Abandonaron las huertas antes de que anocheciera por completo, siguiendo un camino estrecho que discurría entre muros de piedra y campos sin cultivar. Sancho había decidido alejarse de la hospedería cuanto antes. El jinete que permanecía junto a la higuera podía haberlos visto entrar y salir, y aunque ignoraban a quién servía, su presencia bastaba para sospechar que la casa de Teresa llevaba tiempo bajo vigilancia. Martín se resistía a dejar atrás aquel lugar sin obtener más respuestas, pero comprendía que regresar pondría en peligro a la mujer y al cuaderno que guardaba.
La información que habían encontrado confirmaba que Mateo había vivido en 1054 y que su familia aparecía entre las casas señaladas antes del pacto. También demostraba que había rechazado incorporarse a las custodias. Sin embargo, ninguna de aquellas pruebas establecía que fuera el testigo que había visto preparar la lista, y menos aún que hubiera conocido al responsable de la orden. La diferencia podía parecer pequeña, pero Martín había aprendido que una conclusión precipitada era precisamente lo que sus enemigos necesitaban para desviar la investigación.
—Tenemos que averiguar qué ocurrió con Mateo después de abandonar la hospedería —dijo mientras caminaba junto a Samuel—. Si mi padre llegó hasta él, quizá dejara alguna indicación sobre el lugar donde se encontraron.
—Hernán dijo que tu padre regresó después de unos días y que había encontrado a alguien capaz de confirmar parte de la historia —respondió Samuel—. No sabemos si fue Mateo. Lo que sí sabemos es que tu padre buscaba una declaración y que los documentos que llevaba consigo no eran los mismos que dejó en la antigua administración.
—¿Crees que pudo conservar una copia del cuaderno?
—Es posible, pero no tenemos motivos para darlo por hecho. Tal vez obtuviera un testimonio oral, una carta o una prueba distinta. Debemos buscar el rastro que dejó, no imaginar lo que pudo llevarse.
A unos pasos de ellos, Hernán escuchaba la conversación con expresión preocupada. La advertencia de Martín sobre su padre le había hecho recordar algo que hasta entonces no había considerado importante.
—Cuando vino a verme, preguntó por un antiguo molino situado junto al camino del norte. Dijo que necesitaba localizar un lugar donde los viajeros pudieran descansar sin registrarse en las ventas ni dar sus nombres a los administradores. Yo le hablé de una construcción que había pertenecido a los Valdearenas, aunque no sabía si seguía en pie.
Sancho se detuvo.
—¿Por qué no lo mencionaste antes?
—Porque creía que buscaba un escondite para los documentos. Ahora que conocemos la relación de esa familia con Mateo, quizá estuviera intentando encontrar al hombre que se había apartado de las custodias.
Rodrigo miró hacia la ladera por la que habían descendido.
—Si el molino sigue en pie, también puede ser el lugar que busca el jinete. Tal vez haya seguido el mismo rastro que nosotros.
—O quizá vigile la hospedería por otro motivo —dijo Samuel—. No podemos convertir cada coincidencia en una certeza.
Sancho observó el terreno y decidió que se acercarían al molino, aunque tomarían una ruta distinta de la que Hernán recordaba. Antes de continuar, pidió a todos que evitaran mencionar el nombre de Mateo en los lugares habitados. Si el hombre había renunciado a las custodias para proteger a su familia, cualquier pregunta indiscreta podía poner en peligro a quienes aún conservaban su memoria.
La marcha se prolongó hasta que la luz comenzó a desaparecer. Al cruzar un pequeño puente de madera, encontraron una casa aislada junto a un arroyo. De su chimenea salía un hilo de humo y, en el corral, una mujer recogía unas gallinas antes de cerrar la puerta. Sancho se acercó a pedir agua y a preguntar por el camino, sin mencionar el molino ni la hospedería.
La mujer los observó con desconfianza, aunque terminó llenando una jarra. Cuando Rodrigo preguntó si había algún paso seguro hacia el norte, ella señaló un sendero que se internaba entre los árboles.
—Por ahí se llega al molino viejo, pero hace años que nadie trabaja en él. Si buscáis alojamiento, seguid hasta la aldea. Allí encontraréis una casa donde admiten viajeros.
—¿Vive alguien cerca del molino? —preguntó Hernán.
La mujer dejó la jarra sobre el brocal del pozo.
