Partieron antes de que amaneciera por completo, siguiendo un camino secundario que serpenteaba entre campos abandonados y pequeñas elevaciones cubiertas de encinas. Sancho había elegido aquella ruta para evitar los puestos de vigilancia de los caminos principales, aunque también pretendía llegar a Santa Olalla sin anunciar su presencia en las aldeas por las que pasaran. El traslado de los documentos había despertado sus sospechas, pero todavía ignoraban quién había decidido moverlos y si aquella decisión guardaba relación con su investigación.
Martín cabalgaba junto a Samuel, mientras Rodrigo y Hernán avanzaban unos pasos por delante. Gabriel viajaba detrás, con el brazo herido sujeto contra el cuerpo para evitar que los movimientos de la montura agravaran la lesión. A pesar de que el dolor parecía haber disminuido, de vez en cuando apretaba los dientes y cambiaba ligeramente de postura. Mateo, que no estaba acostumbrado a recorrer largas distancias a caballo, había aceptado viajar en una mula que Sancho consiguió en la aldea donde habían pasado la noche.
El anciano permanecía callado, atento a los campos y a los pequeños caminos que se abrían a ambos lados de la ruta. Martín comprendió que aquellos paisajes despertaban en él recuerdos de una época que había intentado olvidar durante décadas. No quiso interrogarlo. Ya había aprendido que, cuando Mateo hablaba, sus palabras tenían más valor si nacían de una necesidad propia que si respondían a preguntas insistentes.
A media mañana llegaron a una pequeña venta junto a un cruce de caminos. Se detuvieron para dar agua a los animales y preguntar cuánto faltaba para alcanzar Santa Olalla. El ventero, un hombre ancho de hombros y con las manos ennegrecidas por el trabajo, les indicó que debían continuar hacia el norte hasta encontrar un puente de piedra. Después de cruzarlo, una senda entre los robles los conduciría directamente a la propiedad.
—¿Se han trasladado allí algunos documentos de la administración? —preguntó Hernán, procurando que la pregunta pareciera casual.
El ventero dejó de limpiar una jarra.
—Ayer pasó un carro cargado de cajas. Lo acompañaban cuatro hombres y un escribiente que llevaba una tablilla colgada del cinturón. Dijeron que iban a guardar libros viejos, aunque uno de los hombres aseguró que no debían abrirse hasta recibir nuevas instrucciones.
—¿Reconociste al escribiente? —preguntó Samuel.
—No. Pero sí recuerdo al hombre que dirigía el carro. Tenía una cicatriz junto a la boca y hablaba como quien está acostumbrado a que los demás obedezcan.
Rodrigo y Sancho intercambiaron una mirada. La descripción coincidía con la del perseguidor que los había seguido desde la hospedería de Valdearenas. No podían demostrar que se tratara del mismo individuo, pero la coincidencia bastaba para extremar las precauciones.
—¿Hacia dónde fueron después? —preguntó Sancho.
—Continuaron hasta el puente. Allí los esperaba otro hombre. No vi qué hicieron, porque tuve que atender a unos arrieros, pero el carro siguió por la senda de Santa Olalla.
Sancho agradeció la información y ordenó que reanudaran la marcha. Una vez alejados de la venta, Rodrigo se acercó a él.
—Si ese hombre nos ha seguido hasta aquí, sabe que buscamos los registros.
—Es posible que nos haya seguido —respondió Sancho—. También puede que estuviera vigilando el traslado desde antes de que nosotros llegáramos al archivo. No confundamos las dos cosas.
—¿Y si intenta impedir que consultemos los libros?
—Entonces tendremos que averiguar qué teme que encontremos. Pero no vamos a enfrentarnos a él mientras ignoremos cuántos hombres tiene a su servicio.
El puente apareció poco antes del mediodía. Era una construcción antigua, de piedra oscurecida por la humedad, que cruzaba un arroyo estrecho. Al otro lado, la senda se internaba en un robledal y descendía después hacia una llanura donde se levantaba una casa fortificada. Tenía un muro exterior, una torre cuadrada y varias dependencias distribuidas alrededor de un patio. No era un castillo, aunque sus defensas indicaban que en otros tiempos había servido para proteger tanto a sus habitantes como los bienes que almacenaban.
