Capítulo III
El traidor de la sombra
El aire dentro de la iglesia se volvió pesado.
Nadie se movía.
Las velas temblaban como si una corriente invisible atravesara la sala.
Elarion estaba de pie en el centro del círculo de runas.
Tranquilo.
Como si no hubiera entrado por un portal imposible.
Como si todo aquello fuera exactamente lo que esperaba.
Lórien apretó la empuñadura de su espada.
—Tú moriste en el Bosque Gris.
La voz del elfo estaba llena de rabia contenida.
—Yo vi tu cuerpo.
Elarion inclinó la cabeza ligeramente.
—Sí.
—Lo recuerdo.
Sus ojos brillaban con un reflejo oscuro.
—Morir duele.
Bastián se escondió detrás de Marga otra vez.
—No me gusta este elfo.
—Tiene cara de problema.
Noa murmuró:
—Coincido.
Héctor dio un paso al frente.
—Este lugar está protegido por runas antiguas.
—Nadie debería poder abrir un portal aquí.
Elarion miró el círculo bajo sus pies.
Luego sonrió.
—El Urco ha aprendido mucho.
Ainé sintió que la llama dentro de su pecho reaccionaba.
La luz apareció en su mano casi sin que lo pensara.
Pero esta vez ocurrió algo distinto.
Entre el fuego dorado apareció otra vez la chispa oscura.
Pequeña.
Pero más visible que antes.
Elarion la vio.
Y su sonrisa se ensanchó.
—Ah.
—Así que la profecía es cierta.
Lórien dio un paso adelante.
La espada élfica brilló con luz plateada.
—No vuelvas a pronunciar esa palabra.
—No eres digno.
El silencio duró apenas un segundo.
Luego Elarion levantó la mano.
La sombra se movió a su alrededor como humo vivo.
—Hermano…
—Siempre fuiste demasiado orgulloso.
Y atacó.
La sombra salió disparada como una ola negra.
Lórien reaccionó al instante.
La espada cortó el aire.
La energía oscura chocó contra la hoja con un estallido de chispas.
El impacto hizo vibrar toda la iglesia.
Bastián gritó.
—¡Están rompiendo la casa!
Marga levantó su bastón.
—¡Atrás!
Un destello verde salió de la madera de avellano y golpeó a Elarion.
El elfo oscuro retrocedió un paso.
Pero no cayó.
—Interesante —dijo.
—Una meiga.
Noa sacó su medallón.
Los símbolos brillaron.
—¡Cierra el portal!
Héctor se arrodilló junto al círculo de runas.
Sus manos comenzaron a moverse sobre los símbolos grabados.
—Estoy intentando sellarlo.
Pero Elarion levantó otra vez la mano.
La sombra se extendió por el suelo como raíces negras.
El frío llenó la iglesia.
Ainé sintió que algo tiraba de su llama.
Como si la sombra quisiera tocarla.
Como si la reconociera.
—No…
La joven hada retrocedió.
La llama en su mano creció.
Más brillante.
Pero también más inestable.
Lórien gritó:
—¡Ainé, no!
Era demasiado tarde.
La energía salió de ella como una explosión.
Luz dorada mezclada con destellos oscuros.
El impacto llenó toda la iglesia.
Las ventanas estallaron.
Las velas se apagaron.
La sombra de Elarion retrocedió violentamente.
El elfo cayó de rodillas.
Durante un instante el silencio fue absoluto. Solo se oía el eco de la explosión.
Ainé respiraba con dificultad. Miró sus manos.
La llama desapareció lentamente pero el frío seguía dentro de ella.
Elarion levantó la cabeza.
Sus ojos brillaban más intensamente.
—Magnífico.
Se levantó despacio.
—La llama ya está cambiando.
Lórien volvió a ponerse delante de Ainé.
—No te acerques.
Elarion dio un paso atrás y miró el círculo de runas.
El portal comenzaba a cerrarse.
—Todavía no es el momento.
La sombra volvió a envolverlo.
—Pero pronto lo será.
Antes de desaparecer miró directamente a Ainé.
—Cuando la llama y la sombra se unan…
—Ni Lúmbria ni el mundo humano podrán detener lo que vendrá.
La grieta se cerró con un destello.
El silencio volvió a la iglesia. Durante varios segundos nadie habló.
Noa fue la primera en romperlo.
—Vale.
—Eso ha sido oficialmente horrible.
Bastián levantó la mano lentamente.
—Tengo una pregunta.
Todos lo miraron.
—¿Ese elfo oscuro puede volver cuando quiera?
Héctor respondió con voz grave.
—Si el Velo sigue debilitándose…
—Sí.
Marga miró a Ainé con preocupación.
—Y ahora sabemos por qué.
La joven hada no respondió, seguía mirando sus manos recordando la explosión y la mezcla de luz y sombra.
Lórien habló en voz baja.
—Tenemos que encontrar la forma de detener esto.
Héctor cerró lentamente la Crónica del Velo.
—Quizá ya exista.
Todos lo miraron.
El anciano señaló una parte del libro.
—Hay otro fragmento de la profecía.
Noa suspiró.
—Claro.
—Porque esto aún no era suficiente.
Héctor leyó en voz baja:
—“Cuando la llama se divida… el corazón del bosque deberá despertar.”
Ainé levantó la mirada.
—¿Qué significa eso?
El anciano respondió lentamente.
—Significa que hay algo en Lúmbria…
—Algo más antiguo que el Urco.
—Algo capaz de restaurar el Velo.
Lórien frunció el ceño.
—¿El Corazón del Bosque?
Marga susurró:
—Pensé que era solo una leyenda.
Héctor negó con la cabeza.
—Si esta profecía es real…
—Entonces es lo único que puede salvar ambos mundos.
Ainé respiró profundamente. La aventura apenas estaba empezando. Y por primera vez…sabía que su destino estaba unido a algo mucho más grande que ella.
Muy lejos, en la oscuridad de Lúmbria… el Urco levantó la cabeza hacia el cielo.
El Velo seguía rompiéndose.
Y pronto…la caza comenzaría.

Ambos mundos espectantes.
ResponderEliminarCae la tarde suavemente como sus besos.