No los llamaron mentirosos.
Eso habría sido demasiado brusco. Lo que hicieron fue algo más sutil: empezaron a tratarlos como irrelevantes.
—Eso ya no interesa —dijo alguien en una reunión del barrio, con una sonrisa amable—. Ahora hay otras preocupaciones.
Tomás lo oyó más de una vez. No dirigido a él, que también, sino al pasado que representaba. La memoria se volvía incómoda por peligrosa, por impertinente.
En una biblioteca renovada, buscó un libro antiguo. La bibliotecaria lo miró con curiosidad.
—No se presta mucho —dijo—. Hay ediciones más actuales.
Más actuales significaba más suaves.
Elena sintió el mismo gesto en conversaciones informales. Cuando mencionaba hechos concretos, fechas, nombres, alguien desviaba el tema. No sabía si por censura o por educación. Como si insistir fuera una falta de tacto.
—Hay que dejarlo ir —le dijeron—. Para poder vivir.
Elena pensó que ella había vivido precisamente sin dejarlo ir. Que recordar no le había impedido respirar ni caminar. Al contrario.
Madrid seguía su curso. Las terrazas llenas, los eventos culturales, las celebraciones sin pasado. La ciudad parecía ligera.
Pero esa ligereza tenía un precio: la memoria se convertía en una carga privada, no compartida. En algo que cada cual debía gestionar en silencio.
Y eso, comprendieron ambos, era una forma eficaz de neutralizarla.
La verdadera cuestión era pormenorizar . El auge de la ciudad . Lo verdadero silenciado.
ResponderEliminarTexto muy bueno.
Ahora una calma hermosa.
Gracias María como siempre. Espero te vaya gustando mi particular visión. Por aquí una borrasca tras otra. Besos siempre.
Eliminar