—Un hombre pasa por allí de vez en cuando. No sé cómo se llama. Compra harina, sal y aceite en la aldea, siempre en cantidades pequeñas. Algunos dicen que fue soldado; otros, que trabajó para un señor de Castilla. Yo no hago preguntas a quien paga lo que compra y deja tranquilos a los demás.
Sancho agradeció el agua y se apartó con el grupo. La descripción encajaba con demasiadas posibilidades como para identificar al desconocido, pero la existencia de un hombre que utilizaba el molino como refugio les proporcionaba una nueva pista. Podía tratarse de Mateo, de alguien que lo había conocido o de un simple viajero que nada tuviera que ver con el pacto.
Decidieron pasar la noche en la aldea y acercarse al molino al día siguiente. Durante la cena, en una estancia modesta iluminada por una lámpara de aceite, Samuel volvió a ordenar mentalmente los datos que habían reunido. La lista había sido preparada antes del juramento; una copia había sido transportada por un mensajero; Sebastián Muñoz podía haber redactado una declaración para impedir que los nombres se utilizaran como prueba de una aceptación inexistente, y Mateo había rechazado la custodia porque su familia figuraba entre las casas señaladas. Cada hecho estaba relacionado con los demás, aunque todavía faltaba demostrar la conexión entre ellos.
—Hay algo que me preocupa —dijo al fin—. Hemos encontrado señales de que varias personas intentaron conservar la verdad, pero no sabemos si todas perseguían el mismo propósito. Un hombre pudo querer proteger a las familias; otro, salvarse de una acusación; y un tercero, ocultar su propia participación. No debemos atribuirles una intención común solo porque sus documentos hayan terminado juntos.
—Entonces, ¿cómo distinguiremos a los que protegieron el secreto de los que lo utilizaron? —preguntó Gabriel.
—Por lo que hicieron cuando tuvieron la oportunidad de elegir —contestó Samuel—. Las palabras pueden falsificarse. Las decisiones dejan consecuencias.
Martín guardó silencio. Recordó a Lope de Valcárcel, que le había entregado la cuarta hoja sin exigir nada a cambio, y a Sancho, que había ocultado documentos aunque con ello se hubiera condenado a vivir perseguido. Ninguno de los dos era un hombre sin sombras, pero sus actos demostraban que la herencia familiar no bastaba para decidir de qué lado estaba cada uno. También pensó en su padre, que había seguido el rastro de un testigo sin revelar a nadie adónde se dirigía. Tal vez había querido protegerlo; tal vez había descubierto algo que lo obligó a actuar en secreto.
A la mañana siguiente salieron de la aldea antes de que comenzara la actividad en las calles. El molino se encontraba a menos de una hora, junto a un cauce estrecho que descendía desde las colinas. La construcción tenía el tejado parcialmente hundido y una de las aspas permanecía caída sobre el muro. A pesar de su estado, el camino de entrada mostraba huellas recientes y junto a la puerta había un montón de leña seca.
Sancho hizo una señal para que esperaran mientras él examinaba los alrededores. No encontró caballos ni rastros de una presencia numerosa. Después llamó a la puerta con los nudillos y aguardó. Desde el interior llegó un ruido de pasos, seguido por una voz ronca.
—¿Quién anda ahí?
—Un viajero que busca a un hombre que quizá prefiera conservar su nombre en secreto —respondió Sancho.
El silencio se prolongó. Cuando la puerta se abrió, apareció un hombre de edad avanzada, delgado y de barba gris. Tenía una cicatriz pequeña junto a la sien y sostenía un bastón con la mano izquierda. Su mirada recorrió a los recién llegados hasta detenerse en Sancho.
—Hace muchos años que nadie utiliza esa forma de preguntar.
Sancho inclinó ligeramente la cabeza.
—Hace muchos años que intento no preguntar por personas que desean permanecer ocultas.
El hombre observó a Martín, después a Hernán y finalmente a Samuel. Pareció reconocer algo en sus rostros, aunque no mostró sorpresa.
—Entrad, pero dejad las armas junto a la puerta. Si habéis venido a buscar un culpable para entregarlo a un señor, os habéis equivocado de casa.
—Buscamos a un testigo de los hechos ocurridos en 1054 —dijo Martín—. No queremos acusar a nadie sin pruebas. Necesitamos saber qué ocurrió con una lista de familias preparada antes de un pacto entre tres hombres.
