libro.
—Podría significar una familia.
Rodrigo miró a Martín.
—Los Valcárcel.
Elías negó.
—No.
Todos lo miraron.
—Entonces ¿qué casa?
El anciano señaló una línea casi borrada.
—Esa.
Yusef acercó el libro a la ventana para aprovechar la luz.
Leyó lentamente.
—«Casa de los Olmos».
Martín no reconoció el nombre.
Samuel sí.
—Los Olmos desaparecieron de Toledo hace décadas.
—No todos —respondió Elías.
Señaló el último nombre de la lista.
Martín lo leyó.
Gabriel de los Olmos.
El silencio fue inmediato.
Aixa fue la primera en reaccionar.
—Gabriel.
Martín levantó la cabeza.
—El mismo Gabriel.
Rodrigo apretó los dientes.
—Entonces él sabía mucho más de lo que nos dijo.
Elías negó lentamente.
—Gabriel no es el cuarto hombre.
Martín lo miró.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque cuando el cuarto hombre desapareció, Gabriel todavía no había nacido.
Martín volvió a mirar el nombre.
—Entonces ¿qué relación tiene con él?
Elías guardó silencio.
Desde la calle llegó el sonido de unos cascos.
Rodrigo se acercó a la ventana.
Varios jinetes acababan de detenerse frente a la casa.
—Nos han seguido.
Samuel cerró el libro.
—¿Los mismos hombres?
Rodrigo observó sus ropas.
—Algunos.
Aixa miró a Elías.
—¿Hay otra salida?
—Sí.
—¿Dónde?
El anciano señaló el suelo.
—Debajo de la mesa.
Yusef levantó la mesa y descubrió una trampilla.
Mientras Rodrigo se preparaba para contener a los hombres que entraban en la casa, Martín guardó el libro bajo su túnica.
Antes de bajar, miró una última vez la página.
El nombre de Gabriel seguía allí.
Y debajo, casi invisible, había otra anotación que ninguno de ellos había visto.
Martín acercó la página a la luz.
La tinta era vieja.
La frase decía:
«Cuando el hijo de la llave encuentre al hijo del cuarto, la verdad dejará de pertenecer a los muertos.»
Martín sintió que el significado de aquellas palabras aún se le escapaba.
Pero una cosa estaba clara.
Gabriel no había aparecido por casualidad.
Y alguien, mucho antes de que Martín naciera, había previsto que algún día los dos terminarían encontrándose.
Excelente siempre.
ResponderEliminarPero quienes eran los que dejaban vivir o los que asesinaban.
Las tres líneas.
Hay muchos interrogantes.
Cierto. Se despejarán las dudas. Tiempo al tiempo😘😘😘
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