A cierta distancia de la entrada vieron el carro que habían descrito en la venta. Dos hombres descargaban cajas mientras un tercero anotaba cada bulto en una tablilla. Junto al portón aguardaba un criado que llevaba una vara corta, más propia de un encargado de almacén que de un soldado.
Sancho propuso dejar los animales en una hondonada protegida por los árboles. Desde allí podían observar la entrada sin exponerse demasiado. Hernán y Samuel se acercarían primero para presentar la solicitud de consulta y comprobar si don Nuño se encontraba en la propiedad. El resto aguardaría hasta conocer la respuesta.
—Si nos preguntan por qué hemos venido —dijo Hernán—, diremos la verdad. Buscamos un registro de pagos de 1054 y tenemos una referencia que justifica la consulta.
—La verdad, cuando se presenta a destiempo, también puede poner en peligro a quienes la conocen —replicó Sancho—. No ocultéis lo que os pregunten directamente, pero tampoco entreguéis nombres que no necesitamos mencionar.
Hernán y Samuel se dirigieron al portón. El criado los recibió con desconfianza y les preguntó quién los enviaba. Cuando Hernán mencionó el nombre de don Esteban y mostró la nota que habían obtenido en el archivo, el hombre examinó el papel con atención.
—El señor Nuño está ocupado con el inventario —dijo—. Tendréis que esperar.
Los condujo a una estancia pequeña junto al patio, donde había un banco de madera y una mesa cubierta de documentos. Desde allí podían oír las voces de los trabajadores y el ruido de las cajas al ser depositadas en el almacén. Pasó casi una hora antes de que apareciera un hombre de edad avanzada, vestido con una túnica parda y un cinturón del que pendían varias llaves.
—Soy Nuño de Santa Olalla —se presentó—. Me han dicho que buscáis un registro antiguo.
Hernán explicó el motivo de su visita y le mostró la referencia de la anotación contable. Nuño la leyó dos veces. Al llegar a las palabras «relación reservada, casas y caminos», su expresión se endureció, aunque enseguida recuperó la serenidad.
—Ese libro no forma parte de los documentos que puedo mostrar sin autorización —dijo—. Algunos registros se conservan aquí porque pertenecieron a administraciones anteriores, pero eso no significa que cualquiera pueda examinarlos.
Samuel mantuvo la voz tranquila.
—No pretendemos llevarnos el volumen. Queremos comprobar una anotación relacionada con un documento que se preparó antes del juramento de 1054. Hemos encontrado referencias independientes a una relación de casas y caminos, y necesitamos saber si el registro auxiliar permite identificar a quien recibió el encargo.
Nuño levantó la vista.
—¿Quién os ha hablado de esa relación?
—Un testigo que trabajó con documentos de la administración —respondió Samuel—. Su testimonio no basta para establecer responsabilidades. Por eso hemos venido a consultar las cuentas.
El anciano dejó el papel sobre la mesa y se acercó a una ventana. Durante unos instantes contempló el patio, donde los trabajadores continuaban descargando cajas.
—En estos archivos se conservan muchas cosas que sus antiguos dueños preferirían olvidar —dijo—. Algunas fueron anotadas con exactitud y otras se registraron de manera incompleta. Si buscáis una verdad sencilla, habéis elegido mal el lugar.
—No buscamos una verdad sencilla —contestó Hernán—. Buscamos una que pueda demostrarse.
Nuño volvió a la mesa y estudió de nuevo la referencia.
—¿Conocéis el nombre de Gil?
Samuel no respondió inmediatamente. El anciano había pronunciado aquel nombre sin que ellos se lo hubieran mencionado. Martín, que observaba desde la distancia junto a Rodrigo, no pudo escuchar la conversación, pero vio que Hernán se inclinaba hacia delante y que Samuel permanecía inmóvil.
—Hemos oído ese nombre —dijo finalmente el judío—. No sabemos si corresponde al mensajero que transportó el documento.
Nuño cerró los ojos un instante, como si aquella respuesta confirmara una sospecha que llevaba tiempo intentando apartar.
—Gil fue un nombre utilizado por un hombre que trabajó para varias administraciones. No puedo asegurar que fuera su nombre verdadero. Transportaba cartas, cuentas y órdenes selladas. Murió hace muchos años, al menos eso me dijeron. Si buscáis una confesión, no la encontraréis en él.
