Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

martes, 22 de septiembre de 2026

La sombra sobre las dos tierras IX

 El nombre de la sombra

Aixa entró en la bodega y cerró la puerta tras de sí. Llevaba un manto oscuro que le cubría parte del rostro y varios pergaminos sujetos contra el pecho. Parecía haber recorrido las calles deprisa, aunque cuando se acercó a ellos su expresión era serena.

Samuel se levantó.

—Pensé que estabas lejos de Toledo.

—Lo estaba.

—¿Por qué has vuelto?

Aixa miró a Martín.

—Por él.

Martín permaneció en silencio.

—¿Me conoces?

—Conozco a tu padre.

Aquella respuesta volvió a abrir una herida que todavía no había tenido tiempo de cerrar.

—Todo el mundo parece conocer a mi padre menos yo.

Aixa sostuvo su mirada.

—Eso es porque tu padre llevaba muchos años intentando que nadie supiera lo que hacía.

Colocó los pergaminos sobre la mesa.

Samuel se acercó inmediatamente.

—¿Qué has encontrado?

—La copia de un documento que perteneció a mi familia.

Desenrolló uno de los pergaminos. La escritura era árabe y estaba acompañada por varias anotaciones realizadas en otra época.

—Mi padre lo escondió antes de morir. Durante años pensé que se trataba simplemente de un registro antiguo. Hace unos meses comprendí que hablaba del mismo pacto que estás buscando.

Samuel observó el documento con atención.

—¿De 1054?

Aixa asintió.

—De 1054.

Martín se acercó.

—¿Qué ocurrió realmente aquel año?

Aixa tomó aire antes de responder.

—Tres hombres se reunieron en Toledo. Un cristiano, un musulmán y un judío. Sabían que las guerras podían cambiar de señor, de frontera y de nombre, pero que siempre había personas que quedaban atrapadas entre ellas.

—Eso ya lo sabemos —dijo Martín.

—Sabéis una parte.

Aixa señaló el documento.

—Ellos intentaron crear una red para proteger a esas personas. No pretendían detener las guerras. Sabían que no tenían poder para hacerlo. Querían que determinadas familias pudieran sobrevivir cuando los ejércitos cambiaran de dueño.

Samuel permaneció callado.

—¿Y quién los traicionó?

Aixa bajó los ojos hacia el pergamino.

—Uno de los tres entregó los nombres.

Martín sintió un escalofrío.

—¿A quién?

—A un hombre que podía ofrecerle protección y tierras.

—¿Y los otros dos?

—Murieron poco después.

La respuesta fue sencilla y terrible.

Martín miró las tres líneas escritas en el pergamino.

—Entonces todo terminó.

—No.

Aixa levantó la mirada.

—Uno de ellos dejó algo preparado antes de morir.

Samuel comprendió.

—El manuscrito.

—Exactamente.

Aixa pasó varias páginas.

—El documento original contiene los nombres de las familias protegidas y también el nombre verdadero del hombre que las traicionó.

Martín miró a Samuel.

—Por eso lo buscan.

—Por eso llevan treinta años buscándolo —respondió Aixa.

Samuel permaneció pensativo.

—¿Quiénes?

Aixa tardó unos segundos en contestar.

—Sus descendientes.

Martín recordó el medallón.

—¿El cuarto?

Aixa lo vio en su mano.

Su expresión cambió.

—¿Dónde has encontrado eso?

—En la cámara.

Aixa tomó el medallón sin llegar a tocarlo.

—Entonces ya habéis abierto la puerta.

—¿Qué significa «el cuarto»?

Aixa negó lentamente.

—Durante años pensé que se refería a una persona. Ahora creo que significa algo diferente.

Samuel frunció el ceño.

—¿Qué?

—El cuarto era quien quedó fuera del pacto.

Martín recordó la frase escrita en el libro.

El cuarto guardará lo que los tres no pudieron guardar.

—¿Y quién era?

Aixa miró hacia la puerta.

—Todavía no lo sé.

Un ruido procedente de la calle hizo que todos guardaran silencio.

Aixa continuó:

—Pero sí sé quién busca el manuscrito.

Samuel la miró.

—Dilo.

La joven bajó la voz.

—La familia Valcárcel.

El nombre pareció cambiar el aire de la habitación.

Martín lo repitió lentamente.

—Valcárcel.

—Ese apellido no existía de la misma forma en 1054 —explicó Aixa—. Fue adoptado después. Durante generaciones han cambiado de nombre, de alianzas y de señores. Lo único que nunca cambió fue lo que buscaban.

