Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

viernes, 28 de agosto de 2026

El jardín de las palabras invisibles

 


Después de escribir


su primer verso,


el anciano


cerró el códice.


No volvió


a abrirlo


durante siete lunas.


Porque sabía


que las palabras,


como las semillas,


también necesitan


oscuridad


antes de brotar.


Cada amanecer


caminaba


hasta un jardín


escondido


tras la vieja biblioteca.


Los rosales


marcaban


sus senderos.


Los sauces


custodiaban


sus silencios.


Y un riachuelo


de aguas transparentes


recitaba


poemas


que ningún hombre


había aprendido


a escribir.


Los viajeros


pasaban


junto a él


sin advertirlo.


Solo quienes


conservaban


la capacidad


de asombrarse


podían verlo.


Porque los jardines


más hermosos


jamás compiten


con el mundo.


Simplemente


florecen.


En el centro


crecía


una flor


sin color.


Tomaba


el tono


del corazón


que la contemplaba.


Ante un niño,


brillaba


como el alba.


Ante un anciano,


recordaba


el oro


de los otoños.


Ante quien


había amado


de verdad,


tenía


el color


de la esperanza.


El poeta


se arrodilló


frente a ella.


No llevaba


libros.


Ni tinta.


Ni pluma.


Solo silencio.


Entonces,


el viento


comenzó


a mover


las flores.


Pero ninguna


se inclinó


al azar.


Cada una


dibujaba


una letra.


Miles de flores,


mecidas


por la misma brisa,


iban escribiendo


un poema


que solo duraba


el tiempo


de una respiración.


Cuando el viento


cesaba,


las palabras


desaparecían.


Nadie


podía copiarlas.


Nadie


podía poseerlas.


El anciano


sonreía.


Sabía


que la belleza


no siempre


ha sido creada


para permanecer.


Algunas veces


basta


con haber existido.


Aquella mañana,


la Muchacha


del Brote de Encina


llegó


al jardín.


Su rama


era ya


un pequeño árbol,


cuyas hojas


susurraban


con la misma voz


que los siete robles


del valle.


—He buscado


este lugar


durante años.


El poeta


respondió:


—No.


Has esperado


el tiempo


necesario


para verlo.


Ella observó


las flores.


—¿Qué escriben?


—Lo mismo


que escriben


los pájaros


cuando cruzan


el cielo.


—No lo entiendo.


—No hace falta


entender


todo aquello


que alimenta


el alma.


Durante largo rato


permanecieron


en silencio.


Después,


la joven


preguntó:


—¿Qué ocurrirá


cuando ya no quede


ningún poeta?


El anciano


tomó


una semilla


caída


junto al riachuelo.


La depositó


en la palma


de la muchacha.


—Entonces


cada hombre,


cada mujer


y cada niño


que sea capaz


de pronunciar


una palabra


con verdad,


será poeta


sin saberlo.


Porque la poesía


nunca ha vivido


en los libros.


Los libros


solo le ofrecen


un refugio.


Su verdadero hogar


ha sido siempre


el corazón


que aún sabe


maravillarse.


El viento


volvió


a recorrer


el jardín.


Las flores


dibujaron


un último verso.


Nadie


consiguió leerlo.


Sin embargo,


cuando abandonaron


aquel lugar,


el mundo


parecía


un poco más luminoso.


Como si,


por un instante,


las cosas


hubieran recordado


el nombre


con el que fueron


creadas.


Y el anciano


comprendió


que el último poema


no sería


el más hermoso.


Sería aquel


que enseñara


a otros


a seguir escribiendo


cuando él


hubiera callado.



Y el jardín guardó las palabras invisibles, para que cada generación pudiera descubrirlas por primera vez.

2 comentarios:

  1. Como puedes escribir tan bonito. Cada palabra, cada verso es una belleza.
    Es como el renacer

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    1. Las palabras salen solas, ha sido una temporada muy larga( y lo que aún queda) en lo que solo dedico el tiempo a leer y escribir. Muchas gracias María 😘😘😘

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