—Buscamos el comprobante de entrega de una relación reservada —respondió Hernán—. Si el registro existe, puede indicar quién recibió el documento.
—El comprobante no se conserva en el libro de pagos.
Samuel frunció el ceño.
—¿Lo habéis visto?
Nuño tardó en responder.
—He visto una referencia a él. Hace años, cuando todavía revisaba los inventarios de esta casa, encontré una anotación que mencionaba un recibo separado de la cuenta principal. El texto indicaba que el portador había entregado el paquete a un funcionario cuyo nombre debía figurar en otro registro. Nunca llegué a consultar ese segundo volumen.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Hernán.
—No lo sé. La referencia estaba en un índice antiguo que desapareció durante una reorganización del archivo. Pudo extraviarse o ser trasladado a otra propiedad. Desde entonces, nadie ha vuelto a mencionarlo.
Samuel comprendió que Nuño no estaba hablando de oídas. Había consultado un documento que relacionaba el pago con un recibo separado y con otro registro. La información encajaba con el recuerdo de Pedro, el antiguo trabajador de caminos, quien había contado que un mensajero perdió el comprobante de entrega y reclamó el resto de su pago.
—¿Recordáis en qué año encontrasteis esa referencia? —preguntó.
—Hace unos quince años. No recuerdo la fecha exacta, pero el índice incluía documentos de mediados del siglo XI. La anotación estaba junto a otras cuentas de transporte.
—¿Aparecía alguna marca?
Nuño miró a Samuel con mayor atención.
—Una línea vertical junto al importe. ¿Por qué lo preguntáis?
—Porque hemos encontrado una marca semejante en el libro de pagos. No sabemos si tiene el mismo significado.
El anciano negó lentamente con la cabeza.
—No debéis atribuir a una señal más valor del que tiene. En los registros administrativos se utilizaban marcas parecidas por razones distintas. Algunas indicaban una cuenta pendiente; otras, que el comprobante estaba archivado en otro lugar. La única manera de saberlo es leer la instrucción que acompañaba al asiento.
Samuel asintió. La respuesta coincidía con lo que Pedro les había explicado y confirmaba que el registro auxiliar podía conducir a un segundo documento, posiblemente más importante que la propia cuenta.
Nuño se sentó y abrió un pequeño cuaderno que llevaba consigo. Buscó varias páginas hasta encontrar una relación de volúmenes pendientes de inventario.
—No puedo mostraros el registro de pagos sin autorización, pero quizá pueda comprobar si permanece aquí. Los libros trasladados ayer todavía no se han incorporado al inventario definitivo. Si me dais el título completo y la fecha aproximada, podré buscarlo.
Hernán le proporcionó los datos. Nuño los anotó cuidadosamente y llamó al criado que los había recibido.
—Acompáñalos hasta el almacén de registros —ordenó—. No abrirán ningún volumen sin mi presencia. Si el libro está allí, lo revisaremos juntos.
La decisión sorprendió a Samuel, que esperaba una nueva negativa. Sin embargo, cuando comenzaron a cruzar el patio, vio que Nuño se había quedado junto a la mesa, examinando de nuevo la nota del archivo. Su aparente disposición a colaborar no eliminaba las dudas, pero les ofrecía una oportunidad real de avanzar.
El almacén se encontraba en una dependencia adosada a la torre. El criado abrió una puerta de madera reforzada y los condujo por un pasillo estrecho hasta una sala donde se apilaban cajas de diferentes tamaños. Algunas llevaban etiquetas recientes; otras conservaban restos de inscripciones casi borradas. El aire olía a polvo, cuero viejo y humedad.
Nuño llegó poco después con una llave y un inventario provisional. Empezó por revisar las cajas correspondientes a los registros de transporte. Tras varias comprobaciones, encontró un volumen de tapas oscuras que llevaba una etiqueta con el año 1054. Lo depositó sobre una mesa y retiró con cuidado la cinta que lo mantenía cerrado.
—Este es el libro de cuentas auxiliares —dijo—. No puedo asegurar que contenga lo que buscáis, pero la fecha coincide.
Samuel abrió el volumen por las primeras páginas y comenzó a revisar las anotaciones. A diferencia del libro consultado en el archivo principal, este contenía referencias a recibos, cantidades pendientes y nombres de personas encargadas de entregar documentos. Las entradas estaban escritas por varias manos y algunas habían sido corregidas posteriormente.
