El relato empezó a fijarse.
Aparecía en documentales de sobremesa, en suplementos culturales, en mesas redondas donde todos parecían estar de acuerdo antes de empezar. La guerra se convertía en un episodio complejo, difícil, inevitable. Un tiempo confuso en el que nadie había tenido del todo razón ni del todo culpa.
Tomás escuchó una de esas conversaciones en la radio. Hablaban con un tono sereno, casi pedagógico. Las palabras estaban bien elegidas. No había insultos ni exaltación. Precisamente por eso resultaba inquietante. Porque la gente compraba el relato.
—Fue una tragedia colectiva —decían—. Todos perdieron.
Tomás pensó en los nombres que no aparecían. En las decisiones concretas que se diluían en esa niebla de responsabilidad compartida. El relato no mentía abiertamente, pero nivelaba hacia un lado.
Elena lo vio más claro en una charla a la que la invitaron en el barrio. Le pidieron que hablara “desde la experiencia”, pero sin entrar en detalles “demasiado personales”. Querían emoción contenida, no precisión.
—No se trata de remover —le dijeron—. Se trata de cerrar.
Elena entendió entonces que el relato oficial no buscaba comprensión ni compensación. Una forma de seguir adelante sin tener que mirar demasiado atrás.
Esa noche, en casa, hablaron poco. No hacía falta. Ambos sabían que el peligro final no era el silencio impuesto, sino una historia bien contada que no dejara espacio para preguntas.
Madrid escuchaba su propio relato con atención.
Y una parte parecía satisfecha.
El modo en que se imponen las circunstancias, lo metódico de todo.
ResponderEliminarHabía que hacer un trabajo "bien hecho".
Hoy mi tierra se ve demasiado bonita.