Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

viernes, 28 de agosto de 2026

La herencia del silencio


Los inviernos

habían blanqueado

los cabellos

del anciano.

Sus manos,

que un día

escribieron

versos

capaces

de despertar

las flores,

temblaban ahora

como las hojas

cuando el otoño

aprende

a despedirse.

La biblioteca

seguía respirando.

Los relojes

continuaban

marcando

el tiempo

de los corazones.

Los siete robles

alzaban

sus copas

cada primavera.

Todo permanecía.

Solo él

comenzaba

a parecerse

al crepúsculo.

Una mañana,

la Muchacha

del Brote de Encina

llamó

a su puerta.

Ya no era

la joven

que había empuñado

la espada

de luz de estrella.

Su cabello

guardaba

algunas hebras

de plata.

En sus ojos

habitaba

la serenidad

de quien ha aprendido

que la esperanza

también envejece,

pero nunca muere.

El poeta

la hizo pasar.

Sobre la mesa

había una pluma,

un cuenco

de tinta

y el códice

de cubierta azul.

Nada más.

—Has venido.

Ella sonrió.

—Siempre supe

que llegaría

este día.

El anciano

abrió lentamente

el manuscrito.

Por primera vez,

la Muchacha

pudo contemplar

sus páginas.

No estaban

llenas de poemas.

Estaban

llenas de nombres.

Miles.

Quizá millones.

Nombres

de hombres

y mujeres

que habían ofrecido

una palabra hermosa

al mundo

sin esperar

ser recordados.

Un pastor

que enseñó

a su hija

el nombre

de las constelaciones.

Una anciana

que narró

cuentos

junto al hogar.

Un niño

que plantó

un árbol

para alguien

que nunca conocería.

Una madre

que cantó

para vencer

el miedo

de la noche.

Todos

vivían

en aquellas páginas.

—¿Quién escribió

este libro?

preguntó ella.

El anciano

cerró los ojos.

—Ellos.

Yo solo

aprendí

a escucharlos.

Después

tomó la pluma.

La sostuvo

unos instantes.

Pero no escribió.

La dejó

sobre la mesa,

frente

a la Muchacha.

—No puedo aceptarla.

—No tienes

que aceptarla.

Solo

no la dejes

caer

en el olvido.

Ella comprendió

que aquella pluma

no era

un objeto.

Era una tarea.

Una promesa.

Una forma

de mirar

el mundo.

Permanecieron

largo tiempo

en silencio.

No era

un silencio vacío.

Era el mismo

que existe

entre dos notas

de una vieja canción,

el mismo

que guarda

la tierra

antes

de la primera lluvia.

Cuando el sol

comenzó

a esconderse,

el poeta

pronunció

sus últimas enseñanzas.

—Recuerda esto.

Nunca escribas

para ser admirada.

Escribe

para que alguien,

algún día,

se sienta

menos solo.

Nunca busques

la palabra

más brillante.

Busca

la más verdadera.

Y cuando creas

haber terminado

un poema,

déjalo descansar.

Si al volver

a leerlo

escuchas

el canto

de un pájaro

entre sus versos,

consérvalo.

Si solo

escuchas

tu propia voz,

vuelve

a empezar.

La Muchacha

lloró.

No por tristeza.

Sino porque

comprendió

que la poesía

no era

un don.

Era una forma

de cuidar

el mundo.

Al levantarse,

el anciano

abrió

la ventana.

El viento

entró

como un viejo amigo.

Las hojas

de los siete robles

susurraron

a lo lejos.

El Árbol

de la Memoria

dejó caer

una hoja.

Y el poeta

sonrió.

Había esperado

aquel instante

toda su vida.

Porque,

al fin,

la palabra

había encontrado

otro corazón

donde seguir viviendo.


Y el silencio dejó de ser ausencia, porque había encontrado una voz digna de custodiarlo.


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