La primera hoja tembló entre las manos de Martín, aunque no era el frío lo que le hacía estremecerse. Había reconocido la letra antes incluso de terminar de leer la primera línea. Había visto aquellos trazos cientos de veces durante su infancia, en las cuentas del taller, en las notas que su padre dejaba junto al fuego y en las instrucciones que escribía cuando tenía que ausentarse durante varios días. Aquella misma inclinación de las letras, aquella manera de prolongar las últimas palabras y aquella firma apenas dibujada al final de cada página no podían pertenecer a otro hombre.
—Es su letra —dijo.
Gabriel permaneció junto a la entrada de la cámara, vigilando el túnel por el que habían llegado, mientras Rodrigo se acercaba a Martín y Samuel le hacía un gesto para que continuara. El pergamino estaba doblado en cuatro partes y, a diferencia de los documentos que habían encontrado anteriormente, no parecía demasiado antiguo. Había sido escrito muchos años después del pacto de 1054.
Martín deshizo el primer pliegue.
—«Hijo, si lees esto, significa que has encontrado la primera hoja antes de que ellos encuentren las demás».
Se detuvo unos instantes. Aquellas palabras le produjeron una sensación difícil de explicar. Su padre no había escrito aquello para cualquiera. Había dejado un mensaje pensando precisamente en él.
Continuó leyendo:
—«Durante mucho tiempo creí que buscábamos un nombre. Me equivoqué. Buscábamos una verdad que había sido dividida para que ningún hombre pudiera utilizarla entera».
Elías cerró los ojos lentamente.
—Eso confirma lo que sospechábamos.
Martín siguió con la lectura.
—«Las seis hojas fueron separadas por una razón. La primera cuenta por qué nació el pacto. La segunda contiene los nombres de quienes fueron protegidos. La tercera explica la traición. La cuarta demuestra que la historia transmitida después fue alterada. La quinta guarda la sucesión de los guardianes. La sexta contiene el nombre que todos buscan».
Samuel inclinó la cabeza mientras Rodrigo miraba la inscripción que habían encontrado en la caja.
—Entonces era literal —dijo Samuel—. Una hoja guarda el nombre y cinco guardan la verdad.
—Pero hay algo que debes comprender antes de buscar la sexta —continuó Martín—. «El nombre que contiene puede ser verdadero, falso o incompleto. Quien lo lea sin conocer las otras cinco podrá convertir una acusación en una sentencia».
Gabriel dirigió la mirada hacia Elías.
—Por eso dividieron el manuscrito.
—Por eso —respondió el anciano—. El pacto no pretendía ocultar la verdad. Pretendía impedir que la verdad se convirtiera en un arma.
Martín bajó el pergamino.
—¿Y por qué mi padre sabía todo esto?
Elías tardó unos segundos en responder.
—Porque vino a verme.
—Eso ya me lo dijiste.
—Te dije que vino a verme. No te dije todo lo que me contó.
Martín apretó la mandíbula.
—Pues ahora quiero saberlo.
El anciano sostuvo su mirada antes de responder.
—Tu padre había encontrado una de las hojas.
El silencio se hizo más profundo en la cámara.
—¿Cuál?
—La cuarta.
Martín sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
—¿La que demuestra que la historia fue alterada?
—Sí.
Samuel se incorporó ligeramente.
—¿Y qué descubrió?
Elías dirigió la mirada hacia la entrada del túnel antes de contestar.
—Descubrió que el hombre señalado durante generaciones como traidor quizá no fue quien entregó los nombres.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Quizá?
—Eso fue lo que dijo tu padre. No quiso sacar conclusiones hasta reunir las seis hojas.
Martín volvió a mirar el pergamino. Todavía quedaban varias líneas.
—«Hijo, si has llegado hasta aquí, no confíes en quien te entregue un nombre antes de entregarte la historia».
Samuel intercambió una mirada con Rodrigo.
Debajo aparecía otra frase:
—«Hay hombres que han pasado generaciones buscando vengarse de una familia cuando quizá deberían estar buscando al hombre que manipuló su memoria».
Rodrigo permaneció inmóvil. Aquellas palabras afectaban directamente a los Valcárcel.
—Entonces ellos también pudieron ser engañados —dijo.
—Algunos —respondió Samuel—. Otros pudieron beneficiarse del engaño.
Elías negó lentamente con la cabeza.
—No debemos confundir una cosa con la otra. La culpa de un hombre no se hereda por la sangre.