El anciano cerró la puerta y permaneció un momento de espaldas a ellos, con la mano apoyada en el cerrojo. Después se volvió.
—¿Quién os ha hablado de esa lista?
—Hemos encontrado documentos de la antigua administración, una declaración atribuida posiblemente a Sebastián Muñoz y un cuaderno conservado por la familia de los Valdearenas —respondió Samuel—. En él aparece el nombre de Mateo, relacionado con una casa señalada y con su negativa a formar parte de las custodias.
El hombre apretó el bastón. Durante unos instantes pareció que iba a negar cualquier relación con aquel nombre. Finalmente se sentó junto a una mesa cubierta de papeles y señaló las sillas.
—Mateo fue el nombre que me dieron al nacer. Durante una parte de mi vida utilicé otros, porque hubo hombres que buscaron a mi familia para obligarme a declarar contra personas a las que apenas conocía. Después dejé de utilizar todos aquellos nombres y me marché al norte. Pero no fui el único que cambió de identidad, y tampoco fui el único que sufrió por aquella lista.
Martín sintió que la respiración se le detenía. Habían encontrado al hombre que buscaban, aunque todavía ignoraban si era el mismo testigo al que se refería la declaración de los ausentes.
—¿Viste preparar la lista? —preguntó.
Mateo miró a Samuel antes de responder.
—Vi cómo llegaba una relación de casas a la administración. No presencié la orden original y nunca conocí al hombre que la dictó. Mi trabajo consistía en copiar documentos y llevarlos a una estancia donde se guardaban los registros. Una mañana me entregaron una lista que ya estaba escrita. Me pidieron que comprobara algunos nombres y que indicara los caminos por los que se podía llegar a las casas. No me dijeron para qué serviría.
—¿Sabías que se iba a celebrar el pacto? —preguntó Rodrigo.
—Sabía que tres hombres iban a reunirse para acordar una protección entre comunidades enfrentadas. También sabía que algunos oficiales consideraban peligrosa aquella negociación, porque podía impedirles utilizar a las familias como moneda de cambio. Pero no conocía las condiciones completas del juramento ni lo que cada firmante estaba dispuesto a aceptar.
Samuel se inclinó hacia delante.
—¿Quién te entregó la relación?
Mateo negó lentamente.
—No recuerdo su nombre. Han pasado treinta años y entonces era un hombre joven. Recuerdo que llevaba un sello de la administración, pero no puedo asegurar que perteneciera al responsable de la orden. Los sellos se prestaban, se copiaban y, en ocasiones, se utilizaban sin autorización. Lo que sí recuerdo es que el mensajero me dijo que la lista debía estar preparada antes de la reunión y que no se entregaría a los soldados hasta que se conociera el resultado del juramento.
Martín recordó las palabras de la carta encontrada por Hernán. La declaración de Mateo confirmaba una parte esencial de aquel documento: la relación existía antes del pacto y se estaba organizando para poder utilizarla después. Sin embargo, seguía sin revelar quién había dado la orden ni si los firmantes conocían su verdadero propósito.
—¿Qué hiciste cuando comprendiste para qué podía servir? —preguntó.
—Al principio obedecí. Copié los nombres y señalé los caminos que conocía. No me enorgullece admitirlo, pero entonces creía que la lista se utilizaría para garantizar la protección de las familias. La advertencia llegó después, cuando vi que algunos oficiales añadían marcas junto a determinados nombres. Aquellas señales indicaban qué casas podían ser acusadas de mantener acuerdos con ambas partes. Comprendí que la misma relación podía convertirse en una herramienta de persecución.
El anciano hizo una pausa y se frotó las manos, como si todavía sintiera el frío de aquella estancia.
—Intenté retirar mi copia y advertir a un escribano. No sé si era Sebastián Muñoz, porque nunca me dijeron su nombre completo. El hombre me escuchó y me aconsejó que no regresara a la administración. Me dijo que había documentos que ya no podían destruirse sin despertar sospechas, y que la única manera de impedir que se utilizaran contra las familias era conservar pruebas de cómo habían sido preparados.
—¿Ese hombre escribió la declaración que hemos encontrado? —preguntó Samuel.