—El manuscrito —dijo Samuel.

—Y el nombre que contiene.

Martín sintió que empezaba a comprender el peligro.

—¿Mi padre sabía todo esto?

Aixa lo miró.

—Sabía demasiado.

—¿Trabajaba para ellos?

—No.

—¿Los perseguía?

Aixa negó.

—Intentaba adelantarse a ellos.

Martín bajó la mirada.

—Entonces sabía que algún día vendrían a por mí.

—Probablemente.

Aquella palabra le dolió más que cualquier certeza.

—¿Y por qué no me dijo nada?

Aixa respondió con suavidad.

—Quizá porque pensaba que mantenerte al margen era la única manera de protegerte.

Martín apretó los dientes.

—Y ahora está desaparecido.

Samuel intervino.

—Tenemos que encontrarlo.

Aixa asintió.

—Antes de que encuentren el manuscrito.

—¿Sabes dónde está?

—No.

—Entonces ¿qué sabes?

Aixa miró a Martín.

—Sé dónde buscar el siguiente indicio.

Samuel se acercó.

—¿Dónde?

—En el lugar donde tu padre encontró la primera referencia a los Valcárcel.

Martín levantó la mirada.

—¿Dónde?

Aixa dudó.

—En el antiguo archivo de los escribanos.

Yusef frunció el ceño.

—Ese lugar está bajo vigilancia.

—Lo sé.

—Entonces será imposible entrar.

Aixa sonrió ligeramente.

—No he dicho que tengamos que entrar por la puerta.


A varias calles de allí, Rodrigo de Lara se encontraba todavía en la casa de la piedra muda.

La lucha había terminado.

Dos hombres yacían heridos y los demás habían huido al escuchar que los hombres de Rodrigo se acercaban por la parte trasera.

Gabriel también había desaparecido.

Rodrigo permaneció junto a la ventana por la que había escapado.

Uno de sus hombres apareció en la habitación.

—No está.

—Lo sé.

—Tampoco hemos encontrado al muchacho.

Rodrigo se volvió.

—¿Habéis encontrado alguna salida?

—Un pasadizo.

Rodrigo caminó hasta la abertura.

Observó las piedras desplazadas.

—¿Adónde conduce?

—A una bodega abandonada.

Rodrigo permaneció pensativo.

—Entonces todavía está dentro de Toledo.

Su hombre asintió.

—¿Seguimos buscando?

Rodrigo miró de nuevo la casa.

Sobre una de las paredes había quedado una marca hecha con carbón.

Tres líneas cruzadas.

Debajo, una sola letra.

V.

Rodrigo la contempló durante unos segundos.

—No.

—¿Señor?

—No busquéis al muchacho.

El hombre pareció sorprendido.

—Pero habéis dicho que debíamos encontrarlo antes que ellos.

—Y lo haremos.

Rodrigo tocó la marca con los dedos.

—Pero primero quiero saber quiénes son ellos.


Aquella misma noche, lejos de la bodega, un hombre entró en una casa situada en una de las calles próximas al río.

No llevaba insignias.

Tampoco armas visibles.

Cerró la puerta y atravesó un pequeño patio hasta llegar a una habitación donde ardía una única lámpara.

Sobre una mesa había varios documentos.

Uno de ellos estaba abierto.

En la parte superior podía leerse una fecha:

1054.

El hombre colocó junto a él una pequeña pieza de hierro.

Tres líneas cruzadas.

Después abrió otro documento.

Esta vez aparecía un nombre.

Martín de Ávila.

El hombre permaneció unos instantes observándolo.

—Ya ha encontrado la puerta —dijo.

Una segunda voz respondió desde la oscuridad:

—¿Y la llave?

—La tiene.

—Entonces encontradlo antes de que llegue al archivo.

El hombre cerró el documento.

—¿Y si encuentra el nombre?

Hubo un largo silencio.

Finalmente llegó la respuesta:

—Entonces habrá que encontrar a su padre antes que él.

La lámpara se apagó.

Y Toledo volvió a quedar a oscuras.


2 comentarios:

  1. Vaya, siguen las intrigas. Todo parece unirse en cuanto a los personajes, los pergaminos, la llave.
    Martín ahora de e ser la clave Su padre debió ser un hombre muy importante. Las tres lenguas: cristiana, árabe, judía. El año 1054.
    Rodrigo de Lara me tiene intrigada.

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