Los inviernos
habían blanqueado
los cabellos
del anciano.
Sus manos,
que un día
escribieron
versos
capaces
de despertar
las flores,
temblaban ahora
como las hojas
cuando el otoño
aprende
a despedirse.
La biblioteca
seguía respirando.
Los relojes
continuaban
marcando
el tiempo
de los corazones.
Los siete robles
alzaban
sus copas
cada primavera.
Todo permanecía.
Solo él
comenzaba
a parecerse
al crepúsculo.
Una mañana,
la Muchacha
del Brote de Encina
llamó
a su puerta.
Ya no era
la joven
que había empuñado
la espada
de luz de estrella.
Su cabello
guardaba
algunas hebras
de plata.
En sus ojos
habitaba
la serenidad
de quien ha aprendido
que la esperanza
también envejece,
pero nunca muere.
El poeta
la hizo pasar.
Sobre la mesa
había una pluma,
un cuenco
de tinta
y el códice
de cubierta azul.
Nada más.
—Has venido.
Ella sonrió.
—Siempre supe
que llegaría
este día.
El anciano
abrió lentamente
el manuscrito.
Por primera vez,
la Muchacha
pudo contemplar
sus páginas.
No estaban
llenas de poemas.
Estaban
llenas de nombres.
Miles.
Quizá millones.
Nombres
de hombres
y mujeres
que habían ofrecido
una palabra hermosa
al mundo
sin esperar
ser recordados.
Un pastor
que enseñó
a su hija
el nombre
de las constelaciones.
Una anciana
que narró
cuentos
junto al hogar.
Un niño
que plantó
un árbol
para alguien
que nunca conocería.
Una madre
que cantó
para vencer
el miedo
de la noche.
Todos
vivían
en aquellas páginas.
—¿Quién escribió
este libro?
preguntó ella.
El anciano
cerró los ojos.
—Ellos.
Yo solo
aprendí
a escucharlos.
Después
tomó la pluma.
La sostuvo
unos instantes.
Pero no escribió.
La dejó
sobre la mesa,
frente
a la Muchacha.
—No puedo aceptarla.
—No tienes
que aceptarla.
Solo
no la dejes
caer
en el olvido.
Ella comprendió
que aquella pluma
no era
un objeto.
Era una tarea.
Una promesa.
Una forma
de mirar
el mundo.
Permanecieron
largo tiempo
en silencio.
No era
un silencio vacío.
Era el mismo
que existe
entre dos notas
de una vieja canción,
el mismo
que guarda
la tierra
antes
de la primera lluvia.
Cuando el sol
comenzó
a esconderse,
el poeta
pronunció
sus últimas enseñanzas.
—Recuerda esto.
Nunca escribas
para ser admirada.
Escribe
para que alguien,
algún día,
se sienta
menos solo.
Nunca busques
la palabra
más brillante.
Busca
la más verdadera.
Y cuando creas
haber terminado
un poema,
déjalo descansar.
Si al volver
a leerlo
escuchas
el canto
de un pájaro
entre sus versos,
consérvalo.
Si solo
escuchas
tu propia voz,
vuelve
a empezar.
La Muchacha
lloró.
No por tristeza.
Sino porque
comprendió
que la poesía
no era
un don.
Era una forma
de cuidar
el mundo.
Al levantarse,
el anciano
abrió
la ventana.
El viento
entró
como un viejo amigo.
Las hojas
de los siete robles
susurraron
a lo lejos.
El Árbol
de la Memoria
dejó caer
una hoja.
Y el poeta
sonrió.
Había esperado
aquel instante
toda su vida.
Porque,
al fin,
la palabra
había encontrado
otro corazón
donde seguir viviendo.
Y el silencio dejó de ser ausencia, porque había encontrado una voz digna de custodiarlo.
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