Es el silencio una ruina
Que reconcome el solsticio de invierno
Cuando se apaga la luz
Y no nos queda remedio
Una brecha que abre
La solicitud del tiempo
Ese que queda a remilgos
Que empuja un oscuro secreto
A contracorriente de
la luna
Es el silencio una ruina
Que reconcome el solsticio de invierno
Cuando se apaga la luz
Y no nos queda remedio
Una brecha que abre
La solicitud del tiempo
Ese que queda a remilgos
Que empuja un oscuro secreto
A contracorriente de
la luna
Es presunto el infinito
Que obliga al infierno
Indudablemente.
Una magnitud trascendente
Es inocuidad inherente.
Un extremo de luz y de sombra,
Es la esencia y querencia
De la representación palpable,
De los contrarios esenciales.
Un inevitable y erróneo
Sentido de la dualidad,
Una falsa perspectiva
De la realidad vigente.
Las consecuencias son
De dimensiones incalculables
Será un conflicto mundial
Por la desestabilización
De una deidad aceptada.
Llámese Dios o democracias libres
Llámese Mahoma o la puñetera Otan.
Fue Vietnam un paraíso?
Se congela la casa con su silencio
Dibujado con las manos,
A veces parece que no fuimos nada
Con ese estómago de hierro
En las afueras de dios;
Las cenizas y el calor de sus miradas,
En yugos de plata fueron grabadas.
Al fuego del ardor de sus abrazos
Una alfombra quedará por siempre
Para que pise blandito en esa luna de abril.
Luna que llena el horizonte, mi horizonte
Asustando con su aullido de lobo
Al mismísimo Satanás .
Que no, que no todos los poemas nos hablan de amor;
ni tu ni yo, ni todas las luces del infierno podrán parar el frío
que la mañana depara en el fondo del abismo.
Es la vida una razón que aleja el pensamiento sincero del alma,
sincero y sin infinito ¿por nada?
Yo te contesto que no. Que al oír la canción
de aquel sauce llorón que en el reflejo del agua
parece que baila, nos encontramos nosotros dos,
dando la vida sin saber adónde va a parar
la eterna soledad, querida soledad.
Cruzar la tempestad que brama
sin querer mover las manecillas de un reloj
que se rompió buscando la estrella fugaz,
no quita la ilusión del espejo
que emana un reflejo entre mi espalda y la pared.
Esperando a que llegue el destierro
De la imagen del espejo
Cubierto con miedo
Con una manta hecha de jirones,
De terrones se desmorona la piel.
He rogado al dios del querer
Una última vez,
Una cena postrera
En la leonera que será mi funeral.
Deja encendido el candil
Por si se despierta
El árbol caído.
De este polvo a las andadas
Dando patadas a cualquier corazón
Se asemeja repleta de lodo
A cualquier mirada infeliz.
Por la cura de licor
Y ese humo enriquecido con flor
De un pulmón tan renegrido
Como azabache es la tristeza
Queriendo en el silencio naufragar
Viendo arder al tiempo.
Es mi cabeza una jaula
Donde moran los grillos
Justo antes de cada atardecer
El run run en ciernes
Acerca un vendaval.
Es el deseo
La fiebre de la raiz
Sonido de badajo viejo,
La garganta truena al cantar
Y la puta soledad
Nadie la habita.
Y ahora que estamos solos
Te contaré un cuento
Que nadie te ha contado:
Estando todo prohibido
La alegoría de los que sufren
Oxidando el lagrimal
Son aguadores que salen a tu encuentro
Para sonreír a nuestro invierno
Y olvidar las aguas que rezuman
De este lodazal.
Sólo depende de mentes despiertas
Entre líneas de polvorines
De lo que te digo
De lo que te dicen.
Y la resurrección
Y las bodas de canaan
Dejando respiro a lo que vendrá.
Es mi cabeza una jaula
Donde nadie quiere habitar.
Bajo mis gafas, ante la tenue luz de un candil ajado sostengo la pluma que vino y se va, cada vez más lejos, cansada de esperar que la negra tinta recorra su boquilla y empape el plumín. Y que surquen autopistas de letras encadenadas. Cada vez la luz ilumina menos, la noche se hace más oscura, agarro una botella del precioso licor dorado de los piratas con la esperanza de avivar la llama. Pero la negrura me llama. Y me atrapa.
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Y hay veces, en un momento dado de la vida, que abrigado al calor de un témpano de hielo, notas como el tiempo pasa sin demora, sin detenerse ante nada, bajo la impertérrita lágrima que cae de tu mirada. De pronto ves la alegría correr por los rincones de sus ojos, de los seis que viste nacer y es ahí, ahí cuando te das cuenta que no importa, que lo redundante de la importancia del tiempo es el ahora y el ayer que se fue y que ahí quedó, en lo hondo, te hizo ser lo que eres hoy.
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