—No puedo asegurarlo. Me pidió que describiera lo que había visto y que no añadiera nada que no pudiera confirmar. Yo escribí una relación de los hechos y se la entregué. No volví a verla. Si la declaración que habéis encontrado conserva mis palabras, al menos una parte de mi testimonio sobrevivió.
—¿Y por qué rechazaste la custodia? —preguntó Elías.
Mateo bajó la mirada.
—Porque mi familia estaba entre las casas señaladas. Si aceptaba formar parte de las custodias, los responsables podían utilizar ese vínculo para acusarnos de haber participado en el pacto. Mi padre tenía hijos pequeños y mi hermana vivía en la hospedería de los Valdearenas. No quería que todos quedaran expuestos por lo que yo había visto. Me aparté y pedí que no escribieran mi nombre en los registros. Creí que así los protegería.
—Pero al desaparecer tu nombre, también desapareció tu testimonio —dijo Martín.
—Sí. Fue el precio de aquella decisión. Durante años pensé que había hecho lo correcto, aunque a veces me pregunté si mi silencio había permitido que otros falsificaran la historia. No podía regresar sin poner en peligro a mi familia, y cuando supe que algunos hombres habían sido acusados de traicionar el pacto, ya era demasiado tarde para impedirlo.
Rodrigo se levantó y comenzó a caminar por la estancia.
—¿Sabes quién recibió la lista después de la reunión?
—Vi a un oficial llevarse una copia, pero no puedo afirmar que fuera el hombre que la utilizó contra las familias. También vi que una segunda relación se guardaba en un arca distinta, junto a documentos que no debían salir de la administración. Años después supe que algunas casas habían sido denunciadas por mantener acuerdos con los musulmanes y con los cristianos. No sé si aquellas acusaciones procedían de la lista original o de una copia modificada.
—¿Recuerdas algún nombre de los oficiales? —preguntó Hernán.
Mateo cerró los ojos, esforzándose por recuperar una imagen que llevaba décadas intentando olvidar.
—Recuerdo un apellido, aunque no sé si pertenecía al hombre que dio la orden o a quien supervisaba los registros. Era un nombre que aparecía en las cuentas de la administración y que estaba relacionado con los pagos a los mensajeros. No quiero pronunciarlo hasta estar seguro. Una equivocación podría convertir a un inocente en culpable.
Samuel asintió. Por primera vez desde que había comenzado la búsqueda, comprendía que la prudencia del anciano no era una forma de evasión. Mateo había aprendido que una acusación podía sobrevivir mucho más tiempo que las pruebas que la habían originado.
—No te pediremos que acuses a nadie por un recuerdo incompleto —dijo—. Si existe una copia de las cuentas o una declaración que pueda contrastarse con tu testimonio, la buscaremos. Lo importante es establecer qué viste y qué no viste.
Mateo pareció aliviarse al escuchar aquellas palabras. Después miró a Martín con una atención distinta, como si acabara de reconocer en él algo que llevaba tiempo esperando.
—Has dicho que tu padre desapareció mientras investigaba el pacto. ¿Cómo se llamaba?
Martín pronunció el nombre de su padre.
El anciano permaneció inmóvil. Luego se levantó con dificultad, cruzó la estancia y abrió un pequeño cofre colocado bajo una ventana. De su interior sacó una carta doblada y sellada con cera oscura. El sello estaba roto, pero el papel parecía haber sido protegido de la humedad.
—Ese hombre vino a verme hace tres años —dijo Mateo—. Me mostró una copia de la declaración que yo había entregado mucho tiempo atrás. Quería saber si el testimonio era mío y si recordaba al mensajero que había transportado la lista. Le conté lo que acabáis de escuchar, aunque entonces no me atreví a revelar mi nombre completo. Antes de marcharse, me pidió que guardara esta carta hasta que alguien llegara buscando la verdad sin exigir un culpable de antemano.
Martín tomó el documento con manos temblorosas. Reconoció la escritura de su padre antes incluso de desplegarlo. La carta era breve y no contenía una explicación completa de lo sucedido, pero aquellas palabras demostraban que el hombre había llegado hasta Mateo y que había dejado allí una parte de su investigación.
