Madrid continuó.
Funcionaba bien. Demasiado bien. Las calles limpias, los horarios cumplidos, los discursos afinados. La ciudad no parecía cruel. Parecía acostumbrada.
Tomás y Elena siguieron viviendo sin sobresaltos visibles. No fueron héroes ni víctimas ejemplares. Fueron persistentes. Y eso era más difícil de detectar.
La vigilancia no desapareció. Se integró. La memoria no se impuso. Circuló por debajo, discreta, resistente.
Madrid no los venció.
Tampoco ellos vencieron a Madrid.
Pero la ciudad no logró lo que más deseaba: cerrar del todo el pasado.
Porque mientras alguien recordara sin deformar, mientras alguien transmitiera sin ruido,
la historia seguiría incompleta.
Y en esa incompletud,
todavía quedaba futuro.
FIN DE LA TERCERA PARTE
Una vez más un texto muy prometedor.
ResponderEliminarLas personas quieren conservar la memoria aunque sea como quieren un olvido permanente.
Agradable café cariñoso