La casa del padre de Tomás estaba más silenciosa de lo habitual. No era un silencio vacío, sino uno lleno de cosas que no se decían. Los muebles seguían en su sitio, sólidos, gastados por los años. Allí nada parecía provisional, como si la guerra fuera solo una visita incómoda que tarde o temprano tendría que marcharse.
El padre lo recibió sin preguntas. Se sentaron frente a frente, con la mesa de por medio. Hablaron primero de asuntos prácticos: del aceite que escaseaba, de un vecino que ya no abría la tienda, de la dificultad para moverse por la ciudad. Solo después, cuando las palabras fáciles se agotaron, apareció lo otro.
—Esto va para largo —dijo el padre, con la voz baja—. Y va a pedir cosas que no todos están dispuestos a dar.
Tomás lo miró. Quiso preguntar qué cosas. No lo hizo.
El padre no era un hombre de grandes discursos. Nunca lo había sido. Su autoridad no venía del tono, sino de la coherencia. Había aprendido a sobrevivir sin llamar la atención, a mantenerse firme sin exhibirse. Ahora, esa forma de estar en el mundo parecía peligrosa y necesaria a la vez.
—Recuerda una cosa —añadió—: no todo lo correcto es visible. Y no todo lo visible es correcto.
Tomás asintió. Sintió el peso de esa frase asentarse en algún lugar profundo, aunque todavía no supiera qué hacer con ella. Al despedirse, el padre le puso una mano en el hombro, un gesto breve, contenido. No era una despedida definitiva, pero tampoco era inocente.
Al salir a la calle, Tomás comprendió que aquella conversación no había sido un consejo, sino una entrega. Algo pasaba a sus manos, aunque aún no supiera cómo sostenerlo.
Es como estar ahí en medio de los dos personajes . Y escuchar las conversaciones. Más interesante imposible . Enhorabuena Gustavo.
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