El que recuerda
Martín permaneció largo rato junto a la mesa del taller, con el pergamino entre las manos y la mirada fija en aquella frase que parecía haber sido escrita para él. Había conocido el miedo durante la noche, había visto morir a un hombre y había descubierto que alguien estaba dispuesto a matar por una pequeña llave de hierro, pero todo aquello empezaba a parecerle menos inquietante que el silencio de su propia casa. Su padre había desaparecido sin dejar rastro y, por alguna razón que todavía no alcanzaba a comprender, alguien había dejado allí aquella advertencia.
Guardó el pergamino bajo la camisa y recorrió de nuevo el taller. Las herramientas seguían en su sitio, aunque había algo que había cambiado. Al principio no supo qué era. Después comprendió que faltaba una de las cajas pequeñas que su padre utilizaba para guardar piezas de metal, monedas y objetos que consideraba demasiado valiosos para dejarlos a la vista.
Se acercó al banco de trabajo y examinó la madera.
Había una marca reciente.
Tres líneas cruzadas formando un signo que Martín nunca había visto antes.
Pasó los dedos por la hendidura y sintió un extraño escalofrío. Entonces recordó las palabras del hombre moribundo:
Cuando la sombra alcance las dos tierras… buscad el árbol sin raíces.
Aquella frase había sonado como el delirio de un moribundo. Ahora empezaba a comprender que podía tratarse de una contraseña.
Salió del taller y cerró la puerta. Durante unos instantes permaneció en mitad de la calle, sin saber hacia dónde dirigirse. Pensó en Samuel, pero volver a su casa podía significar caer directamente en manos de quienes lo habían perseguido. Pensó en buscar a los guardias de la ciudad, aunque algo en su interior le decía que aquella historia había permanecido oculta durante demasiado tiempo para confiarla a los hombres que vigilaban las puertas de Toledo.
Solo quedaba una posibilidad.
Encontrar a quien recordaba el año 1054.
Pero ¿quién podía recordar algo ocurrido treinta años atrás?
Martín comenzó a caminar.
En una de las zonas más antiguas de Toledo, donde las casas parecían apoyarse unas sobre otras y las calles se estrechaban hasta convertirse en corredores de piedra, vivía una mujer muy anciana llamada Miriam.
Martín había oído hablar de ella alguna vez. Algunos decían que conocía las historias de las familias más antiguas de la ciudad; otros aseguraban que durante su juventud había trabajado copiando textos para hombres que hablaban tres lenguas y que jamás pronunciaban sus verdaderos nombres.
Martín llegó hasta su puerta poco después del amanecer.
Llamó dos veces.
No obtuvo respuesta.
Llamó una tercera.
—Sé quién eres —dijo una voz desde dentro.
Martín se quedó inmóvil.
La puerta se abrió lentamente.
Una mujer de cabello completamente blanco lo observó desde el umbral. Sus ojos eran pequeños y profundos, pero conservaban una claridad que hizo que Martín bajara instintivamente la mirada.
—Tu padre tardó demasiado en enviarte —dijo.
Martín sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Conoce a mi padre?
Miriam abrió un poco más la puerta.
—Conocí al hombre que era antes de convertirse en tu padre.
Aquella respuesta lo desconcertó.
—No entiendo.
—Entra.
La estancia estaba llena de libros, pergaminos y pequeñas cajas de madera. En las paredes había símbolos hebreos, árabes y latinos escritos sobre tablillas. Martín reconoció algunos, aunque otros le resultaron completamente extraños.
Miriam cerró la puerta.
—Samuel sabía que algún día vendrías.
—Samuel está en peligro.
—Todos lo estamos.
—Han entrado en mi casa.
La anciana lo miró fijamente.
—Entonces ya han comenzado.
Martín sacó el pergamino y se lo entregó.
Miriam lo leyó.
Durante varios segundos permaneció en silencio. Después levantó la mirada.
—¿Dónde encontraste esto?
—En el taller de mi padre.
La anciana cerró los ojos.
—Entonces él ha elegido.
—¿Elegido qué?
Miriam se acercó a una pequeña arca situada junto a la pared. Sacó una llave y abrió el cierre. Dentro había varios rollos de pergamino cuidadosamente envueltos en tela.
—Hace treinta años —dijo—, tres hombres se reunieron en Toledo.
Martín sintió que el aire de la habitación se volvía más pesado.
—¿En 1054?
Miriam asintió.
—Un cristiano. Un musulmán. Un judío.
Sacó uno de los pergaminos.
—Durante años intentaron impedir que la guerra convirtiera a los habitantes de estas tierras en enemigos antes que en vecinos. Creían que las fronteras podían cambiar, que los reyes podían morir y que los ejércitos podían conquistar ciudades, pero también creían que había algo que debía permanecer.
—¿Qué?
Miriam desenrolló lentamente el pergamino.
—La memoria.
El texto estaba escrito en tres alfabetos diferentes. Martín reconoció algunos signos del árabe y del hebreo, pero las primeras líneas estaban en latín.
Miriam comenzó a leer.
