Capítulo VIII
El Corazón del Bosque
El pulso volvió a sentirse.
Más fuerte esta vez.
Como el latido de un corazón gigantesco enterrado bajo la tierra.
Las raíces de los árboles vibraron suavemente.
Las hojas susurraron entre sí.
El bosque estaba despertando.
Los guardianes avanzaban con rapidez ahora.
Ya no caminaban despacio como antes.
Parecían urgidos por algo antiguo que los llamaba.
—Estamos cerca —dijo uno de ellos.
Ainé podía sentirlo.
Cada paso hacía que la llama dentro de su pecho respondiera.
Luz.
Sombra.
Ambas giraban juntas.
Pero por primera vez… no estaban luchando.
Estaban aprendiendo a existir juntas.
Noa miraba a su alrededor maravillada.
—Esto es increíble.
El bosque se abría lentamente ante ellos.
Los árboles eran cada vez más enormes.
Algunos troncos eran tan anchos como casas.
Y las raíces se entrelazaban formando túneles naturales.
Héctor caminaba casi sin respirar.
—He leído sobre este lugar toda mi vida…
—Pero nadie en el mundo humano sabía si realmente existía.
Bastián se detuvo de repente.
—Eh…
—Creo que ya llegamos.
El bosque se abrió.
Ante ellos apareció un claro gigantesco.
Pero no era un claro normal.
En el centro se alzaba el árbol más grande que cualquiera de ellos había visto.
Era imposible medir su tamaño.
El tronco era tan ancho como una montaña.
Las ramas desaparecían entre las nubes.
Y sus raíces se extendían por todo el suelo como ríos de madera viva.
La corteza brillaba con una luz suave.
Antigua.
Poderosa.
Marga susurró:
—El Corazón del Bosque…
Lórien bajó lentamente su espada.
Incluso él parecía pequeño ante aquel árbol.
—Es más antiguo que los reinos élficos.
Los guardianes del bosque se arrodillaron.
Ainé dio un paso adelante.
La llama dentro de su pecho ardía como nunca antes.
Y entonces ocurrió.
El árbol… habló.
No con palabras.
Con un sonido profundo que resonó directamente en sus mentes.
“Hija de la llama…”
Ainé se quedó inmóvil.
—¿Eres… tú?
La voz volvió.
“He esperado mucho tiempo.”
Las raíces del árbol se movieron lentamente.
Una de ellas se elevó del suelo como una mano gigantesca.
Se detuvo frente a Ainé.
La joven hada extendió la mano.
Cuando tocó la corteza…
una luz atravesó todo el claro.
Imágenes llenaron su mente.
El nacimiento de Lúmbria.
Los primeros elfos.
Las primeras hadas.
Los ríos de magia fluyendo por el mundo.
Y luego…
la sombra.
Un ser antiguo nacido del miedo y la oscuridad del mundo.
El Urco.
Pero lo que vio después la hizo estremecer.
El Urco no era solo un monstruo.
Era parte del equilibrio.
Una fuerza necesaria.
Luz y sombra.
Creación y destrucción.
El Corazón del Bosque habló otra vez.
“La llama debe elegir.”
Ainé susurró:
—¿Elegir qué?
El árbol respondió.
“Si la luz destruye la sombra…”
Las imágenes mostraron un mundo marchito.
Magia debilitándose.
El equilibrio roto.
“El mundo morirá lentamente.”
Luego la visión cambió.
La sombra devorándolo todo.
Ciudades destruidas.
Bosques muertos.
“Si la sombra consume la luz…”
El árbol guardó silencio un momento.
“Todo terminará.”
Ainé entendió.
—Entonces… debo unirlas.
La luz en el tronco del árbol brilló con más fuerza.
“Ese es el verdadero camino.”
Pero justo entonces…
un rugido sacudió el bosque.
El cielo se oscureció.
Los árboles temblaron.
Los guardianes levantaron la cabeza.
Lórien apretó la espada.
—No…
Una sombra gigantesca apareció entre las montañas.
Mucho más grande que cualquier cazador.
Mucho más antigua.
Dos ojos rojos se abrieron en la oscuridad.
El Urco había llegado.
El monstruo avanzó entre los árboles como una tormenta viva.
Su voz retumbó por todo Lúmbria.
—Por fin…
Sus ojos se fijaron en Ainé.
—La llama.
El Corazón del Bosque habló por última vez.
“La batalla final comienza.”
El viento rugió entre los árboles.
Las sombras se levantaron.
Y por primera vez en siglos…
Luz y oscuridad se prepararon para decidir el destino de dos mundos.

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