El libro que se escribe solo
Cuando el último viajero
abandonó la Biblioteca,
nadie cerró sus puertas.
Nunca habían estado abiertas.
Nunca habían estado cerradas.
Simplemente
esperaban.
El relojero
apagó
la lámpara
que no conocía aceite.
La guardiana
de los sueños
volvió
a recorrer
los infinitos estantes.
La anciana
del Bosque de la Memoria
enterró
la última hoja
del otoño.
Y el hombre
que hablaba
con las estrellas
ya era,
él mismo,
una estrella.
Todo
ocupaba
de nuevo
su lugar.
Entonces,
un viento antiguo,
más viejo
que la primera montaña,
atravesó
el mundo.
Traía palabras.
Las hojas
de todos los árboles
comenzaron
a temblar.
En la Biblioteca,
un códice
olvidado
desde antes
del nacimiento
de los reinos,
abrió lentamente
sus páginas.
Ninguna mano
lo tocó.
Ninguna voz
leyó
sus primeras líneas.
Sin embargo,
las palabras
comenzaron
a aparecer,
una tras otra,
como gotas
de tinta
brotando
del corazón
del pergamino.
No hablaban
del pasado.
Ni del porvenir.
Hablaban
del instante
en que un hombre,
sin saberlo,
escucha
por primera vez
la voz
de la poesía.
El códice
escribía solo.
Cada verso
nacía
cuando un niño
miraba
el cielo
con asombro.
Cada estrofa
crecía
cuando alguien
perdonaba
una antigua herida.
Cada página
se iluminaba
cuando un anciano
compartía
su última historia
junto al fuego.
Y cada vez
que un corazón
elegía
la belleza
antes que el miedo,
una nueva palabra
encontraba
su lugar.
La Muchacha
del Brote de Encina
regresó
por última vez.
No abrió
el libro.
No hacía falta.
Apoyó
la mano
sobre su cubierta.
Sintió
latir
todos los poemas
que aún
no habían sido escritos.
Entonces comprendió
que ningún poeta
inventa
la belleza.
Solo aprende
a escucharla
antes que los demás.
Cuando salió
de la Biblioteca,
el alba
acababa
de nacer.
Sobre el umbral,
una pluma blanca
descansaba
entre el musgo.
No pertenecía
a ningún ave.
Era una promesa.
La promesa
de que mientras exista
alguien
capaz de nombrar
la luz,
el mundo
jamás
caerá
del todo
en el olvido.
Los árboles
inclinaron
sus copas.
Las estrellas
apagaron
sus lámparas
una a una.
Y el silencio,
que había custodiado
todos los secretos,
entregó
al fin
la palabra
a los hombres.
Y el mundo aguardó la siguiente palabra.
La bondad, el conocimiento. La memoria, el mundo como única respuesta.
ResponderEliminarCada frase, cada verso es un adagio. La realidad, lo verdaderamente hermoso.