Su voz era débil, aunque cada palabra parecía haber sobrevivido a los años con una fuerza propia:
Tres tierras beben del mismo río,
tres nombres guarda la misma piedra;
cuando el hierro levante su canto
y la noche reclame la tierra,
que nadie pregunte quién fue primero,
pues todos habrán de perder.
Guardad la palabra bajo la raíz,
donde ningún rey pueda encontrarla;
cuando la sombra cruce las dos tierras,
cuando el olivo deje de dar fruto,
cuando el hierro despierte bajo la piedra,
el que recuerde abrirá la puerta.
Martín permaneció inmóvil.
Había algo en aquellos versos que le resultaba familiar. No las palabras, que jamás había escuchado, sino la sensación de haberlos conocido antes, como cuando un sueño olvidado regresa de pronto sin revelar de dónde procede.
—¿Quién escribió eso?
Miriam volvió a enrollar el pergamino.
—Eso es lo que llevamos treinta años intentando descubrir.
—Pero usted ha dicho que hubo tres hombres.
—Sí.
—Entonces uno de ellos debió escribirlo.
La anciana negó lentamente con la cabeza.
—Los tres lo firmaron. Ninguno lo escribió.
Martín sintió que aquella respuesta escondía algo más.
—¿Y qué ocurrió?
Miriam miró hacia la pequeña ventana. Sobre los tejados de Toledo comenzaba a levantarse el sol.
—Uno de ellos traicionó a los otros dos.
—¿Quién?
Miriam volvió los ojos hacia él.
—Eso es precisamente lo que quieren encontrar quienes buscan la llave.
Martín comprendió entonces que la pequeña pieza de hierro que Samuel había guardado podía ser mucho más importante de lo que había imaginado.
—¿Y el árbol sin raíces?
La anciana tardó en responder.
—Existe.
—¿Dónde?
Miriam se acercó a él hasta quedar a pocos pasos.
—En un lugar donde los hombres llevan siglos buscando raíces y solo encuentran piedra.
Martín frunció el ceño.
—No entiendo.
—Todavía no.
La anciana volvió a guardar el pergamino.
—Pero pronto tendrás que hacerlo.
Afuera se escucharon cascos de caballos.
Miriam se quedó completamente quieta.
Los caballos se detuvieron en la calle.
Después llegaron voces.
—¿Quién vive aquí?
Miriam apagó la lámpara.
—Ya te han encontrado.
Martín sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué hago?
La anciana señaló una pequeña puerta situada detrás de los pergaminos.
—Corre.
—¿Y usted?
Miriam sonrió con una serenidad extraña.
—Yo llevo treinta años esperando este momento.
Los golpes comenzaron a sacudir la puerta.
Martín abrió la pequeña salida y, antes de desaparecer, escuchó la voz de Miriam detrás de él:
—Recuerda una cosa, muchacho.
Martín se volvió.
—¿Qué cosa?
La anciana sostuvo su mirada.
—Las guerras las escriben los vencedores. La verdad suele sobrevivir en los versos.
Martín descendió el primer escalón.
Entonces Miriam añadió algo que hizo que se detuviera.
—Y cuando encuentres el árbol, no busques sus raíces.
—¿Por qué?
La anciana miró hacia el pergamino que acababa de guardar.
—Porque quizá ya las hayas encontrado.
Martín quiso preguntarle qué significaba aquello, pero la puerta se cerró.
Descendió por la estrecha escalera mientras los hombres entraban en la casa.
Al llegar al callejón, se volvió hacia la vivienda. Durante unos segundos esperó escuchar un grito, un golpe o cualquier señal que le indicara qué había sucedido allí dentro. Solo oyó el ruido de los caballos y las voces apagadas de los hombres.
Después echó a andar.
La mañana había cubierto Toledo de luz, pero la ciudad le pareció más oscura que unas horas antes.
Ahora sabía que tres hombres habían intentado proteger un secreto en 1054. Sabía que uno de ellos había traicionado a los demás. Sabía que su padre conocía aquella historia y que Samuel había estado esperando la aparición de la llave.
Lo que todavía ignoraba era por qué todos aquellos caminos habían terminado conduciéndolo a él.
Y mientras avanzaba entre las calles de Toledo, una idea comenzó a tomar forma en su pensamiento.
Quizá su padre no había desaparecido aquella mañana.
Quizá llevaba treinta años preparando su desaparición.
Y quizá la llave que había llegado hasta sus manos no había abierto todavía ninguna puerta porque la puerta que debía abrir estaba dentro de él.
Leer está historia me ha parecido, además de intrigante, todos los detalles de la Ciudad, las calles, las luces, y lo que se ve a medida que el personaje avanza por esos lugares. Es sensación mía de estar justo ahí caminando y viéndolo todo.
ResponderEliminarEl año 1054, debe ser la clave del desarrollo de la historia.
Miriam, Samuel, Martín, el padre de él todo guarda relación
Treinta años han esperado para descubrir, debe ser algo importante
Puede que sea la liberación, la luz, la memoria.
Seguiría escribiendo frente al mar, rony estrellas
1054 Taifa de Toledo. Al-Mamun. Batalla de Atapuerca, Burgos. Será o no será. Nadie lo sabe. Disfruta del ron. Y del mar. Besos
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