«Si alguien llega hasta ti después de mi partida, no le entregues la verdad como una acusación, sino como una pregunta que todavía debe responderse. He encontrado diferencias entre la relación conservada por la administración y los nombres que aparecen en la declaración. Alguien modificó una copia después del juramento, pero aún no sé si lo hizo para ocultar a los responsables o para cargar toda la culpa sobre un hombre que ya no podía defenderse. Voy a buscar el registro de los pagos. Si consigo encontrarlo, sabré quién recibió la orden y quién la transmitió».
La carta terminaba con una frase escrita en el margen inferior: «No confíes en quien diga poseer las seis hojas. Pregunta qué parte de la historia puede demostrar sin ellas».
Martín leyó el texto una segunda vez. Su padre no había dejado constancia de que conociera la identidad del responsable, ni había afirmado haber encontrado el registro de los pagos. Al contrario, la carta demostraba que seguía investigando cuando abandonó el refugio de Mateo. El documento no aclaraba dónde había ido después ni qué le había sucedido, pero confirmaba que su desaparición estaba vinculada a la búsqueda de una prueba administrativa.
—¿Te dijo adónde iba? —preguntó Martín.
—Dijo que intentaría llegar a un archivo situado más al norte, donde se conservaban cuentas de varios señores que habían administrado aquellas tierras. No me dio el nombre del lugar. Me pidió que no lo siguiera y que, si regresaba, no hablara de nuestra conversación con nadie.
—¿Volviste a saber de él?
Mateo negó con tristeza.
—Nunca. Esperé durante meses, pero no apareció. Después recibí noticias de hombres que preguntaban por un escribano desaparecido y comprendí que alguien había descubierto nuestro encuentro. Desde entonces he permanecido aquí, utilizando el nombre de Mateo solo cuando era necesario. No sé si tu padre sigue vivo, pero tampoco tengo pruebas de que haya muerto.
Martín guardó la carta junto a la que ya llevaba. Por primera vez, su búsqueda tenía un punto de partida concreto para seguir el rastro de su padre: el registro de los pagos. La lista había sido preparada antes del pacto; una copia se había modificado después del juramento; y su padre había intentado averiguar quién recibió la orden y quién la transmitió. Si conseguían localizar las cuentas, quizá pudieran identificar al intermediario sin depender únicamente de recuerdos que el tiempo había debilitado.
Un golpe seco resonó en la puerta del molino.
Mateo se puso en pie con una rapidez que no correspondía a su edad. Sancho apagó la lámpara y se acercó a una abertura desde la que podía observar el exterior. A través de una rendija vio dos hombres junto al muro y un tercero que permanecía montado en el camino. Uno de los recién llegados llevaba una capa oscura. El otro tenía una cicatriz en la mejilla.
Eran los hombres que habían preguntado por la hospedería.
—Nos han seguido —susurró Rodrigo.
—O conocían el molino antes de que llegáramos —respondió Sancho—. En cualquier caso, ya no podemos salir por la puerta principal.
Mateo abrió una trampilla oculta bajo unas tablas y señaló una escalera que descendía hacia un pasadizo estrecho. Explicó que el conducto comunicaba con la parte baja del molino y desembocaba junto al cauce, donde los antiguos trabajadores sacaban la harina sin cruzar la estancia principal.
—Lleva muchos años sin utilizarse —advirtió—. No sé si la salida continúa despejada.
—Es nuestra única posibilidad —dijo Sancho.
Martín guardó las cartas y ayudó a Gabriel a bajar por la escalera. Samuel y Hernán lo siguieron, mientras Rodrigo permanecía unos instantes junto a la entrada para asegurarse de que nadie irrumpiera en la estancia. Cuando el primer hombre comenzó a golpear la puerta con la empuñadura de su espada, Rodrigo descendió y cerró la trampilla.
El pasadizo olía a humedad y tierra. Avanzaron encorvados, con las manos apoyadas en las paredes para no perder el equilibrio. El ruido de los golpes quedó atrás y pronto solo escucharon sus respiraciones y el agua que corría bajo el suelo. Al llegar al final, Sancho encontró una puerta estrecha atascada por el barro. Rodrigo y Hernán empujaron juntos hasta conseguir abrirla, y el grupo salió a una zanja cubierta de hierba, al otro lado del molino.
No se detuvieron hasta alcanzar una arboleda situada a cierta distancia. Desde allí vieron a dos de los perseguidores salir por la puerta principal, mientras el tercero rodeaba el edificio buscando otras salidas. Ninguno parecía saber por dónde habían escapado.
