La ciudad que esperaba
Toledo no dormía.
A aquellas horas, cuando las últimas luces de las casas comenzaban a apagarse y el frío descendía desde las colinas hasta el río, todavía podían escucharse voces en algunas calles. El golpe seco de una puerta al cerrarse. El tintineo de una cadena. El ladrido de un perro que respondía, desde lejos, a otro que nadie podía ver.
Martín caminaba deprisa.
Había salido del taller mucho después de lo acostumbrado. Su padre le había pedido que terminara un encargo antes del amanecer y no había querido dejarlo a medias. Las manos todavía le olían a hierro y carbón, y llevaba bajo el brazo el pequeño paquete que debía entregar al otro lado de la ciudad.
No le gustaba caminar de noche.
No por miedo a los ladrones. A los ladrones podía reconocerlos.
Lo que le inquietaba eran los hombres que caminaban sin hacer ruido.
Al doblar una esquina escuchó pasos.
Se detuvo.
El sonido también se detuvo.
Martín miró hacia atrás.
La calle estaba vacía.
Las paredes de adobe y piedra se levantaban a ambos lados, dejando apenas una franja estrecha de cielo. Una lámpara de aceite temblaba sobre una puerta y proyectaba una luz débil sobre las piedras.
Esperó unos segundos.
Nada.
Continuó caminando.
Esta vez los pasos regresaron.
Uno.
Dos.
Tres.
Más lentos que los suyos.
Martín apretó el paquete contra el pecho.
No quiso correr. Correr habría sido reconocer que tenía miedo.
Siguió adelante hasta alcanzar una pequeña plaza. Allí se detuvo bajo el alero de una casa y fingió buscar algo en su bolsa.
Los pasos se acercaron.
Entonces vio al hombre.
Era alto y llevaba una capa oscura. Caminaba con dificultad, apoyándose ligeramente contra las paredes. Al llegar a la plaza levantó la cabeza y miró alrededor.
Martín contuvo la respiración.
El hombre estaba herido.
Una mano le cubría el costado y entre los dedos se le escapaba una línea oscura que la luz de la lámpara apenas alcanzaba a mostrar.
Martín pensó en marcharse.
Pero el desconocido lo vio.
—Tú.
Martín no respondió.
—Muchacho…
La voz era apenas un susurro.
El hombre dio un paso hacia él y estuvo a punto de caer.
Martín se acercó por instinto y lo sostuvo.
—¿Quién sois?
El desconocido lo miró durante unos instantes.
Tenía los ojos hundidos y el rostro cubierto de polvo.
—No importa.
—Estáis herido.
—Lo sé.
El hombre buscó algo debajo de su capa.
Martín retrocedió.
—No temáis.
Sacó una pequeña bolsa de cuero.
La abrió.
Dentro había una llave de hierro, antigua y ennegrecida.
—Tienes que llevar esto.
—¿Adónde?
El hombre respiró con dificultad.
—A la casa de Samuel.
Martín frunció el ceño.
—¿Samuel ben Ezra?
El desconocido asintió.
Aquello hizo que Martín dudara.
Samuel era conocido en Toledo. Comerciante, prestamista para algunos y escriba para otros. Su casa estaba cerca del barrio donde se reunían muchos de los mercaderes judíos.
—¿Qué debo decirle?
El hombre volvió a mirar hacia la calle.
Esta vez su rostro cambió.
Había oído algo.
—Dile…
Se interrumpió.
A lo lejos sonó el golpe de unos cascos contra las piedras.
El desconocido cerró los dedos de Martín alrededor de la llave.
—Dile que la sombra ha llegado.
Martín lo miró sin comprender.
—¿Qué sombra?
Pero el hombre ya no contestó.
Cayó de rodillas.
Martín consiguió sujetarlo antes de que golpeara el suelo.
—¡Señor!
El hombre abrió los ojos una última vez.
Y dijo algo que Martín recordaría durante el resto de su vida:
—Cuando la sombra alcance las dos tierras… buscad el árbol sin raíces.
Después murió.
Martín permaneció inmóvil.
Durante unos segundos solo escuchó su propia respiración.
Entonces volvieron a sonar los cascos.
Más cerca.
Mucho más cerca.
Martín miró el cuerpo.
Después miró la llave que tenía en la mano.
Y comprendió que, desde aquel momento, ya no podía fingir que aquello no había ocurrido.
Guardó la llave en el interior de su camisa.
Se incorporó.
Y echó a correr.
Detrás de él, en la oscuridad de la calle, aparecieron tres hombres a caballo.
Una historia con algo de intriga, y no menos interesante
ResponderEliminarQuizás sea los que sigan con la verdad, con la memoria
Quizá. O no. Nada está escrito aún.
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