Madrid se había vuelto más presentable.
Las fachadas estaban limpias, los carteles eran nuevos, los barrios que antes olían a humedad ahora tenían nombres amables. Tomás caminaba por calles que reconocía solo por la forma de la luz o por una esquina mal resuelta. El resto parecía revestido.
Algunos lugares habían cambiado de nombre. No por necesidad, sino por comodidad. Nombres más neutros, más fáciles de pronunciar, menos cargados. El pasado no desaparecía: se aligeraba.
Elena lo notaba desde casa. Las conversaciones, incluso las bienintencionadas, evitaban los detalles. Todo se decía en general. “Aquellos años”, “las circunstancias”, “lo que pasó”. Nadie mentía del todo, pero nadie concretaba.
—Así es más llevadero —le dijo una vecina—. Para todos.
Elena pensó que la verdad no estaba pensada para ser llevadera, sino para ser exacta. Pero no lo dijo. Aprendió hacía tiempo que discutir con el tono de la época no llevaba a ninguna parte.
En un café nuevo, donde antes hubo un local oscuro, Tomás escuchó a dos jóvenes hablar de la ciudad como si siempre hubiera sido así. No había mala fe. Solo desconocimiento bien cuidado.
Madrid no se había reconciliado consigo misma.
Se había rediseñado.
Y en ese rediseño, muchas cosas incómodas habían quedado fuera de plano.
Todo parecía perfecto, casi se acostumbraban a vivir así, pero no a soñarlo.
ResponderEliminarAmanecen las palmeras agitadas por el viento.