Al llegar a una página fechada pocos días antes del juramento, encontró una referencia que coincidía con el pago que habían visto. Junto al importe figuraba una nota: «El portador entregó la relación en mano al oficial de recepción. El recibo queda unido al registro de correspondencia reservada».
No aparecía el nombre del oficial.
Samuel siguió leyendo. En el margen había una segunda anotación, escrita con una tinta más oscura: «La cantidad restante no se abonará hasta que el destinatario confirme la recepción». Debajo, alguien había añadido dos letras y un número: «S. M., 4».
Hernán se acercó para examinar la marca.
—Las mismas iniciales que aparecen en la declaración —murmuró.
—Las mismas letras, sí —respondió Samuel—. Pero todavía no podemos afirmar que se refieran a Sebastián Muñoz. Necesitamos comprobar quién escribió la anotación y qué significa el número.
Nuño permanecía al otro lado de la mesa. Al oír el nombre, su rostro perdió parte del color.
—¿Dónde habéis encontrado esas iniciales? —preguntó.
—En una declaración que afirma que alguien preparó una relación de familias antes del juramento —respondió Samuel—. También aparecen en una nota que ordena mantener separados dos documentos.
El anciano apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces habéis llegado más lejos de lo que esperaba.
—¿Conocéis a Sebastián Muñoz? —preguntó Hernán.
Nuño no contestó enseguida. Miró la página abierta y después la puerta del almacén, como si temiera que alguien pudiera haberlos seguido.
—Conocí a un escribiente con ese nombre. Trabajó en esta propiedad durante un tiempo y tenía acceso a las cuentas de transporte. No puedo asegurar que sea el hombre al que os referís. Pero recuerdo que abandonó Santa Olalla después de una disputa relacionada con un documento que había desaparecido de un registro.
—¿Qué documento? —preguntó Samuel.
—No lo sé con certeza. Se habló de un comprobante de entrega y de una declaración que debía conservarse separada de las cuentas. El responsable de entonces ordenó revisar varios libros, pero nunca se publicó el resultado de aquella investigación. Sebastián dejó de trabajar aquí y, poco después, comenzaron a circular rumores de que había muerto.
Hernán recordó las palabras de Sancho: la muerte de Sebastián Muñoz solo había sido comunicada, pero nadie había visto su cuerpo. La información de Nuño no demostraba que el escribiente siguiera vivo, aunque confirmaba que había estado relacionado con documentos de transporte y con un comprobante desaparecido.
Samuel volvió a examinar la anotación.
—¿Qué significa el número cuatro?
—No lo sé —respondió Nuño—. Podría referirse a una caja, una serie de recibos o una clasificación interna. No voy a atribuirle un sentido sin encontrar la clave utilizada por el escribiente.
La prudencia del anciano era razonable, pero Martín habría querido encontrar una respuesta inmediata. La cuarta línea, las seis hojas y ahora aquel número parecían formar parte de un mismo entramado. Sin embargo, todavía no tenían motivos suficientes para unirlos. Podían estar relacionados o ser señales administrativas independientes que alguien había interpretado después de conocer la historia del pacto.
Nuño permitió que Samuel copiara la anotación y las referencias de la página, pero se negó a entregar el volumen o a dejar que lo fotografiaran mediante dibujos completos. Antes de cerrar el libro, el judío comprobó que la entrada anterior y la posterior no contuvieran otra referencia al mismo pago. No encontró ninguna.
Cuando abandonaron el almacén, el sol comenzaba a descender. En el patio, el hombre de la cicatriz supervisaba el cierre de las cajas que aún no habían sido inventariadas. Al ver salir a Hernán y Samuel, dejó de hablar con los trabajadores y los observó hasta que cruzaron el portón.
Martín los esperaba junto al muro exterior. Hernán le explicó lo que habían encontrado, mientras Samuel guardaba la copia de la anotación en el interior de su ropa.
—Las iniciales S. M. aparecen junto al pago del mensajero —dijo Martín—. Si se trata de Sebastián Muñoz, quizá él recibió el documento.
