Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

lunes, 5 de octubre de 2026

La sombra sobre las dos tierras XIX

 El camino hacia el norte se extendía entre campos todavía cubiertos por la humedad de la madrugada. Toledo había quedado atrás, oculta por una ligera niebla que se levantaba sobre el Tajo.

Martín caminaba junto a Gabriel. Ninguno había hablado durante un buen trecho.

La carta de su padre pesaba en la bolsa que llevaba bajo el manto.

Cada vez que pensaba en aquellas palabras, la misma pregunta regresaba a su mente.

¿Dónde estaba su padre?

—¿Crees que sigue vivo? —preguntó Gabriel.

Martín tardó en responder.

—Hasta hace poco no sabía qué creer. Ahora tengo una razón para buscarlo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Gabriel asintió.

—Mi padre también desapareció dejando más preguntas que respuestas.

Rodrigo, que caminaba delante de ellos, intervino:

—Quizá esa sea la herencia que nos dejaron.

—¿La incertidumbre? —preguntó Gabriel.

—La obligación de descubrir qué hicieron.

Martín miró a Rodrigo.

—Tu padre también estaba relacionado con el pacto.

Rodrigo bajó la mirada.

—Eso parece.

—¿Y no sabes qué hizo?

—Sé que conocía el símbolo. Sé que recibió documentos de su propio padre. Y sé que, poco antes de morir, me dijo que algunas verdades podían destruir una familia si se descubrían demasiado pronto.

Gabriel lo observó.

—Quizá intentaba protegerte.

—O quizá intentaba protegerse él.

Continuaron avanzando.

A media mañana llegaron a una pequeña aldea. Había pocas casas y una iglesia de piedra junto a un camino que descendía hacia el río. En una de las fachadas, Martín descubrió una marca grabada en la madera.

Tres líneas cruzadas.

Se detuvo.

—Aquí también.

Samuel se acercó.

—Es demasiado parecida a la de la hospedería para ser casualidad.

Aixa examinó la puerta.

—La madera es reciente. La marca fue grabada hace pocos años.

Elías permaneció unos pasos atrás.

—Entonces alguien ha vuelto a utilizar este lugar.

—¿Quién? —preguntó Martín.

El anciano no respondió.

Rodrigo empujó la puerta.

Dentro había una estancia vacía, una mesa y un pequeño hogar apagado. Sobre la mesa encontraron restos de cera y un trozo de pergamino.

Samuel lo recogió.

—Alguien estuvo aquí recientemente.

Aixa observó las cenizas.

—Y se marchó deprisa.

Martín se acercó a la pared del fondo. Había una inscripción casi invisible.

—Aquí hay algo.

La limpiaron con un paño.

Aparecieron seis pequeñas marcas, colocadas en forma de círculo.

—Las seis hojas —dijo Samuel.

Elías se acercó lentamente.

—No.

Todos lo miraron.

—Son las seis custodias.

—¿Qué diferencia hay? —preguntó Martín.

—Las hojas podían cambiar de manos. Las custodias eran las personas encargadas de protegerlas. Seis familias. Seis lugares. Cada una conocía solamente la parte de la historia que debía conservar.

Aixa comprendió.

—Por eso nadie podía reconstruir el manuscrito completo.

—Exactamente.

Samuel señaló una de las marcas.

—¿Y esta?

Elías palideció.

—Esa pertenece a la sexta custodia.

—¿La del norte?

El anciano asintió.

—La última persona que recibió la hoja más peligrosa.

Martín se acercó.

—¿Quién era?

Elías guardó silencio.

—Tienes que decírmelo.

—No puedo.

Martín lo miró con dureza.

—Mi padre puede estar siguiendo su rastro. Si esa persona sabe dónde está, tenemos derecho a conocer su nombre.

Elías cerró los ojos.

—Se llamaba Martín de Valcárcel.

El silencio cayó sobre la habitación.

Rodrigo fue el primero en reaccionar.

—¿Valcárcel?

—Sí.

Gabriel retrocedió.

—Entonces la familia que lleva generaciones buscando el manuscrito…

—Desciende de uno de los antiguos custodios —terminó Samuel.

Aixa miró a Elías.

—Eso cambia todo.

—Por eso los Valcárcel conocen tantas pistas —respondió el anciano—. Durante generaciones conservaron fragmentos de información sobre el manuscrito. Pero con el paso del tiempo olvidaron una cosa fundamental: sus antepasados no recibieron el documento para poseerlo. Lo recibieron para protegerlo.

Rodrigo apretó los puños.

—Y ahora quieren recuperarlo.

—Algunos de ellos, sí.

Martín permaneció inmóvil.

—¿Quién es el actual representante de los Valcárcel?

Elías negó con la cabeza.

—No conozco su nombre.

—Pero sabes que existe.

—Sí.

—Entonces tendremos que encontrarlo.

Antes de que nadie pudiera responder, escucharon cascos en el exterior.

Rodrigo se acercó a la ventana.

—Cuatro jinetes.

—¿Valcárcel? —preguntó Gabriel.

Rodrigo observó los estandartes.

—No llevan emblemas.

Aixa apagó la lámpara.

—Entonces pueden ser peores.

Los jinetes se detuvieron frente a la casa.

Uno desmontó.

Golpeó la puerta.

Nadie respondió.

El hombre volvió a llamar.

—Sabemos que estáis dentro.

Martín miró a Elías.

El anciano señaló una trampilla situada bajo la mesa.

—Hay un sótano.

Rodrigo levantó la tapa.

—¿Y adónde conduce?

—Al río.

Comenzaron a descender.

Martín fue el último. Antes de cerrar la trampilla, escuchó cómo la puerta principal empezaba a ceder.

Bajó.

La oscuridad los envolvió.

Avanzaron por un túnel estrecho hasta que el ruido de los perseguidores quedó lejos.

Entonces encontraron una cámara excavada en la roca.

En el centro había un pedestal.

Sobre él descansaba una caja pequeña.

Martín se acercó.

En la tapa aparecía el símbolo de las tres líneas cruzadas.

Y debajo, seis palabras:

«Una hoja guarda el nombre. Cinco guardan la verdad.»

Samuel respiró profundamente.

—Ahora sabemos por qué dividieron el manuscrito.

Martín tocó la caja.

—¿Qué hay dentro?

Elías lo miró.

—La respuesta a la pregunta que llevamos buscando desde que comenzó todo.

—¿Cuál?

El anciano respondió:

—Quién decidió que uno de los tres debía cargar con la culpa de los demás.

Martín levantó la tapa.

Dentro había una sola hoja.

No era la sexta.

Era la primera.

Y en el margen inferior, escrito con una letra que Martín reconoció inmediatamente, aparecían cuatro palabras:

«Hijo, si lees esto…»

Martín dejó de respirar durante unos segundos.


Era la letra de su padre.


1 comentario:

  1. El misterio sigue.
    El padre de Martín está cerca, o eso pienso.
    Pero ahora aparecen esas hojas,.
    Siguen siendo perseguidos.
    Me veo en la necesidad de esperar la próxima entrega.

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