El árbol de los mil años
Y muchos años después,
cuando los nombres de los antiguos
habían vuelto a convertirse en leyenda,
un hombre caminó hasta el bosque.
Buscaba una historia.
Había escuchado hablar
de un árbol tan antiguo
que nadie conocía el día
en que había echado sus primeras raíces.
Decían que sus ramas
habían visto pasar generaciones.
Que bajo su sombra
habían descansado reyes.
Que sus raíces atravesaban
las piedras de ciudades olvidadas.
Y que, algunas noches,
cuando la luna permanecía inmóvil sobre sus ramas,
el árbol cantaba.
El hombre llegó al amanecer.
La niebla todavía dormía
entre los troncos.
Los pájaros aún no habían comenzado
su canto.
Y allí estaba.
El árbol.
Enorme.
Silencioso.
Antiguo.
Su corteza parecía guardar
las cicatrices de mil inviernos.
El hombre apoyó una mano sobre ella.
Y entonces escuchó algo.
No era una voz.
No era el viento.
Era un recuerdo.
Por un instante vio
bosques que jamás había conocido.
Vio siete coronas
levantándose contra una oscuridad sin nombre.
Vio una espada hecha de luz.
Vio un dragón contemplando el mar.
Vio una princesa esperando
a alguien que había muerto.
Vio un caballero caminando
sin sombra.
Vio un hada llorando
por primera vez.
Vio un hombre mirando las estrellas.
Vio una puerta abrirse.
Y vio una semilla.
La misma semilla
que había nacido cuando el último poeta murió.
Entonces comprendió.
El árbol no guardaba historias.
Guardaba memoria.
El hombre cayó de rodillas.
Y durante un largo instante
no se atrevió a respirar.
Después apartó unas raíces
que sobresalían de la tierra.
Allí encontró una pequeña cavidad.
Y dentro de ella,
un manuscrito.
Las hojas estaban amarillentas.
Algunas palabras habían desaparecido.
Pero otras permanecían intactas.
El hombre lo abrió.
Y comenzó a leer.
Leyó sobre el primer amanecer.
Sobre los árboles eternos.
Sobre la luna que aprendió a llorar.
Sobre el primer dragón.
Sobre los guardianes del bosque.
Leyó sobre amores
que ni siquiera la muerte pudo separar.
Sobre sombras perdidas.
Sobre seres que soñaron con ser mortales.
Sobre lágrimas capaces de atravesar siglos.
Leyó sobre los siete reyes.
Sobre la Niebla.
Sobre la espada de estrella.
Sobre el guerrero sin corona.
Leyó sobre los secretos del tiempo.
Sobre relojes que contaban siglos.
Sobre bosques que recordaban.
Sobre estrellas que hablaban.
Sobre sueños perdidos.
Y sobre aquella puerta
que jamás debió abrirse.
Finalmente llegó
a las últimas páginas.
Leyó sobre los dioses que partieron.
Sobre el último dragón.
Sobre el poeta.
Sobre la semilla.
Y sobre un niño
que encontró una página
bajo las raíces de un árbol.
El hombre cerró lentamente el manuscrito.
Durante unos segundos
no comprendió lo que acababa de leer.
Después miró el árbol.
Y sintió un escalofrío.
Porque comprendió que la historia
que acababa de leer
no hablaba solamente del pasado.
Hablaba de él.
De aquel momento.
De aquella mañana.
De aquel manuscrito.
Entonces buscó la última página.
Estaba en blanco.
O eso creyó.
Porque cuando la luz del amanecer
tocó el papel,
aparecieron unas palabras.
No habían sido escritas con tinta.
Parecían haber estado allí
desde siempre.
El hombre leyó:
«Ahora te toca a ti.»
El viento atravesó las ramas.
Las hojas comenzaron a moverse.
Y durante un instante
el bosque entero pareció despertar.
El hombre comprendió entonces
el secreto que los antiguos
habían protegido durante milenios:
las historias no terminan
cuando termina quien las escribe.
Continúan en quien las encuentra.
Continuaban en el niño
que había levantado aquella página.
Continuaban en los bardos
que habían cantado antes que ellos.
Continuaban en los árboles
que habían guardado sus nombres.
Y continuarían mientras existiera
alguien dispuesto a escuchar.
El hombre tomó el manuscrito.
Pero antes de marcharse
miró una última vez
hacia las profundidades del bosque.
Allí, entre la niebla,
creyó distinguir una figura.
Un anciano sentado junto a un fuego.
Tenía una capa oscura.
Una lira descansaba a su lado.
Y sonreía.
El hombre parpadeó.
La figura había desaparecido.
Solo quedó el fuego.
Y junto a él,
una voz.
Muy débil.
Muy antigua.
Pero clara.
—El canto nunca terminó.
El hombre emprendió el camino.
Llevaba el manuscrito contra el pecho.
Detrás de él,
el árbol permaneció inmóvil.
Pero bajo sus raíces
una nueva semilla comenzó a despertar.
Y en algún lugar del mundo,
sin saber por qué,
un niño levantó los ojos hacia el cielo.
Una estrella acababa de aparecer.
Después otra.
Y otra.
Como si alguien,
desde el principio de los tiempos,
estuviera encendiendo de nuevo
las luces del alba.
Y así termina esta historia.
O quizá,
por primera vez,
comienza.
Creo que siempre hay alguien que encienda las luces del alba
ResponderEliminarNiños, mayores, viejitos, todos vuelven, como siempre
La fortuna prevalece. El mundo se renueva.
Es tan hermoso.
Calor
Ca a
C
Calory calima