—O quizá intervino en la cuenta sin recibirlo —respondió Samuel—. El asiento dice que el portador entregó la relación a un oficial de recepción. Las iniciales aparecen en otra nota, y todavía desconocemos quién las escribió. Podrían identificar a un responsable del pago, a un escribiente o una referencia que ya no comprendemos.
—Pero Nuño conocía a Sebastián —insistió Hernán—. Y recuerda una disputa por un comprobante desaparecido.
—Eso nos proporciona una conexión que merece investigarse. No una conclusión.
Antes de que pudieran decidir el siguiente paso, Sancho apareció desde el camino lateral. Su expresión era grave.
—El hombre de la cicatriz ha preguntado por vosotros —dijo—. No ha pronunciado vuestros nombres, pero ha descrito a un grupo que llegó ayer al archivo buscando registros de 1054. Uno de los trabajadores le ha dicho que habéis entrado en el almacén con don Nuño.
Rodrigo se acercó a ellos.
—¿Qué hacemos?
Sancho miró hacia el patio. El hombre de la cicatriz hablaba ahora con dos jinetes que acababan de llegar. Uno de ellos llevaba una bolsa de cuero cerrada con un cordón rojo.
—Nos marcharemos antes de que decidan qué hacer con nosotros. Ya tenemos una referencia nueva y sabemos que existe un recibo separado de la cuenta principal. Permanecer aquí solo les daría tiempo para averiguar qué hemos encontrado.
—¿Y don Nuño? —preguntó Martín.
—No sabemos si es aliado, testigo o simplemente un hombre que ha decidido cumplir con su obligación de custodiar los libros. No lo pondremos en peligro con acusaciones precipitadas.
Se alejaron por la senda que bordeaba el muro y alcanzaron el robledal antes de que los jinetes abandonaran el patio. Cuando se detuvieron para organizar el camino de regreso, Samuel sacó la copia y volvió a leer la anotación.
Habían encontrado una prueba más sólida que cualquier recuerdo: la relación había sido transportada, un funcionario la había recibido y existía un comprobante separado que podía identificarlo. Las iniciales S. M. vinculaban aquella cuenta con un hombre que había trabajado en la administración y que, según varios testimonios, había desaparecido después de una disputa documental.
Pero la pregunta principal seguía abierta. Aunque Sebastián Muñoz hubiera intervenido en el transporte, no significaba que hubiese ordenado preparar la lista antes del pacto. Quizá había intentado conservar la prueba de lo ocurrido; quizá había participado en su ocultación; quizá había sido una pieza más dentro de una cadena de responsabilidades que otros habían borrado deliberadamente.
Martín guardó silencio mientras el grupo se internaba en el bosque. Pensó en su padre, que había llegado hasta aquel mismo archivo tres años atrás y había seguido investigando a partir de una pista semejante. Si había encontrado el nombre de Sebastián, también pudo haber descubierto algo sobre el recibo desaparecido.
La noche se acercaba cuando Sancho decidió que buscarían refugio en una aldea situada al oeste del camino. Allí podrían estudiar las nuevas pruebas y decidir dónde continuar la búsqueda. Santa Olalla les había proporcionado una pista, pero también había demostrado que alguien seguía interesado en controlar los documentos.
Antes de desmontar, Samuel se volvió hacia Martín.
—Hemos encontrado el rastro del mensajero, pero no al hombre que dio la orden. Ahora sabemos que el documento pasó por una oficina de recepción y que el comprobante se conservó separado de la cuenta. Si ese recibo sigue existiendo, puede conducirnos al funcionario que recibió la lista.
Martín miró el camino que desaparecía entre los árboles. Por primera vez, el misterio de 1054 parecía tener una dirección concreta. Sin embargo, también comprendió que el nombre que apareciera en el recibo podía ser otra pieza de una historia mucho más compleja.
Y mientras avanzaban hacia el refugio, una certeza comenzó a abrirse paso entre sus dudas: alguien había separado deliberadamente el comprobante del registro de pagos, y esa separación había permitido que el nombre del destinatario desapareciera de las cuentas ordinarias. La pregunta ya no era únicamente quién había transportado la lista, sino quién había decidido que el hombre que la recibió no debía quedar identificado.
Si, realmente l han obtenido una información importante, quizás falte poco para esclarecer los hechos.
ResponderEliminarClaro está que me intrigan los pagos, los documentos, los recibos.
Las familias.
Esperando la próxima entrega.