Los dioses
se marcharon
como se marchan
las grullas
cuando termina
el verano.
Sin ruido.
Sin despedidas.
Una mañana,
los oráculos
despertaron
vacíos.
Las fuentes
dejaron
de pronunciar
profecías.
Los robles
guardaron
sus antiguas voces.
Y los dragones,
desde las cumbres,
alzaron la vista
como quien comprende
que una edad
ha concluido.
Los hombres
tuvieron miedo.
Pensaron
que el mundo
había sido
abandonado.
Que el silencio
era un castigo.
Que el cielo
había cerrado
sus puertas.
Pero el anciano
que barría
la entrada
de una pequeña biblioteca
sonrió.
Llevaba
una escoba
de brezo.
Un manto
gastado.
Y una pluma
blanca
sujeta
tras la oreja.
Cada mañana
abría
las ventanas.
Sacudía
el polvo
de los manuscritos.
Cambiaba
el agua
de una jarra
con flores silvestres.
Y escribía
un verso.
Solo uno.
Jamás dos.
Porque decía
que un solo verso
verdadero
vale más
que mil palabras
nacidas
del ruido.
Un niño
que pasaba
cada día
camino del río,
le preguntó:
—Si los dioses
se han marchado,
¿quién cuidará
ahora del mundo?
El anciano
levantó
una hoja
caída
del Árbol
de la Memoria.
La sostuvo
entre los dedos.
Después respondió:
—¿Ves esta hoja?
El árbol
no la llora.
Confía
en que la tierra
sabrá
qué hacer con ella.
Así ocurre
con los dioses.
No nos dejaron
solos.
Nos dejaron
la responsabilidad
de continuar
su obra.
El niño
guardó silencio.
Aquella respuesta
era demasiado grande
para su edad.
Pero el bosque
la comprendió.
Las hojas
se estremecieron.
Los siete robles
inclinaron
sus copas.
Y una estrella,
la misma
que un día
habló
con el anciano
de la montaña,
brilló
antes
de que llegara
la noche.
Entonces,
el viejo
entró
en la biblioteca.
Abrió
un códice
de cubierta
azul oscura.
Sus páginas
estaban vacías.
Mojó
la pluma
en tinta.
Escribió
el primer verso.
Y en el mismo instante,
en algún lugar
del mundo,
un niño
inventó
su primer cuento.
Una muchacha
compuso
una canción.
Un escultor
descubrió
el rostro
que dormía
dentro de la piedra.
Una madre
cantó
para que su hijo
olvidara
el miedo.
Y un anciano
recordó
un poema
que creía
perdido.
El viejo
cerró
el manuscrito.
No parecía
sorprendido.
Solo murmuró,
como quien recuerda
una verdad
muy antigua:
—Los dioses
nunca quisieron
ser eternos.
Querían
que la belleza
aprendiera
a caminar
con pies humanos.
Aquella tarde,
el sol
se ocultó
detrás
de los montes.
Pero nadie
habló
de oscuridad.
Porque donde
un poema
encuentra
un corazón,
siempre
amanece.
Y el primer verso del último poeta comenzó a escribir el siguiente amanecer.
Me sigue pareciendo tremendamente buena la historia.
ResponderEliminarLo central es la naturaleza en todo su esplendor. El hombre con sus sombras y luces. Lo importante es el mundo, la renovación.
Muchas gracias María. Besos siempre 😘
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