Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

jueves, 30 de julio de 2026

El hombre que perdió su sombra

 Cuando los robles

aún hablaban con el viento
y las espadas
juraban fidelidad
antes que victoria,

vivió un caballero
cuyo nombre
ha desaparecido
de todos los libros.


Lo entregó él mismo
a la noche oscura.

Dicen que era justo.

Que jamás levantó la espada
contra un inocente.

Que su escudo
había detenido más lágrimas
que flechas.

Y que, al terminar cada batalla,
era el primero
en vendar las heridas
del enemigo vencido.

Pero ningún hombre,
por noble que sea,

escapa a la tentación.

Una tarde,
mientras cruzaba
el Bosque de los Espejos,
encontró un sendero
que no existía
el día anterior.

Los árboles
guardaban un silencio extraño.

Ni un pájaro.

Ni una hoja.

Ni el rumor
de un arroyo lejano.

Solo el sonido
de sus propios pasos.

Al final del camino
lo esperaba una anciana.

Vestía un manto
tejido con crepúsculos.

Sus ojos
eran tan antiguos
como la primera lluvia.

—¿Qué buscas, caballero?

—La perfección.

La anciana sonrió.

—Entonces buscas
lo único
que ningún mortal
debe encontrar.

Con un gesto
le mostró
un lago inmóvil.

Su superficie
no reflejaba el cielo.

Reflejaba el alma.

El caballero se inclinó.

Esperaba contemplar
el rostro
de un héroe.

Pero vio
a un hombre cansado.

Lleno de dudas.

Con miedo.

Con cicatrices
que ninguna armadura
podía ocultar.

Retrocedió.

No soportó aquella visión.

Entonces la anciana habló:

—Puedo librarte
de todo eso.

No volverás
a sentir miedo.

No conocerás
la incertidumbre.

Jamás dudarás
de ti mismo.

Solo debes
dejarme tu sombra.

El caballero aceptó.

La noche
se cerró sobre el bosque.

Cuando volvió a salir,
seguía teniendo
la misma espada,

el mismo escudo,

el mismo rostro.

Pero el sol,
al tocar sus pies,

ya no encontró
ninguna sombra
que seguir.

Desde aquel día
venció en todas las batallas.

Nunca vaciló.

Nunca lloró.

Nunca sintió compasión.

Su nombre
se convirtió
en una leyenda.

Sin embargo,

cada victoria
pesaba más
que la anterior.

Porque había perdido
aquello
que hacía valiente
a un hombre.

El temblor

que precede
a toda decisión justa.

Pasaron los años.

Y una mañana,

un niño
lo vio cabalgar
bajo un sol inmenso.

Corrió tras él
y le preguntó:

—Señor,
¿por qué vuestra sombra
no os acompaña?

El viejo caballero
detuvo su caballo.

Miró la tierra.

Después el cielo.

Y por primera vez
en muchos inviernos,

una lágrima
descendió por su rostro.

Comprendió demasiado tarde

que la sombra
no era la parte oscura
de su alma.

Era la prueba

de que la luz
todavía caminaba
a su lado.

Desde entonces,

cuando el sol se pone
sobre los caminos antiguos,

los viajeros dicen ver
a un jinete solitario

buscando entre los bosques

la sombra

que un día cambió
por una perfección
que nunca existió.


La princesa que amaba a un fantasma

 No hubo juglar que cantara su nombre,

porque los nombres demasiado hermosos
terminan convirtiéndose
en susurros del viento.

Vivía donde el bosque
se inclinaba ante un lago inmóvil,
en un castillo de mármol gris
cuyas torres conversaban
con las nubes del amanecer.

Era la última heredera
de una estirpe nacida
cuando los lirios aún crecían
entre las huellas de las estrellas.

Muchos príncipes
cruzaron los puentes levadizos.

Traían espadas
que habían vencido gigantes.

Traían coronas
forjadas en oro antiguo.

Traían promesas
más brillantes que el sol.

Ella sonreía.

Y después miraba el horizonte.

Porque esperaba a otro.

A uno que no llegaba a caballo.

Que no llevaba escudo.

Y no hacía sonar trompetas.

Solo aparecía
cuando la luna llenaba de plata
las aguas del lago.

Era un muchacho
hecho de claridad y memoria.

Su cuerpo parecía tejido
con la misma niebla
que despierta sobre los ríos
al romper el alba.

No proyectaba sombra.

No dejaba huellas.

Y, sin embargo,

cada noche
las flores abrían sus pétalos
cuando él cruzaba el jardín.

—¿Quién eres? —preguntó la princesa.

El joven sonrió
con la tristeza
de quien recuerda
más inviernos
de los que el mundo puede contar.

—Fui príncipe,
hace tanto tiempo
que mi reino ya no existe.

Morí
antes de pronunciar
las palabras
que habrían cambiado mi destino.

Desde entonces
camino entre los recuerdos,
esperando que alguien
me mire sin miedo.

La princesa
no retrocedió.

Le tomó la mano.

Y descubrió
que el frío
también podía ser dulce.

Desde aquella noche,

hablaron hasta el amanecer
de ciudades sumergidas,
de dragones dormidos
bajo montañas de cristal,
de árboles
que aprendían los sueños
de los niños
para convertirlos en hojas.

Nunca se prometieron eternidad.

Sabían demasiado
sobre el paso del tiempo.

Solo se regalaron
cada noche.

Y eso bastaba.

Pero el amor
es una lámpara
que ilumina incluso
los rincones
donde se esconden
los viejos hechizos.

La hechicera del Norte,
celosa de aquella dicha,
pronunció una sentencia:

—Ningún corazón mortal
puede amar
a quien pertenece
a la memoria.

Cuando vuelva la luna nueva,
uno de los dos
deberá olvidar.

La princesa
guardó silencio.

El fantasma
cerró los ojos.

El lago dejó de reflejar
las estrellas.

Y aquella noche,
el viento
no encontró canciones
entre las ramas.

Llegó la luna nueva.

Ella despertó
sin recordar
por qué cada amanecer
sentía un vacío
junto a su pecho.

Él continuó caminando
entre las brumas.

Pero cada vez
que pasaba
bajo las ventanas
del viejo castillo,

levantaba la vista.

Y sonreía.

Porque el amor verdadero
no siempre vive
en la memoria.

A veces

permanece oculto

en aquello
que el corazón
es incapaz de olvidar,

aunque la mente
ya no recuerde su nombre.