Después de escribir
su primer verso,
el anciano
cerró el códice.
No volvió
a abrirlo
durante siete lunas.
Porque sabía
que las palabras,
como las semillas,
también necesitan
oscuridad
antes de brotar.
Cada amanecer
caminaba
hasta un jardín
escondido
tras la vieja biblioteca.
Los rosales
marcaban
sus senderos.
Los sauces
custodiaban
sus silencios.
Y un riachuelo
de aguas transparentes
recitaba
poemas
que ningún hombre
había aprendido
a escribir.
Los viajeros
pasaban
junto a él
sin advertirlo.
Solo quienes
conservaban
la capacidad
de asombrarse
podían verlo.
Porque los jardines
más hermosos
jamás compiten
con el mundo.
Simplemente
florecen.
En el centro
crecía
una flor
sin color.
Tomaba
el tono
del corazón
que la contemplaba.
Ante un niño,
brillaba
como el alba.
Ante un anciano,
recordaba
el oro
de los otoños.
Ante quien
había amado
de verdad,
tenía
el color
de la esperanza.
El poeta
se arrodilló
frente a ella.
No llevaba
libros.
Ni tinta.
Ni pluma.
Solo silencio.
Entonces,
el viento
comenzó
a mover
las flores.
Pero ninguna
se inclinó
al azar.
Cada una
dibujaba
una letra.
Miles de flores,
mecidas
por la misma brisa,
iban escribiendo
un poema
que solo duraba
el tiempo
de una respiración.
Cuando el viento
cesaba,
las palabras
desaparecían.
Nadie
podía copiarlas.
Nadie
podía poseerlas.
El anciano
sonreía.
Sabía
que la belleza
no siempre
ha sido creada
para permanecer.
Algunas veces
basta
con haber existido.
Aquella mañana,
la Muchacha
del Brote de Encina
llegó
al jardín.
Su rama
era ya
un pequeño árbol,
cuyas hojas
susurraban
con la misma voz
que los siete robles
del valle.
—He buscado
este lugar
durante años.
El poeta
respondió:
—No.
Has esperado
el tiempo
necesario
para verlo.
Ella observó
las flores.
—¿Qué escriben?
—Lo mismo
que escriben
los pájaros
cuando cruzan
el cielo.
—No lo entiendo.
—No hace falta
entender
todo aquello
que alimenta
el alma.
Durante largo rato
permanecieron
en silencio.
Después,
la joven
preguntó:
—¿Qué ocurrirá
cuando ya no quede
ningún poeta?
El anciano
tomó
una semilla
caída
junto al riachuelo.
La depositó
en la palma
de la muchacha.
—Entonces
cada hombre,
cada mujer
y cada niño
que sea capaz
de pronunciar
una palabra
con verdad,
será poeta
sin saberlo.
Porque la poesía
nunca ha vivido
en los libros.
Los libros
solo le ofrecen
un refugio.
Su verdadero hogar
ha sido siempre
el corazón
que aún sabe
maravillarse.
El viento
volvió
a recorrer
el jardín.
Las flores
dibujaron
un último verso.
Nadie
consiguió leerlo.
Sin embargo,
cuando abandonaron
aquel lugar,
el mundo
parecía
un poco más luminoso.
Como si,
por un instante,
las cosas
hubieran recordado
el nombre
con el que fueron
creadas.
Y el anciano
comprendió
que el último poema
no sería
el más hermoso.
Sería aquel
que enseñara
a otros
a seguir escribiendo
cuando él
hubiera callado.
⸻
Y el jardín guardó las palabras invisibles, para que cada generación pudiera descubrirlas por primera vez.
Como puedes escribir tan bonito. Cada palabra, cada verso es una belleza.
ResponderEliminarEs como el renacer
Las palabras salen solas, ha sido una temporada muy larga( y lo que aún queda) en lo que solo dedico el tiempo a leer y escribir. Muchas gracias María 😘😘😘
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