El muchacho volvió a preguntar.
No lo hizo de forma directa ni imprudente. Lo hizo como quien busca confirmar una intuición.
—Hay cosas que no encajan —dijo—. Historias que no cuadran.
Tomás lo escuchó sin corregirlo. Elena observó desde un segundo plano, midiendo cada gesto. El relevo no llegaba con banderas ni consignas, sino con dudas, preguntas mal formuladas.
—No todo se aprende en los libros —dijo Elena finalmente—. Y no todo se puede enseñar de golpe. Sobre todo si las historias están contadas por quienes ganaron.
El muchacho asintió. No pidió más. Entendió que la transición no era una entrega, sino un proceso lento, fragmentado. No traía esperanza limpia; traía confusión, y eso lo hacía peligroso y valioso a la vez.
Madrid seguía girando sobre sí misma, pero algo empezaba a moverse en los márgenes. Y muchos querían olvidar y a otros les hacían olvidar.
Interrogantes sin respuestas necesitaban la verdad. Podría ser como una bandada de pájaros sin rumbo.
ResponderEliminarNoche tranquila
en mi tierra.