Las luces llegaron poco a poco.
Farolas nuevas, escaparates encendidos hasta más tarde, anuncios que prometían modernidad. Madrid empezó a brillar, pero no a iluminar. Las sombras no desaparecieron: se hicieron más precisas.
Tomás caminaba de noche sin sentir que era de noche. Todo estaba visible, pero nada era claro. La vigilancia ya no necesitaba esconderse; podía confundirse con el resplandor.
Elena notó que la gente hablaba más bajo, aunque no hubiera oscuridad. La luz constante no tranquilizaba; exponía. Hacía imposible desaparecer.
—Antes la noche protegía —dijo—. Ahora solo señala.
Los bares seguían llenos. La ciudad parecía viva. Pero era una vida contenida, medida, acostumbrada a no sobresalir. La luz no celebraba; controlaba.
Madrid había aprendido a no dormir.
Y eso, comprendieron ambos, hacía imposible descansar de verdad.
En tal caso es un modo de vida engañoso. El resplandor se hizo preocupante sobre las cabezas de todos.
ResponderEliminarLos rayos del sol se cuelen melosos entre las hojas de la platanera, hay paz.