Capítulo III
El nombre de lo que viene
El silencio no era natural. No era la calma del bosque. Ni la quietud de la noche. Era ausencia.
Ainé lo sentía en cada rincón de Lúmbria. Donde antes había magia, ahora había huecos. Espacios vacíos como si alguien hubiera arrancado partes invisibles del mundo.
Mateo no volvió a dormir.Cada vez que cerraba los ojos veía la grieta. Y esta vez no estaba solo.
Aquella noche despertó de golpe. El aire en su habitación vibraba. Las sombras no estaban en su sitio. Se movían lentamente como si respiraran.
Se incorporó.
—No… otra vez no…
Entonces lo sintió.
Un dolor agudo en el pecho. Se llevó la mano. Y lo vio:
Una marca oscura muy tenue como una grieta dibujada bajo su piel.
En Lúmbria, Ainé también lo sintió. Un tirón. Como si algo invisible la llamara. Cerró los ojos y dejó de resistirse.
El mundo desapareció. No había bosque. No había cielo. No había suelo. Solo un espacio infinito.
Vacío.
Y en medio de ese vacío fragmentos flotando.
Pedazos de algo antiguo.
Ruinas de luz.
Restos de sombra.
Y entonces lo comprendió.
—Aetherya…
Pero no era como en las historias.
No era un mundo vivo.
Era un mundo roto.
Algo se movió entre los fragmentos. No caminaba. No flotaba. Simplemente estaba.
Y luego otro.
Y otro.
Y otro más.
No tenían forma fija. No eran criaturas.
Eran presencias.
Existencias incompletas.
Como si hubieran sido arrancadas de la realidad.
Y entonces la vieron.
Ainé sintió cómo su propia esencia temblaba.
Aquello no era como el Urco.
El Urco era oscuridad.
Esto era otra cosa.
Una de las entidades se acercó.
No había distancia.
No había movimiento.
Pero estaba más cerca.
Mucho más.
Y entonces algo habló directamente en su existencia.
Una única idea. Un único concepto:
“Somos los Nul.”
Ainé sintió cómo su mente se rompía por un instante.
No por dolor.
Sino porque ese nombre no debería poder existir.
Y entonces lo entendió.
Los Nul no eran invasores. No eran enemigos tradicionales. No querían conquistar. No querían destruir.
Ellos eran lo que se quedó fuera de la creación.
Cuando Aetherya se fragmentó algo no se convirtió en luz. Ni en sombra. Quedó excluido. Olvidado. Borrado.
Pero no desapareció.
Y ahora habían encontrado una grieta. Un camino de regreso.
No querían dominar el mundo.
Querían completarlo.
Pero para hacerlo debían eliminar todo lo que no pertenecía a ellos.
Es decir todo.
Ainé intentó resistir. Intentó mantener su forma. Su identidad. Su conexión con la Llama. Pero era demasiado.
Los Nul no atacaban. Simplemente hacían que dejaras de ser.
Y entonces algo ocurrió.
Desde dentro de Ainé la Llama de San Xoán despertó. Pero no como antes.No como fuego ni como luz. Sino como recuerdo.
Una imagen apareció. Un instante del pasado. Antes de la ruptura. Antes del mundo.
Aetherya estaba intacta.
Y por un momento los Nul retrocedieron.
Ainé cayó de rodillas en el bosque respirando con dificultad.
Marga la sostuvo.
—¿Qué has visto?
Ainé levantó la mirada con miedo. Pero también con certeza.
—Ya tienen nombre.
Silencio.
—¿Cuál?
Ainé susurró:
—Los Nul.
Lórien frunció el ceño.
—Eso no es una palabra.
—Lo sé.
—No debería serlo.
El viento volvió. Pero ya no era el mismo.
El bosque ya no era el mismo. Lúmbria ya no era el mismo mundo.
Porque ahora sabían la verdad.
No estaban luchando contra oscuridad. Ni contra corrupción. Ni contra magia.
Estaban luchando contra algo anterior a todo eso.
Algo que no debería existir.
Y lo peor de todo era que los Nul no podían ser derrotados como los demás enemigos.
Ainé miró al cielo hacia la grieta invisible y comprendió algo que no dijo en voz alta:
Si los Nul existen es porque el mundo nunca estuvo completo.
Y si eso era cierto entonces la verdadera pregunta no era cómo detenerlos sino ¿qué pasará cuando el mundo vuelva a estar entero?

Más inquietante, los Nul niegan la existencia, es interesante y complicado.
ResponderEliminarTarde tranquila, el Sol se muestra como sus besos.