La casa de Samuel
Martín conocía Toledo desde niño. Había recorrido sus calles llevando encargos del taller de su padre, había aprendido a distinguir los olores de cada barrio y sabía qué puertas permanecían abiertas hasta más tarde. Conocía los lugares donde los comerciantes discutían los precios, las esquinas donde los muchachos se reunían al caer la tarde y los callejones que convenía evitar cuando la noche cubría la ciudad. Aquella noche, sin embargo, todo parecía distinto.
Corría con la respiración entrecortada mientras los cascos de los caballos resonaban detrás de él. Giró por una calle estrecha y pasó junto a una fuente cuyo hilo de agua caía lentamente sobre la piedra. Al volverse, distinguió a tres jinetes entrando en la calle que acababa de abandonar. Apretó el paso. Sabía que, si continuaba hacia el barrio de los mercaderes, podrían alcanzarlo con facilidad. Los caballos tendrían espacio suficiente para avanzar.
Recordó entonces un viejo pasadizo que atravesaba dos casas y desembocaba cerca de la muralla. Se metió por él y se agachó detrás de unos cántaros abandonados. Los jinetes pasaron de largo, aunque poco después se detuvieron. Martín escuchó una voz que preguntaba dónde estaba y otra que respondía que tenía que haber pasado por allí.
—Registrad las casas.
El muchacho cerró los ojos y procuró contener la respiración. Una puerta se abrió al otro lado del callejón y varias voces comenzaron a intercambiar palabras que no alcanzó a entender. Los caballos permanecieron allí durante unos instantes antes de alejarse. Martín esperó todavía un poco más. Cuando finalmente salió de su escondite, el cielo empezaba a aclararse ligeramente por el este. Aún faltaban horas para el amanecer, pero comprendió que debía llegar cuanto antes hasta Samuel.
La casa del comerciante estaba situada en una calle tranquila, cerca de las viviendas de varias familias judías. Martín había estado allí alguna vez acompañando a su padre y recordaba el llamador de bronce que colgaba de la puerta. Lo golpeó tres veces. Nadie respondió. Volvió a llamar y, esta vez, escuchó movimiento en el interior.
—¿Quién es?
Martín miró hacia la calle antes de responder.
—Traigo un mensaje para Samuel ben Ezra.
Hubo un breve silencio. La puerta se abrió apenas unos dedos y apareció el rostro de un anciano.
—¿Quién te envía?
—Un hombre que está muerto.
El anciano lo observó durante unos instantes y finalmente abrió.
—Entra.
Martín cruzó el umbral. La casa olía a pergamino, aceite y madera vieja. Había estanterías llenas de libros y documentos, mientras sobre una mesa descansaban varios recipientes de tinta junto a plumas cuidadosamente preparadas. El anciano cerró la puerta y echó el cerrojo.
—¿Dónde está Samuel?
—Soy yo.
Martín se quedó sorprendido. Había esperado encontrar a un hombre mucho más joven. Samuel ben Ezra debía de rondar los sesenta años; tenía el cabello completamente blanco y una barba corta, cuidadosamente recortada. Sus ojos, sin embargo, conservaban una viveza que hizo sentir a Martín que aquel hombre veía mucho más de lo que decía.
—Habla.
Martín sacó la llave.
Samuel la reconoció inmediatamente. Su expresión cambió y durante un instante pareció haber envejecido diez años.
—¿Dónde la has encontrado?
—Me la entregó un hombre herido.
—¿Quién?
—No lo sé.
Samuel se acercó, tomó la llave y la giró entre los dedos para observar la pequeña marca grabada en el hierro.
—Dios mío…
Martín aguardó unos segundos antes de preguntar:
—¿Qué significa?
Samuel levantó la mirada.
—¿Te dijo alguna palabra?
Martín recordó las últimas palabras del moribundo.
—Me pidió que te dijera que la sombra ha llegado.
Samuel dejó caer la mano.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—¿Y algo más?
Martín dudó.
—Habló de un árbol.
Samuel guardó silencio. Después se acercó a la ventana y apartó ligeramente la cortina. La calle seguía vacía.
—¿Te han seguido?
—Tres hombres a caballo.
Samuel cerró los ojos.
—Entonces ya es demasiado tarde.
Martín sintió un escalofrío.
—¿Qué ocurre?
El anciano se volvió hacia él.
—Escúchame con atención. A partir de este momento tu vida ha cambiado.
—Yo solo he traído una llave.
—Has traído mucho más que eso.
Samuel caminó hasta una de las estanterías, apartó varios manuscritos y dejó al descubierto una pequeña caja de madera. La llevó hasta la mesa y la colocó frente a Martín. Tenía una cerradura cuya forma coincidía con la llave.
—¿Qué hay dentro?
Samuel introdujo la llave, aunque antes de girarla permaneció unos instantes contemplando la caja.
—Hay cosas que permanecen enterradas porque el mundo todavía no está preparado para recordarlas.
Giró la llave. El mecanismo produjo un sonido seco y la tapa comenzó a levantarse. Dentro había un pequeño fragmento de pergamino. Samuel lo tomó con ambas manos y lo extendió sobre la mesa. Martín se inclinó para verlo mejor. En él aparecían tres nombres: el primero estaba escrito en árabe, el segundo en hebreo y el tercero en latín. Debajo de ellos figuraba una fecha.
Año 1054.
Samuel palideció.
—¿Qué significa? —preguntó Martín.
El anciano volvió a mirar hacia la puerta.
—Significa que alguien ha decidido despertar una historia que llevaba treinta años enterrada.
En aquel momento llamaron.
Fueron tres golpes lentos y precisos.
Samuel apagó la lámpara y Martín quedó inmóvil en la oscuridad. Volvieron a llamar, esta vez con más fuerza. El anciano guardó el pergamino bajo su túnica y señaló un rincón de la estancia.
—Escóndete.
—¿Quién es?
Samuel lo miró.
—Los hombres que mataron al que te entregó la llave.
Los golpes volvieron a resonar. Desde el otro lado de la puerta llegó una voz grave.
—Samuel ben Ezra.
El anciano permaneció inmóvil.
La voz volvió a hablar.
—Sabemos que el muchacho está contigo.
El misterio, la intriga en mi opinión es quizás el centro de la historia.
ResponderEliminarPersonas que tienen que huir, y son perseguidos, por otra parte el señor que estaba esperando la llave. El contenido de la caja aún no era recordado por el mundo.
Como espectadora me parece muy interesante.
Seguirá siendo misterioso. Besos siempre
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