Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

lunes, 24 de agosto de 2026

El hombre que hablaba con las estrellas

 Mucho antes

de que los hombres

aprendieran

a medir el cielo,

hubo uno

que aprendió

a escucharlo.

Cada noche

subía

hasta la cumbre

de una montaña

donde el viento

había olvidado

su nombre,

y aguardaba.

No esperaba

respuestas.

Sabía

que las respuestas

son aves esquivas

que solo descienden

sobre las manos

que han dejado

de perseguirlas.

Los pastores

decían

que estaba loco.

Los mercaderes,

que perdía

el tiempo.

Los reyes

lo invitaron

a sus palacios,

convencidos

de que podría

predecir victorias,

descubrir tesoros

o anunciar

el nacimiento

de nuevos imperios.

Él sonreía.

Y regresaba

a la montaña.

Porque las estrellas

jamás hablan

de poder.

Solo hablan

de eternidad.

Una noche,

cuando el verano

se deshacía lentamente

entre los brazos

del otoño,

una estrella

abandonó su lugar.

Descendió,

como desciende

una hoja

cuando el árbol

confía

en el viento.

Se detuvo

frente al anciano.

No tenía forma.

Era luz.

Una luz serena,

sin orgullo,

sin violencia,

como la que permanece

en una casa

cuando todos

duermen.

Entonces,

la estrella

le preguntó:

—¿Por qué vuelves

cada noche?

El anciano

bajó la mirada.

—Porque los hombres

hablamos demasiado.

Y el cielo

solo revela

sus secretos

a quienes

aprenden

a callar.

La estrella

guardó silencio.

Después

se acercó

hasta tocar

su frente.

En ese instante,

el anciano

vio

cómo nacían

los océanos.

Cómo los bosques

aprendían

el lenguaje

de la lluvia.

Cómo los dragones

alzaban

su primer vuelo.

Cómo el Árbol

de la Memoria

hundía

sus raíces

en el corazón

del mundo.

Y vio también

algo

que jamás

había sido contado.

Al final

de los siglos,

cuando la última

estrella

estuviera a punto

de apagarse,

no sería

la oscuridad

quien heredaría

el universo.

Sería

una palabra.

Una sola.

Pronunciada

por alguien

capaz de recordar

todos los nombres

que el tiempo

había amado.

Cuando la visión

terminó,

la estrella

regresó

a su lugar.

El anciano

descendió

de la montaña.

No escribió

ningún libro.

No fundó

ninguna escuela.

Continuó

su vida

como un hombre

más.

Pero quienes

lo miraban

a los ojos

descubrían

en ellos

un reflejo

que no pertenecía

a este mundo.

Muchos años

después,

la Muchacha

del Brote de Encina

encontró

al anciano

sentado

junto a un camino.

Ya casi

no podía caminar.

Ella se arrodilló

a su lado.

—¿Qué os enseñaron

las estrellas?

Él sonrió

con la dulzura

de quien ha comprendido

que toda respuesta

es apenas

el comienzo

de otra pregunta.

Y respondió:

—Me enseñaron

que ellas

no brillan

para ser admiradas.

Brillan

para que los viajeros

no olviden

el camino

cuando la noche

parece interminable.

Dicho esto,

cerró los ojos.

En aquel mismo instante,

una estrella

cruzó lentamente

el firmamento.

Simplemente

cambió

de lugar.

Los pastores

levantaron la vista.

Los niños

pidieron un deseo.

Los sabios

anotaron

el prodigio.

Solo el bosque

comprendió

lo sucedido.

Porque sabía

que algunas almas,

cuando concluyen

su viaje,

no desaparecen.

Aprenden

a iluminar

desde otra altura.


Y desde aquella noche, hubo una estrella más para quienes caminaban sin miedo hacia el amanecer.


2 comentarios:

  1. Aves esquivas, el viento ha ia olvidado su nombre. Quizás sean metáforas.Un texto poético. Un fábula preciosa..

    María Gladys.

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