Martín dobló ligeramente el pergamino.
—Quiero saber dónde está la cuarta hoja.
—Tu padre no la llevaba consigo cuando se marchó.
—¿Dónde la dejó?
Elías respiró profundamente.
—Con alguien.
—¿Con quién?
El anciano vaciló antes de responder.
—Con un hombre de los Valcárcel.
Rodrigo levantó la cabeza.
—¿Uno de ellos?
—Uno de los descendientes de aquellos que custodiaron el pacto. Ya hemos descubierto que los Valcárcel no nacieron como enemigos de la memoria. Uno de sus antepasados fue custodio.
—¿Y qué ocurrió después?
—Con el tiempo confundieron custodiar con poseer.
Martín guardó la primera hoja bajo la túnica.
—Entonces tenemos tres caminos. Primero, encontrar al hombre que recibió la cuarta hoja de mi padre. Segundo, averiguar dónde están la segunda y la tercera. Y tercero, descubrir quién posee la sexta.
Rodrigo asintió.
—Tres caminos que conducen al mismo lugar.
—A la verdad —dijo Martín.
Elías lo miró con gravedad.
—A la verdad, sí. Pero también a un peligro.
Señaló hacia el pasadizo.
—Los hombres que nos siguieron ya saben que estamos aquí.
Gabriel se acercó a la entrada y permaneció unos instantes en silencio, escuchando. Al principio solo se percibía el rumor lejano del viento. Después llegó hasta ellos un sonido apagado y regular que se hizo cada vez más reconocible.
Caballos.
Rodrigo desenvainó lentamente la espada.
—Han encontrado el camino.
Samuel recogió los documentos y los guardó bajo su manto.
—Entonces debemos marcharnos.
Martín permaneció unos instantes mirando la carta. Al hacerlo, descubrió que en la parte inferior había unas líneas que no había leído todavía. Acercó el pergamino a la luz.
—«Hijo, si algún día encuentras mi letra, no busques mi tumba».
Levantó la vista, sorprendido, y continuó:
—«Busca el lugar donde termina el camino del norte».
Elías palideció.
Gabriel lo observó.
—¿Qué ocurre?
El anciano miró a Martín con una expresión que mezclaba temor y reconocimiento.
—Ahora sabemos por qué tu padre tomó este camino.
Rodrigo se acercó.
—¿Qué hay al final del camino del norte?
Elías tardó en responder.
—Una antigua casa de paso.
—¿De quién?
—De los guardianes.
El ruido de los caballos volvió a escucharse en el exterior y esta vez estaba mucho más cerca. Martín guardó la carta bajo la túnica y miró a los demás. Por primera vez desde que había comenzado a buscar a su padre, sintió que el miedo dejaba espacio a algo distinto: la esperanza.
Su padre podía estar muerto. Podía haber desaparecido para siempre. Sin embargo, aquella carta demostraba algo que nadie había podido demostrarle hasta entonces: tres años atrás había seguido buscando la verdad y había dejado tras de sí un camino preparado para que algún día su hijo pudiera recorrerlo.
Los cinco abandonaron la cámara por el pasadizo contrario. Cuando salieron al exterior, la noche había cubierto por completo el valle. El aire era frío y el cielo estaba despejado. A lo lejos, sobre una loma, aparecieron tres pequeñas luces que brillaban en medio de la oscuridad.
Gabriel las señaló.
—¿Las veis?
Elías permaneció inmóvil observándolas.
—No son los hombres que nos persiguen.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Gabriel.
El anciano respondió en voz baja:
—Porque los guardianes nunca utilizaban más de tres luces.
Martín miró hacia la loma. Durante unos instantes nadie dijo nada. Tres luces en la oscuridad recordaban las tres lenguas del pacto, los tres hombres que lo habían sellado y una memoria que había sobrevivido durante generaciones. Ahora aquellas luces parecían señalarles un camino.
Martín comenzó a caminar hacia el norte.
Ya no iba únicamente detrás de la memoria de su padre. Por primera vez tenía la certeza de que aquella memoria también había dejado algo para él. Y mientras los demás lo seguían en silencio, en algún lugar más allá de aquellas montañas alguien parecía estar esperando su llegada.
La memoria, las tres lenguas , el pacto. Los guardianes.
ResponderEliminarLas seis hojas.
Y creo que La verdad es por lo que todas las generaciones han querido buscar.
La memoria es como el tronco de un árbol, ahí se guarda el tiempo.