Martín se volvió hacia Mateo, que había conseguido seguirlos a pesar de su edad. El anciano llevaba consigo una pequeña bolsa, pero había dejado atrás casi todas sus pertenencias. Miró el molino con una tristeza serena.
—He pasado muchos años creyendo que mi silencio bastaría para proteger a los míos —dijo—. Ahora comprendo que, si nadie conserva el testimonio, otros pueden decidir qué ocurrió y utilizarlo para justificar cualquier cosa.
—Todavía puedes ayudarnos a reconstruir los hechos —respondió Martín—. No tienes que recordar lo que desconoces ni acusar a nadie por lo que no viste. Basta con que nos ayudes a encontrar el registro de los pagos.
Mateo asintió, aunque antes de continuar añadió algo que ninguno esperaba.
—Hay una cosa más que debes saber sobre tu padre. Cuando vino a verme, llevaba una copia de la lista en la que aparecían marcas junto a algunos nombres. Me mostró una de ellas y me preguntó si la había visto antes. Reconocí el signo, aunque no supe explicarle su significado completo. Era una cuarta línea, trazada junto a las tres marcas cruzadas. Le dije que la había encontrado en un registro posterior al pacto, junto al nombre de una familia que había sido acusada de traición.
Elías se acercó, atento a cada palabra.
—¿Recuerdas qué familia era?
—No. La tinta estaba corrida y solo pude distinguir parte del apellido. Tu padre creía que aquella marca indicaba a quién debía atribuirse la culpa, pero yo nunca estuve seguro. Podía señalar a una familia excluida de la protección, a un testigo apartado de las custodias o a alguien cuya declaración había sido rechazada.
Martín pensó en la inscripción que habían encontrado en tantos lugares, en la cuarta línea incompleta y en el hombre que había sido borrado de los registros. Tal vez aquella marca hubiera servido para identificar al testigo; quizá indicara a una familia cuya memoria se había querido separar del pacto. Sin el registro original, cualquier explicación seguía siendo provisional.
—¿Dónde viste ese documento? —preguntó Samuel.
—En la administración, varios años después del juramento. Si el registro de pagos que busca tu padre sigue conservado, puede que también contenga la anotación que vi. Las cuentas y las listas se guardaban en salas distintas, pero los hombres que trabajaban con ellas podían consultar ambas.
La noticia reforzaba la importancia de encontrar el archivo. Ya no se trataba únicamente de identificar al mensajero, sino de comprender qué significaba la marca que acompañaba a ciertos nombres y cómo había cambiado el uso de la lista después del juramento.
El grupo reanudó la marcha por un sendero que se internaba en las colinas. Mateo avanzaba despacio, apoyándose en su bastón, mientras Martín guardaba las cartas de su padre en el interior de la túnica. Habían encontrado al testigo que llevaba décadas oculto y confirmado que la lista se había preparado antes del pacto, pero la identidad de quien había dado la orden seguía sin resolverse.
El misterio de 1054 se había vuelto más preciso y, al mismo tiempo, más peligroso. La declaración de Mateo permitía reconstruir una parte de los hechos; la carta de su padre demostraba que alguien había alterado una copia después del juramento; y el registro de pagos podía revelar quién había transportado la orden y quién había recibido el documento. Ninguna de aquellas pruebas bastaba por sí sola, pero juntas ofrecían un camino que ya no dependía únicamente de las leyendas transmitidas por los guardianes.
Martín comprendió que su padre había estado cerca de descubrir algo decisivo. También comprendió que los hombres que los perseguían no temían únicamente que encontraran las seis hojas. Temían que las hojas fueran comparadas con los registros de la administración, porque allí podía aparecer una versión de los hechos que ninguna familia, ningún señor y ninguna comunidad hubiera conseguido controlar por completo.
Y mientras avanzaban hacia el norte, Martín se aferró a una esperanza que no se atrevía a convertir en certeza: si su padre había encontrado a Mateo y había seguido buscando el registro de los pagos, quizá todavía existiera un lugar donde alguien supiera qué le había ocurrido después.
En verdad se aproximan las certezas.
ResponderEliminarAunque tengo dudas al respecto: parece que se refiera la historia a la expulsión de los judíos y musulmanes, pero no creo.
Los guardianes, el pacto, los pagos, las familias que eran protegidas; todo esto en el año 1054.
Verdadero misterio.